EL AGUA Y SU SIMBOLISMO EN LA BIBLIA

 

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Sin agua, no hay vida  

 

Por Juan Stam
Un nuevo comentario sobre el libro de Apocalipisis de nuestro apreciado Juan Stam. En este artículo comenta Apocalipisis 16:3-4

 
“El segundo ángel derramó su copa sobre el mar, y el mar se convirtió en sangre como de gente masacrada, y murió todo ser viviente que había en el mar…”
 

 
Sin agua, no hay vida[1]
(Comentario a Apocalipsis 16:3-4)
 
El segundo ángel derramó su copa sobre el mar,
y el mar se convirtió en sangre
como de gente masacrada,
y murió todo ser viviente que había en el mar.
El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos
y los manantiales,
y éstos se convirtieron en sangre.
   Para interpretar bien estas visiones de agua convertida en sangre, es necesario volver de nuevo a la teología bíblica de la creación.[2] Para el pensamiento bíblico, toda la creación es gracia divina, y las regularidades fieles de la naturaleza, que nosotros llamamos leyes naturales, ellos las describen como pacto de Dios con la tierra y con toda la humanidad (Gn 9:9-13; Is 54:9-10; Jer 33:20,25). Ya que estos pactos se entienden como personales, entre Dios y los humanos, y como condicionales, sujetos al cumplimiento de las condiciones del pacto, entonces, cuando nosotros desobedecemos a Dios e incumplimos esas condiciones, Dios puede comenzar a irnos quitando poco a poco las bendiciones del pacto en la creación, como el agua (Isa 15.9; 2Mac 12.16). En ese sentido, la visión apocalíptica de estas dos copas es una especie de testimonio a la inversa de la gracia de Dios en proveernos día tras día con el agua de que depende nuestra vida, y es un llamado a arrepentirnos y volver al cumplimiento de la voluntad de Dios.
   A diferencia de Egipto y Mesopotamia, que tenían ríos muy grandes abastecidos por las aguas de las montañas, Palestina sufría de frecuentes escasezes de agua que creaban problemas muy serios para la población, y el acceso a los pozos provocaba conflictos hasta violentos (Gn 21:25;30; Ex 2:17-19). Por eso, Israel sentía una gratitud muy especial a Dios por el don del agua como símbolo de su amor y cuidado por su creación. Sin agua, la tierra es un desierto (cf. Gn 2:5-6; cf. Sal 107:4-5,33-35; Jer 4:26). Es Dios quien “derrama lluvia sobre la tierra y envía agua sobre los campos” (Job 5:10). El don del agua inspiraba algunas de las alabanzas más emotivas del salmista:
Tú, Señor, cuidas de hombres y animales;
¡cúan precioso, oh Dios, es tu gran amor!…
Se sacian de la abundancia de tu casa;
les das a beber de tu río de deleites.
Porque en ti está la fuente de la vida,
y en tu luz podemos ver la luz.
                   Salmo 36:6-9
 
Tu pusiste la tierra sobre sus cimientos,
   y de ahí jamás se moverá;
la revestiste con el mar,
   y las aguas se detuvieron sobre los montes.
Pero a tu reprensión huyeron las aguas;
ante el estruendo de tu voz se dieron a la fuga.
Ascendieron a los montes,
   descendieron a los valles,
   al lugar que tu les asignaste…
 
