EL PACTO DEL ETERNO CON EL PATRIARCA ABRAHAM, EL PADRE DE LOS FIELES

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Anthony F. Buzzard

El Patriarca Abraham: Su mismo nombre lo nomina como un padre fundador. Las letras de apertura de su nombre sugieren primacía y fundamento, como el principio del alfabeto. “Ab” es el hebreo para padre y Abraham significa “padre de una multitud” (Génesis 17:4, 5). Abraham demostró una fe ejemplar en Dios, una obediencia incuestionable, al responder al llamado divino para salir de su país nativo y viajar a una tierra desconocida que Dios le mostraría. Veinticuatro años más tarde, por una confirmación solemne del pacto divino, la tierra de Canaán le fue prometida a ambos, a él y a sus descendientes, y en un sentido especial, a su Descendiente, en el singular: “y te daré a ti y a tu simiente después de ti la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán, en heredad perpetua” (Génesis 17:8). El comentario de Pablo ilumina la promesa: “Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas y a su simiente. No dice ‘y a las simientes’, como si hablase de muchos, sino como de uno, ‘y a su simiente’, la cual es Cristo” (Gálatas 3:16).

Los términos de este pacto con Abraham requieren escrutinio minucioso, puesto que forman el fundamento de la historia bíblica entera del rescate y tienen implicaciones trascendentales para el futuro del mundo. El pacto Abrahámico, que Jesús vino a reconfirmar (Rom 15:8), proporciona una guía imprescindible del significado del Cristianismo del Nuevo Testamento, un anteproyecto para el plan en curso de Dios. No sería ninguna exageración decir que el fracaso de captar los términos de los arreglos de Dios con Abraham, es la raíz de la confusión masiva que existe ahora en las mentes de los asistentes a las iglesias en relación a todo el propósito de la fe cristiana. Las palabras solemnes de Dios a Abraham fueron repetidas en varias ocasiones. La promesa funciona como un hilo de rosca dorado través de la narrativa del Génesis:

“Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y el oriente y el occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre… levántate, ve por la tierra a lo largo de ella y a su ancho; porque a ti te la daré” (Génesis 13:14-17).

“En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra” (Génesis 15:18).

“Y estableceré mi pacto entre mí y ti y tu descendencia después de ti en sus generaciones por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti. Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos.” (Génesis 17:7, 8).

Una primera lección en el estudio de la Biblia, quizás la llave para un entendimiento de la Escritura, es reconocer que estas promesas divinas todavía, hasta el día de hoy, siguen estando incumplidas. En el pasado, es verdad, ellas habían sido realizadas parcialmente en la historia de Israel. Como promesas de cosas todavía por venir, ellas son la base de la esperanza cristiana y el informe para la ansiosa expectativa de los Cristianos primitivos que hicieron frente al martirio en vez de abandonar su visión de una herencia dichosa sin fin, basada en la promesa a Abraham confirmada en Cristo.

Los Cristianos primitivos eran, sin embargo, acuciosos para señalar que Abraham nunca recibió la tierra prometida:

“Y no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie; pero le
prometió que se la daría en posesión, y a su descendencia después
de él, cuando él aún no tenía hijos” (Hechos 7:5).

Todos éstos [los héroes de la fe, incluyendo a Abraham] murieron sin haber recibido las promesas, sino mirándolas de lejos y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra… y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido (Heb. 11:13, 39).

Jesús era un adherente comprometido a la creencia en el destino del fiel para ganar la posesión de la tierra como le fue prometido originalmente a Abraham: “Bienaventurados son los mansos porque ellos recibirán la tierra [o el mundo] por heredad” (Mateo 5:5).

La esencia del drama divino siendo consumada en la tierra es expuesta por el escritor a los hebreos, elogiando a Abraham por su fe en el plan:

Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa” (Heb. 11:8, 9).

