Por el escribidor, Dr. Javier Rivas Martínez (MD)
«Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen, Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba de pie delante de ti, y su aspecto era terrible» (Dn.2:31).
«Daniel dijo: Miraba yo en mi visión de noche, y he aquí que los cuatro vientos del cielo combatían en el gran mar. Y cuatro bestias grandes, diferentes la una de otra, subían del mar» (Dn.7:2, 3).
Las profecías del profeta Daniel que hacen referencia al reinado mesiánico de Jesucristo y su relación o afinidad con los gobiernos del mundo, están explicados cabalmente en los capítulos 2 y 7 del mencionado hombre de Dios (por favor, léalos amable visitante, para que entienda perfectamente bien la buena intención del artículo presente y crezca en sabiduría espiritual).
Dándole una semblanza diferente, no del todo escatológica, veremos un apreciar desigual de los reinos del mundo por medio de visones en dos hombres con caminos divergentemente trazados, y que es de importancia suma el hacer ver al creyente, que no todo lo que brilla, como la imagen de rey babilónico, es oro, ni glorioso siempre. El fin del presente escrito, es ubicar al creyente inhábil en la real perspectiva de Dios, de modo sensato en el mundo que le rodea.
La visión del rey Nabucodonosor y la del profeta Daniel, comparten el mismo significado de cinco reinados o monarquías mundiales. Aunque las visiones de cada uno tratan de un mismo tema, hay aspectos que son totalmente diferentes entre una y otra. Muchas de estas diferencias tienen que ver con la naturaleza de quienes han tenido las visiones. En el primer caso, con Nabucodonosor, Dios le muestra el mundo de manera superficial, externa, por medio de una imagen compuesta por muchos metales. Este ver, es totalmente carnal y mundano, es un concepto esencialmente encadenado a la condición humana, del ojo humano adaptado a lo terrenal, a una perspectiva material, absolutamente horizontal, indescifrable espiritualmente. Los metales vistos por el rey pagano, son símbolos terrenales, pero que no tienen valor ni exponen la grandeza de cada uno de los reinos que representan, como podemos ver en el cuarto reino, que es de hierro y que es el imperio más terrible que haya surgido en la Tierra en la antigüedad, el romano, superior a los tres anteriores, simbolizados por metales aún más preciados que él. Notamos, que el quinto reino, que es una Piedra emblemática, razonablemente sería inferior comparada con los metales que el hombre les ha dado mayor importancia «porque piedras no se recogen del suelo todos los días para guardarlas celosamente». Una simple «piedra» no despuntaría a una pensar lógico de ser mayor a cualquiera de los metales de la imagen colosal esplendorosa, pero en realidad, la Piedra representa el reinado más glorioso que el mundo jamás ha visto, y que vendrá en el futuro para ser gobernado por el Mesías, y que en ese tiempo de las revelaciones a tratar todavía estaba empañado ante los ojos de muchos de los que integraban el pueblo judío y qué decir de los que componían las naciones gentiles de esa época. La mente de la persona que tuvo la visión de la imagen resplandeciente y terrible, es la mente de una persona totalmente egoísta, extremadamente visceral, aunque su reinado fuese revelado con la gloria de la «Cabeza Áurea», no dejaba de ser una efímera apariencia. La ambición del rey mesopotámico, iba al extremo del equilibrio, ya que deseaba ser el amo absoluto de todo, como podemos ver en la visón del árbol gigantesco y frondoso que Dios hizo mostrar al monarca pagano (Ver por favor Dn. cap. 4). Así, Nabucodonosor, concebía su reino como «divino» en aquella figura del árbol frondoso y gigantesco que todo sustentaba y que llenaba el cielo y también los ángulos de la tierra por su extensión y dominio, pero incapaz el rey pagano de ver la realidad de la tremenda y asombrosa visión que no dejaba de ser una forma intrascendente en el cronos inexorable de un reinado que un día ya no existiría, como fue con el paso del tiempo: Su fulgor, quedó extinto.
