
¿Podrían los evangélicos estar tomando el nombre de Dios en vano sin saberlo?
Este mandamiento sí que debe ser fácil de cumplir entre los evangélicos! Muy pocos de nosotros nos sentimos tentados a emplear ese lenguaje blasfemo que para nuestros compañeros no creyentes parece parte esencial de toda conversación. Pero lo cierto es que se toma en vano el nombre de Dios en los círculos “súper evangélicos” casi tanto como en el taller o en el bar. Esto al lector puede parecerle una afirmación exagerada y hasta ridícula, pero sostenemos que es la verdad.
Escuchemos a cierto tipo de evangélico. No importa el tema de su conversación, por trivial que sea; a cada momento tiene que mencionar el nombre de Dios. Parece creer que al hacerlo demuestra su ortodoxia y su espiritualidad, y desgraciadamente muchos aceptan que así es. Un hombre de esta clase jamás le dirá “creo” o “me parece”. Siempre dice “El Señor me ha revelado que…” o “El Señor me ha indicado…”. Así lo introduce al Señor en todos sus actos y decisiones, y entonces coloca un impramatur divino sobre cuanto hace. Y habla dándose un aire impresionante de espiritualidad y autoridad. Cuanto más tarde algunas de sus acciones y decisiones resultan haber sido equivocadas, no se inmuta, y con toda frescura dice que el Señor le ha indicado otro camino. Así presenta un cuadro de un Señor cuya dirección no es segura y cuyos planes varían de acuerdo a las variaciones humanas. ¿No es esto tomar en vano el nombre de Dios? Es blasfemia.
Estas personas, con su manera particular de hablar, constituyen un grave problema. No se puede discutir con ellas. Todas nuestras objeciones reciben por respuesta: “Pero, el Señor me lo indicó, así que tiene que estar bien”. Citan textos de la Biblia para apoyar su posición, pero hacen caso omiso de extensos pasajes que contradicen terminantemente su lenguaje presuntuoso. Presentan un aspecto de espiritualidad que es muy convincente ante los creyentes jóvenes poco maduros. Hacen creer que pasan horas y horas en oración todos los días. Su oración está llena de visiones y de voces que hablan con gran claridad sobre todos los problemas. Casi siempre estas personas carecen de amor hacia sus prójimos, y evidentemente falta en absoluto en ellas la humildad. Las más de las veces no trabajan en la obra del Señor, y ni siquiera son miembros leales de su congregación. Como pasa con todas las falsificaciones, estos personajes se parecen en algo a lo que debe ser el cristiano.
Extracto de: The Life of Faith. (Londres)