Tú haces que los manantiales
   viertan sus aguas en las cañadas,
   y que fluyan entre las montañas.
De ellas beben todas las bestias del campo;
   Allí los asnos monteses calman su sed.
Las aves del cielo anidan junto a las aguas
   y cantan entre el follaje.
Desde tus altos aposentos riegas las montañas;
La tierra se sacia con el fruto de tu trabajo.
Haces que crezca la hierba para el ganado,
   y las plantas que la gente cultiva
   para sacar de la tierra su alimento:
el vino que alegra el corazón,
   el aceite que hace brillar el rostro,
   y el pan que sustenta la vida.
Los árboles del Señor están bien regados…
                               Salmo 104:5-16
   En ese sentido, estas copas aparentemente anti-ecológicas significan que debemos cuidar bien las fuentes del agua, de las que depende la vida. Desde la perspectiva bíblica, aunque sea extraña para nuestra mentalidad moderna, el primer paso en protegerla es arrepentirnos de nuestra idolatría y rebelión contra Dios y purificar la tierra de la corrupción, robo y violencia que ensangrentan tierra y mar también hoy día.
   Además, dado que el agua, como toda la creación, es don generoso de la gracia de Dios, pero sujeto siempre a las condiciones del pacto, no debe sorprendernos que en algunos textos bíblicos el retiro del agua, y de otras bendiciones creacionales, simbolice el juicio divino ante el pecado y la injusticia (León Dufour 1973:53). El presupuesto, extraño para nuestra mentalidad moderna, es que nosotros no somos merecedores de todos esos hermosos regalos de Dios. Eso significa, por un lado, una profunda gratitud constante al Creador. Pero por otra parte, como en este texto, el agua y el sol pueden ser medios de retribución divina. Cuando el pueblo es fiel, Dios abre los cielos y envía lluvia en el tiempo y las medidas apropiadas (Lv 26:3-5,10; Dt 28:12; cf Gn 27:28; Jer 17:7-8 vs. 17:5; Sal 1:3 vs. 1:4). En cambio si el pueblo es infiel, dice Dios, “Endureceré el cielo como el hierro y la tierra como el bronce” (Lv 26:19; Dt 28:23) y les dará sequía (Am 4:7; Is 5:13; 19:5-8; Ez 4:16-17). Esa teología del agua es el trasfondo también para la conversión del agua en sangre.
   Metáforas acuáticas abundan también en el pensamiento mesiánico y escatológico de la Biblia (León Dufour 1973:54-55). Muchas veces son visiones exageradas para describir las maravillas del retorno del exilio (Jer 31:8-9: “Y los traeré del país del norte… Los guiaré a corrientes de agua”; Is 49:8-12).[3] Muchas descripciones del retorno son relecturas aumentadas del éxodo, p.ej. el cruce del Mar Rojo y el Jordán (Is 43:2) o del agua que Moisés sacó de la roca en Cades (Ex 17:6; Nm 20:8). En otros textos, se asimilan esas promesas de una liberación cercana a otras de carácter claramente utópico y escatológico.[4] Esa abundancia de agua convertirá el desierto en Edén (Is 51:3 cf. Gn 2:10-14; Is 35:1-7; 41:18), en claras alusiones al Paraíso original.[5] En resumen, la escatología reproducirá y superará a la protología, y lo futuro-utópico se anticipa y se prefigura históricamente en el éxodo y en el retorno del exilio.
   Uno de los pasajes más impresionantes sobre este tema es Ez 47.1-12.[6] El profeta descubre que del umbral del templo fluye hacia el Mar Muerto un río de aguas caudalosas y de bendición creciente (47:3-6). El río tiene poderes curativos, y cuando llega al Mar Muerto “las aguas se sanan” (47:8, hebr RâFâA).[7] Es un perfecto río de vida:
Por donde corra este río, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Habrá peces en abundancia porque el agua de este río transformará el agua salada en agua dulce, y todo lo que se mueva en sus aguas vivirá… Los peces así serán tan variados y numerosos como en el mar Mediterráneo… Junto a las orillas del río crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas no se marchitarán, y siempre tendrán frutos. Cada mes darán frutos nuevos, porque el agua que los riega sale del templo. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas serán medicinales (Ez 47:9-12).[8]
Este bello pasaje está reproducido casi entero en la última página del Nuevo Testamento (Ap 22:1-2,17), lo que nos indica lo importante del agua en todo el mensaje bíblico.[9]
   El agua es un don tan precioso de la gracia del Creador, pero que él nos provee bajo las condiciones del pacto, que hoy sería el discipulado consecuente. Entonces hoy sin lugar a dudas una de esas condiciones tendría que ser una fiel mayordomía del medio ambiente en todas sus dimensiones. Ser discípulo de Cristo hoy significa también cuidar celosamente el don del agua y asumir ante Dios nuestra responsabilidad por conservar su creación.
 
 
 
 

 

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