En la visión de Nabucodonosor, vemos en primer lugar, representando su dinastía y su gobierno, la cabeza de oro. Luego viene, el imperio medo-persa, estructuralmente, mucho más fuerte que la cabeza de oro, pero inferior, ya que era un reino coalicionado entre dos naciones diferentes, y diferentes en sus aspectos religiosos y culturales, que nunca compaginaron ente ellas. De tal modo, este reino es representado por los brazos y el pecho de plata: dos naciones divididas, y no una unidad de dos. El bronce se caracteriza por su notable brillo y fuerza, tal como lo simboliza el tercer reino. Así empieza el reinado de Alejandro: Conquistas rápidas, esplendor y gloria extrema. El brillo intelectual griego fue conocido por su grandeza y, hasta hoy, sigue siendo alabado por muchos; en su arte y expresiones poéticas no dejan de seguir teniendo reconocimiento universal. Un imperio de auge y conquista pero que se vio fragmentado tempranamente a causa de malignas ambiciones y de muchas controversias para ser dividido por las cruentas luchas que definieron a los que gobernarían los territorios conquistados. Vino el imperio romano, que en cuyo andar pausado, lento, dejó bien cimentadas sus leyes y su instituciones y soberana voluntad en todo el mundo antiguo conocido. Las dos piernas de la estatua que vio Nabucodonosor, son un imperio, pero dividido, al fin, y que no dejaron de tener conflictos entre uno y otro siempre: El imperio occidental y el imperio oriental. Los diez dedos de hierro y barro de los pies de la imagen, representan la reestructuración del imperio romano en del futuro, cuyo gobernante será el Anticristo Escatológico. La mezcla del hierro y del barro, imposible de unirse, denota la fragilidad del reino que habrá de ser parido por la coalición que habrá de formarlo; será un reino en parte fuerte, y por otro lado, débil, unido por medios de alianzas humanas es decir, políticas de conveniencia. Todos estos reinos, gloriosos en apariencia, fuertes y brutales, no son más que espectros miserables que la mente humana ve por medio del cristal engañoso del corazón terrenal.
Por otro lado, en cambio, el fiel servidor al Dios del Cielo, es decir, Daniel, tiene un mirar completamente diferente con relación a la perspectiva del rey Nabucodonosor. Dice Faibarn, que Daniel «ve debajo de la superficie», mirando la realidad de las cosas, tal cual son. Aunque la visión de las bestias del capítulo siete va por el mismo «tiro de la cueva» que la visón de la imagen esplendorosa de Nabucodonosor del capítulo dos, Daniel aprecia las horribles formas de la naturaleza humana en las monarquías terráqueas cronológicamente subsecuentes, que tienen como figuras simbólicas seres pavorosamente bestiales. Así la ve el fiel profeta y santo hijo. Ve en las bestias el profeta del exilio, la corrupción del mundo, la mentira y la ambición, la maldad y el homicidio, el robo, la codicia, y luchas de poder, violaciones y crueldad, egoísmo inherente en ellas, y la disparidad moral y espiritual con respecto a la Ordenanza de Arriba, y también, su limitado tiempo de vida. Esta es la perspectiva del mundo actual que desea la gloria del mundo que es perecedera, pero que niegan la esperanza de la Piedra que destruyó el hierro, el barro mezclado con el hierro, el oro, el bronce, la plata y que fue cortada por el Dios Vivo (No con mano humana: Dn.2:34), y que llenó toda la Tierra, y que es el Reino Terrenal y Milenario del Hijo de Dios, quien muchos no desean, pero si, el reino de las tinieblas satánicas y terrenales. Muchos creyentes hogaño, aman increíblemente hartas cabezas de oro, pechos y brazos de plata, vientres y muslos de bronce, y piernas de hierro que representan la seguridad y la comodidad que el mundo actual ofrece; el poder, las riquezas, promocionadas por gentes sin luz, sin Dios, y sin esperanza: Paradigma intrigantemente paradójico, que es concientizado y abrigado en el corazón del creyente no analítico en las cuestiones espirituales, deficiente Escritural, sujeto y complacido a las falsas expectativas que el modernismo exhibe, y Dios es pasado a la gradas de la indiferencia y que es tenido en cuenta como una alternativa casual, secundaria, para la edificación espiritual (¿?), y que desgraciadamente, esta «alternativa», invalida, en este caso, la salvación.
«Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó. Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas la piedra que hirió la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra » (Dn.2:34, 35).
Dios les bendiga amigos y hermanos.
