LA TRINIDAD NO ES UNA DOCTRINA BIBLICA

 

Si existiera alguna referencia o enunciación de la doctrina de la Trinidad–que tiene tan extensa aceptación en la cristiandad hoy en día–debemos buscar en otra fuente, porque en la Biblia no aparece. Incluso los trinitarios admiten esto.

“Debe reconocerse que formalmente no hay semejante proposición como esta, que uno y el mismo Dios consiste en tres personas diferentes, y que pueda hallarse en los Sagrados Escritos, ya sea del Antiguo o del Nuevo Testamento; ni se pretende que haya alguna palabra del mismo significado o importancia que la palabra Trinidad que se use en la Escritura en relación con Dios” (Dr. South, “Considerations on the Trinity” [Consideraciones Acerca de la Trinidad], pág. 38).

 

Si ahondamos en las creencias religiosas de Egipto, ciertamente podemos hallar trinidades de dioses; los vedas de la India afirman que Agni, Indra, y Surya son tres dioses, los cuales, sin embargo, son un solo dios. El filósofo griego, Platón, “previó maravillosamente uno de los más sorprendentes descubrimientos de la revelación cristiana” (Gibbon, “Decline and Fall” [Decadencia y Caída], y “San Agustín confiesa que él estaba en ignorancia acerca de la Trinidad hasta que leyó algunos escritos de Platón que la providencia de “Dios puso en su camino” (”Collected Charges” [Conjunto de Cargos], pág. 130). En verdad fue providencial para los trinitarios del siglo IV que cuatro siglos antes de Cristo un filósofo griego haya propuesto una doctrina trinitaria, pero la Biblia no la enseña.

 

Considere también la “historia” de la Trinidad. Pasa el primer siglo y no se hay mención de ella. En el siglo II Teófilo incorpora la palabra Trinidad, año 169 de nuestra era; pero él no la aplicó a Dios, ni a Jesucristo, ni al Espíritu Santo, sino a los atributos de Dios. Ni Tertuliano (año 192 de nuestra era), ni Clemente (año 215 de nuestra era), ni Orígenes (año 230 de nuestra era), era trinitarios. Orígenes escribe: ” Sólo el Padre es Dios, y mayor que el que fue enviado” Al llegar al siglo IV, las doctrinas trinitarias estaban en ascenso, y para oponerse a Arrio (presbítero de una iglesia de Alejandría, año 320 de nuestra era), quien atacaba estas doctrinas, Constantino convocó el Concilio de Nicea. Ahí, no sin mucha disputa y sólo por mayoría de un voto, se formuló el núcleo del famoso Credo de Nicea. Pero el Concilio de Nicea mencionaba al Espíritu Santo sólo en términos generales, sin declarar ninguna relación con Dios ni exigir ninguna debida adoración, de manera que el Concilio de Constantinopla (año 381 de nuestra era), y después, el Concilio de Toledo (año 589 de nuestra era) suplieron estas “deficiencias” y exigieron la creencia en el Espíritu Santo, “el cual es adorado y glorificado junto con el Padre y el Hijo”. Le pedimos a usted que juzgue si esta doctrina, si hubiese sido una doctrina bíblica, ¿habría demorado casi seis siglos en desarrollarse?

 

Esta refutación de la Trinidad como doctrina bíblica no ha sido una digresión ociosa. Su aceptación anula el plan y propósito de Dios, un aspecto del cual se expresa en la declaración de Pablo: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14). Si Cristo fuera “verdadero Dios”–consubstancial con el Padre–¿cómo podría verdaderamente morir? No obstante, esto era esencial a fin de que pudiera destruir a la muerte–el triunfo máximo en el plan de Dios. ¿Cómo podría ser tentado en todo según nuestra semejanza? No obstante, esto también era necesario, porque sólo por una verdadera victoria sobre una tentación real podría él manifestar su perfecta obediencia al Padre, ser hallado sin pecado, y de este modo destruir en sí mismo aquello que tenía el poder de la muerte eterna. En vista de que él no pecó, “la muerte no podía retenerlo”.

 

“EL MISTERIO DE LA PIEDAD”

 

Este propósito de Dios–de destruir la muerte en la tierra–también está enunciado en la revelación de Dios acerca de sí mismo. El apóstol Pablo la llama el misterio de la piedad–”grande es el misterio de la piedad”. Podría parecer una nueva doctrina para usted–no se halla en los dogmas de ninguno de los nombres y denominaciones de la cristiandad. No obstante, se halla en las Escrituras, y se ha revelado que nosotros podemos verdaderamente conocer “a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

 

Cuando Dios se reveló a sí mismo a Israel, lo hizo por medio de un “nombre memorial”, el cual tenía un significado. Era un nombre por el cual sería conocido (Exodo 3:13-14) y era un nombre que indicaba un propósito. Dios dijo: “YO SOY EL QUE SOY” [o "Seré El Que Seré", según la Revised Version, en inglés], afirmando de ese modo que él se manifestaría en quien él quisiera. Una manifestación de Dios no era desconocida para Moisés ni para Israel. Moisés había presenciado en el desierto la zarza que ardía en llamas y que no se consumía, y había aprendido que estuvo ante la presencia de un ángel del Señor–uno de esos ángeles ministrantes que ejecutan “su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto” (Salmos 103:20; 104:4). Estos son poseedores de la naturaleza divina o incorruptible, porque Jesús testifica que “no pueden ya más morir”. En ellos Dios se ha complacido en manifestarse. Son poderosos, o “Elohim”, y como tales obedecieron el mandato de Dios de preparar la tierra para el hombre. A estos se refieren las palabras, “Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios” (Job 38:7), cuando se colocaron los cimientos de la tierra, quienes dijeron: “Hagamos al hombre a nuestra imagen”, y así “a imagen de Dios [los Elohim] lo creó” (Génesis 1:26, 27).

 

Se hará de inmediato evidente que estos no eran las manifestaciones de Dios predichas en el nombre memorial. Estos últimos habían de ser seleccionados de entre la raza de Adán, y fundamentalmente de la nación de Israel. No se nos ha dejado sin guía en esta materia. Pablo declara que Jesús era “el principio, el primogénito de entre los muertos” (Colosenses 1:18), y Jesús testifica de sí mismo después de su muerte y resurrección: “Yo soy [...] el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:18). A él le ha sido dada la naturaleza divina, incorruptible, e inmortal. Dios se ha manifestado en él–el primero entre los de la raza de Adán. Pero el propósito indicado en el nombre memorial aún no se ha completado. Está escrito: “Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida” (1 Corintios 15:23). Otros también recibirán este don de la inmortalidad. Dios concederá “vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad” (Romanos 2:7). Y de este modo serán manifestaciones de la Deidad. Estos están simbolizados en el Apocalipsis por 144.000 vírgenes “que fueron redimidos de entre los de la tierra” (cap. 14:3), quienes “ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos” (Apocalipsis 7:16-17). De modo que Dios será manifestado en quienes él quiera manifestarse, y así se cumplirá el propósito indicado en el nombre memorial.

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