Edición #2, Diciembre, 2010
EL REINO DE DIOS (de continuación)
Cuando Dios llamó a Abraham, el padre de todos los fieles (Rom. 4:11,12) , le prometió una herencia en la tierra. La promesa se detalla muy exactamente en Génesis 13:12-17: “Abram acampó en la tierra de Canaán . . . . Y Jehová dijo a Abram. . . .Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre. . . . Levántate, vé por la tierra a lo largo de ella y a su ancho; porque a ti la daré.” Se ve en estas palabras que Dios le hablaba de una manera muy literal, muy geográfica. ¡No es cuestión de un país en el cielo, sino de uno que puede definirse con los cuatro puntos cardinales de la brújula!
Varios años después de recibir esta promesa, Abraham murió sin haber recibido lo prometido. Así la Biblia comenta el asunto: Dios “no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie; pero le prometió que se la daría en posesión, y a su descendencia después de él” (Hechos 7:5). ¡He aquí un problema! El Dios que no puede mentir (Tito 1:2; Hebreos 6:18) hizo una promesa que nunca se ha cumplido. ¿Cómo se explica esto? ¿Cómo se armoniza la Biblia con tal inconsecuencia? O Dios le mintió a Abraham (lo que es imposible) ¡o la promesa se queda todavía para cumplirse en el porvenir!
Si Dios prometió darle a Abraham la tierra de Canaán y todavía no la heredó, claro es que tiene que vivir otra vez en la tierra para recibir lo prometido. La Biblia declara que Abraham y otros fieles murieron “sin haber recibido lo prometido” (Hebreos 11:13). Antes, cuando Dios le llamó en Mesopotamia, Abraham viajó “al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:8-10).
¡Vivir otra vez en la tierra! ¡Para los muertos eso es imposible sin que haya una resurrección! Sabemos que Abraham creía en la resurrección de los muertos, porque leemos que “por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos” (vv.17-19). Por eso podemos asegurarnos de la fe que Abraham tenía y al mismo tiempo aceptarla como la nuestra.
El Apóstol Pablo, en Gálatas 3:16, reitera que “a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.” Cristo mismo es la simiente prometida, y los que son de Cristo son “linaje de Abraham, . . . y herederos según la promesa” (v.29). La herencia prometida, como ya vimos, no es el cielo sino la tierra, y Pablo declara que “no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe” (Romanos 4:13).
El Reino que Dios va a establecer es un reino terrenal, como profetizó Daniel en 2:35,44; 7:27. Se basa en las promesas hechas a Abraham, y los que creen en Cristo van a heredarlo, “de modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham” (Gál. 3:9). Todos los que leen estas palabras pueden ser herederos con Cristo y con Abraham, por la fe. ¡Hay que creer el testimonio del evangelio y someterse a la enseñanza de Cristo y de sus apóstoles! (continuará en edición #3)
¿RELIGIÓN O RELACIÓN?
Todas las religiones del mundo tienen una característica en común: cada una tiene su corriente de enseñanza o doctrina que es propia únicamente de esa religión—lo cual la distingue de todas las demás religiones. En cuanto a esto, aun el cristianismo puede clasificarse simplemente como “una de las religiones mundiales.”
Sin embargo, en otro sentido existe una diferencia grande y crucial entre el cristianismo y todas las demás religiones. Esta diferencia surge del hecho que la persona central del cristianismo—Jesucristo–no fue solamente instructor de conceptos espirituales o fundador de una religión, sino un hombre que pudo ejecutar públicamente unos milagros increíbles y que después de morir resucitó corporalmente, ¡el único hombre que sigue viviendo a través de los siglos hasta el día de hoy! No hay otra religión que pueda afirmar esto acerca de sí misma ni refutar esta afirmación del cristianismo.
Los adherentes de las otras religiones, por supuesto, van a declarar unas evidencias para sostener sus propias pretensiones, o unas evidencias que tratan de poner en duda las afirmaciones peculiares del cristianismo. Los cristianos que han sido convencidos y transformados por Jesucristo no se inquietan por tales objeciones. La realidad de Jesús en la vida de ellos les imposibilita que las tomen muy en serio.
El hecho de que Jesús es una “realidad” para con los creyentes cristianos da a entender que ellos gozan de una relación personal con Jesús, ¡no solamente de una religión de sus enseñanzas! La diferencia entre “religión” y “relación personal” es el factor crítico de la ecuación espiritual en la base del cristianismo verdadero. La verdad de todo eso se ve en el hecho de que un musulmán nunca puede tener una relación personal con Mahoma, ni un budista con Buda, ni un hindú con sus dioses. Tal relación es simplemente inconcebible entre los seguidores de esas religiones y, en efecto, imposible–¡puesto que sus fundadores históricos nunca resucitaron de entre los muertos y no crearon más que una “religión” para sus seguidores!
Al contrario, los seguidores verdaderos de Cristo están dispuestos a arriesgar la vida por la realidad de Jesús en su experiencia personal. Conocen a Jesús de una manera que, para ellos mismos, es fuera de duda. Algunas personas pueden considerar esta confianza y este convencimiento del cristiano como un tipo de arrogancia o de engaño. ¡Pero el creyente es el mejor testigo en cuanto a esto! Puede declarar, con el Apóstol Pablo, ”Yo sé a quien he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12).
Esto lo dijo Pablo, no en unas circunstancias placenteras sino desde la miseria de un calabozo romano mientras esperaba–so pena de muerte por su fe–el fin de su vida. Aun en tal lugar y con la muerte acercándosele, Pablo pudo regocijarse con esperanza y certidumbre, ¡experimentando la amistad íntima con el Hijo de Dios, Señor suyo resucitado y viviente! Esta realidad puede experimentarse por cada cristiano–realidad que necesitan todos los que todavía no son de Cristo, perdidos en el pecado, “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12).
Amado lector, si te encuentras entre éstos (los que forman la mayoría de los seres humanos), favor de considerar la invitación de amor que Jesús te ofrece: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).
Jesús quiere ser tu amigo. ¡Es la verdad! Quiere tener contigo una relación personal e íntima. Comprobó su amor para contigo en su muerte en la Cruz, derramando su sangre inocente por ti, para que tus pecados sean perdonados y tú puedas recibir una vida que no tendrá fin–la vida de resurrección que Cristo demostró cuando salió de la tumba. Su muerte y su resurrección demostraron no solamente el amor de Jesús, sino también el amor de su Padre: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). ¿Quieres aceptar su amor?
**********
Noticias
Amados lectores, estoy recibiendo mensajes por Internet acerca del Mensajero. Me alegro mucho de tales mensajes. Favor de mandarme noticias de ustedes, para que las mismas se incluyan en estas páginas y que todos nuestros lectores lleguen a conocer mejor a los demás hermanos en otras partes del mundo.
Vivimos en tiempos muy peligrosos, como dijo el Apóstol Pablo (2 Tim. 3:1), y es necesario que todos los que somos her-manos en Cristo nos animemos los unos a los otros. ¡Que nuestro Padre Yavé los bendiga a todos ustedes!