

Juan Pablo I: Pasado al retiro “abruptamente”
Son varios los líderes cristianos que murieron como mártires durante el tiempo en que el cristianismo fue perseguido por el Imperio Romano. Sus verdugos pensaban que su ejecución serviría de escarmiento para el resto de los cristianos. El primero en sufrir la ira del gobierno romano fue San Pedro (murió crucificado); a él lo siguieron Clemente I (en el año 97 lo arrojaron al mar con un ancla prendida del cuello), Calixto I (murió apaleado) y Sixto II (decapitado en el año 258).
De todos modos, los romanos no lograron detener el avance religioso. Cuando el cristianismo triunfa y cesan las persecuciones, la Iglesia puede establecer clara y definitivamente su influencia. Sin embargo, a partir de entonces se siguieron sucediendo asesinatos de papas, algunos comprobados y otros que quedaron en el terreno de la muerte dudosa. Según las malas lenguas, algunos de estos crímenes serían fruto de conspiraciones, en algunos casos de los círculos más cercanos al pontífice, y otros de enemigos que se ven amenazados o perjudicados por la política de la Santa Sede.
POR SUS OBISPOS LOS CONOCERÉIS
El primer caso de supuesto asesinato fue el del Papa Celestino V (Pietro Angeleri) en 1294. René Chandelle, en su libro “Más allá de ángeles y demonios. El secreto de los Illuminati y la gran conspiración mundial”, dedica un capítulo especial a la muerte sospechosa de este pontífice: la Iglesia vivía un vacío de poder tras dos años de crisis interna y el cónclave cardenalicio necesitaba un “Papa de transición”, débil y manejable hasta conseguir resolver su situación. Así, el bueno de Pietro era el candidato perfecto, ignorado e ignorante, con casi 90 años y sin ambiciones de poder. Fue obligado a aceptar un cargo con el que nunca se sintió cómodo ni capacitado para ocupar. Por estas razones, a los cinco meses de su proclamación renunció. Su sucesor, Bonifacio VIII, lo mandó a prisión, en donde murió en 1296 de “muerte natural”, según la versión de la Iglesia. En 1988 alguien robó el féretro del Papa Angeleri que fue encontrado poco tiempo después. El Vaticano hizo scanear los restos para comprobar que eran los auténticos. Se comprobó así que el cráneo tenía un agujero a la altura de la sien, practicado supuestamente por un clavo cuadrangular de hierro. Entonces el Arzobispo de L\’Aquila, monseñor Mario Peresin, confirmó oficialmente que Celestino V había sido asesinado. “Y es posible suponer por orden de quien”, concluye el autor del libro.
Una de las muertes más recientes y sospechadas fue la del Papa Juan Pablo I. Y fue David Yallop, en su libro “En el nombre del padre”, quien intentó develar el misterio: el Papa Juan Pablo I estuvo sólo 33 días frente a la Iglesia, tiempo suficiente para comunicar que pretendía hacer una verdadera revolución, basada en una equitativa distribución de las riquezas y en terminar con “las fraudulentas operaciones del Banco del Vaticano”. Justamente, el principal sospechoso de este supuesto asesinato fue el obispo Paul Casimir Marcinkus, secretario del Banco del Vaticano, contando con la aparente complicidad del cardenal Jean Villot, ministro de Asuntos Exteriores del Papa Pablo VI y secretario intermedio del Papa Juan Pablo I. Habría sido él el encargado de “tapar” las circunstancias de muerte del pontífice y de todo un proceder más que sospechoso.
Pero la cosa no terminó ahí. Pasaron los años y algunos miembros de la curia también se atrevieron a cuestionar la causa de muerte de Juan Pablo I. El padre Jesús López Sáez escribió en su libro “Se pedirá cuenta” que las circunstancias en que se encontró el cuerpo de Juan Pablo I demuestran que el Vaticano practicó una campaña de desinformación al respecto. Dice que la cantidad de evidencia es tal que ningún juez sobre la tierra podría ignorarla: el tiempo de muerte nunca fue establecido, nunca fue realizada una autopsia, el certificado de defunción (que no estaba firmado) indicó paro cardíaco como efecto probable de una sobredosis de medicación. El embalsamamiento (en el que nada de sangre fue quitada) fue realizado dentro de las 14 horas de deceso, cuando la ley especifica que no debe ser hecho dentro de 24 posteriores al deceso.
En su libro el Padre Sáez también sostiene que el Papa Luciani sabía que iba a enfrentarse con poderosos enemigos y que su pontificado sería corto y que ya sabía el nombre de su sucesor. Unas veces, le llama «el extranjero» y otras, «el que estaba sentado frente a mí en el cónclave». Es decir, Karol Wojtyla. ¿Por qué sabía Juan Pablo I ya antes de morir y antes de celebrarse el cónclave el nombre de su sucesor? Porque Juan Pablo II era el candidato del cardenal Villot y de la Curia, deseosa de volver a controlar el poder. No en vano, los curiales decían: “Hemos perdido tres cónclaves (el de Juan XXIII, el de Pablo VI y el de Juan Pablo I), pero no el cuarto”».
El asesinato que no fue
El 13 de de mayo de 1981 una noticia conmovió al mundo: el Papa Juan Pablo II había sufrido un intento de asesinato mientras saludaba a miles de fieles en la Plaza de San Pedro. El joven turco Mehmet Alí Agca le había disparado tres veces.
Este atentado posiblemente quede como uno de los grandes misterios del siglo XX, ya que a pesar de haberse perpetrado frente a miles de personas y suscitado infinitas hipótesis, jamás fue aclarado. En el libro “Más allá de Angeles y Demonios…”, René Chandelle hace una breve reseña de quienes podrían haber sido los responsables intelectuales del atentado contra la vida del Papa: Se dice que en 1979 el Partido Comunista Soviético elaboró un documento en donde se aconsejaba el asesinato de Juan pablo II. La mayoría de los expertos en servicio de inteligencia consideran que era imposible para la KGB asumir una trama tan comprometida y que legó la tarea a su “filial” búlgara, la DS. Otra teoría dice que el “asesino” temía que sus propios jefes terminaran con su vida después de cumplir su tarea, y que le confesó a la CIA lo que se proponía hacer. La inteligencia americana le pidió que continuara con el plan, pero disparando al aire para no herir al Papa. Así ellos podrían acusar a la KGB de lo ocurrido. Pero todas estas las teorías perdieron fuerza ante las declaraciones de Oral Celik, el cómplice de Agca, quiEn afirmó que el atentado fue un complot organizado por los propios cardenales dentro del Vaticano. Estas declaraciones quizás fueron el detonante para que tanto la Santa Sede y el propio Juan Pablo II no pusieran empeño en investigar. El Pontífice prefirió decir que la razón del atentado sería del orden sobrenatural y que estaba relacionado con el llamado “tercer misterio de Fátima”, relatado por Lucía dos Santos (una de los sobrevivientes de los tres pastorcitos a quienes la Virgen revelaba sus mensajes): “En medio de una luz resplandeciente vimos a un obispo vestido de blanco ser asesinado por un grupo de soldados, que disparaban contra él armas de fuego”.
F. JUÁREZ