Es de la tensión extraordinaria creada por el no-cumplimiento de esta promesa divina que el Nuevo Testamento deriva su entusiasmo contagioso, mientras se filtra hacia el magnífico dénouement del plan divino. Abraham vivió en la tierra prometida, pero nunca obtuvo la posesión de ella. Allí reside la fascinación de la Biblia y el desafío de la fe. Se mantiene el entusiasmo mientras cada día nos conduce un paso más cerca a la reaparición de esos héroes de la fe (y de todos los creyentes subsiguientes) para lograr, por la resurrección de los muertos, su premio (Heb. 11:35). Como el escritor a los hebreos observó, que los patriarcas “murieron sin haber recibido las promesas” (Heb. 11:13, 39). El Nuevo Testamento enseña que nuestra esperanza es su esperanza y que su tierra es nuestra tierra también. La tierra pertenece a Jesús, y él la compartirá con sus seguidores, los cuales son coherederos de la tierra prometida (Gál. 3:19; Rom. 8:17; II Tim. 2:12).

Las referencias importantes en Génesis al descendiente de Abraham, su “simiente” (Génesis 13:15; 15:18; 17:8), recuerda a la “simiente” prometida a Eva (Génesis 3:15). En El el desastre causado por la serpiente sería invertido. Como hemos visto, Pablo reconoció que el gran descendiente no era otro que el Mesías mismo (“a su simiente, la cual es Cristo”, Gál. 3:16), el Libertador esperado desde hace mucho tiempo de Israel y del mundo entero (Juan 1:49; 4:42). A Jesús le fue asignada la tarea de deshacer el caos ocasionado por Satanás. A través de Jesús el estatus divino del hombre como representante de Dios en la tierra sería restaurado. Por El los poderes del mal serían derrotados para siempre (Colosenses 2:15). Juan el Apóstol describió el papel del Mesías sucintamente: “el Hijo de Dios apareció por esta razón: para deshacer las obras del Diablo” (I Juan 3:8). Jesús definió cómo sería logrado ese trabajo cuando él declaró el propósito para su misión: “Es necesario que también a otras ciudades anuncie el Evangelio del Reino de Dios; porque para esto he sido enviado” (Lucas 4:43). Éste sigue siendo el propósito de la iglesia hasta el regreso de Cristo para tomar posesión de las riendas del gobierno mundial (Mateo 24:14).

El mensaje que vino a Abraham contiene todos los elementos esenciales del plan divino y por lo tanto de toda la Biblia. Las promesas hechas al “padre de los fieles” proporcionan la base imprescindible para una correcta comprensión del cristianismo apostólico. Están en la raíz de todo lo que Jesús enseñó. Inculcado en el pensamiento de Jesús, de su meditación profunda en la Biblia hebrea, estaba el concepto siguiente del propósito de Dios para el mundo: Un descendiente prometido a Eva, más adelante nombrado el Mesías o el rey ungido (Cristo), surgirá de la familia de Abraham, y él conseguirá la posesión de la tierra de Palestina y del mundo por siempre. Abraham, como el creyente prototípico, también gozará de esta herencia prometida, aunque durante el transcurso de su vida él no había heredado nada. La permanencia de la bendición divina destinada para Abraham, inmediatamente plantea la cuestión de la inmortalidad. ¿Porque cuál es el punto de una herencia sin fin para Abraham a menos que su vida pueda prolongarse indefinidamente para gozarla? Abraham murió y durmió con sus padres. Una herencia eterna puede tener sentido, por lo tanto, sólo si Abraham puede ser traído a la vida otra vez. Enfrentamos aquí la necesidad absoluta de la resurrección de los muertos en el esquema divino.

Las generaciones pasan y los descendientes de Abraham, de Isaac y de Jacob crecen en la nación de Israel (Exod. 1:1-7). Saliendo de su esclavitud terrible en Egipto (Exod. 14; 15), la gente vaga en el desierto, dirigida por Moisés (Exod. 16-40), y entran en la tierra prometida bajo Josué (Jos. 1-24). ¿Puede ser esto por fin el cumplimiento de la promesa a Abraham? Claramente no en su forma final, porque Abraham, a quien el regalo de la tierra le fue concedido, ha estado hace mucho sepultado y el Descendiente prometido, el gran Libertador, todavía no ha aparecido. El mensaje persiste a través de los siglos como la luz guiadora de la nación de Israel. Lejos de llegar a ser oscuro en la medida que pasa el tiempo, gana claridad notable en la vida del rey querido de Israel, David, hijo de Isaí. Mientras que Dios obró en la carrera de este celebrado Salmista, profeta, y monarca, el mensaje recibió un nuevo ímpetu, proyectando las esperanzas de los fieles hacia el nacimiento de Jesús, el Mesías, y mucho más allá hacia el Reino prometido de la paz.

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