LA PROMESA MILENARIA DE DIOS DE UN REINO DE JUSTICIA EN LA NUEVA TIERRA

¡El Mensaje central de Cristo que muy poco se predica y conoce!

Por el Dr. Javier Rivas Martínez (M.D)

El alcance de la promesa del Reino  Dios en la Tierra que fue dada en un principio a Abraham es de largo alcance que abarca todas las naciones del mundo (Gn.12:2-3; 15:5, 7; 17:4-6) y que inicia con Israel (Gn.13:15-17; 15:18; Gn.17:8). Dios le dijo a Abraham que su descendencia estaría en Tierra ajena como esclava y oprimida por un período de cuatrocientos años, bajo la autoridad tiránica del Señor de la Casa en Egipto (Gn.15:13; Ex.1, 13). De Egipto, Israel fue liberado por el terrible poder de Dios en manos de Moisés (Ex. caps.7-14) y por medio de Josué fue introducido a la Tierra de Canaán. Después de un éxodo de cuarenta largos años por el desierto, Israel se establece como nación territorial (Ex.16:35; ver libro de Josué). Posteriormente, en el Israel teocrático, Dios promete en un pacto hecho con el rey David que su casa sería afirmada para siempre y su Reino eterno, entendiéndose como «eterno» en este sentido: de largo tiempo pero limitado: en griego, aionios (1 Co.15:24-28) o sea, de Mil años literales (Ap.20:4-6) y el Señor Jesucristo, del linaje del David, su Hijo (Mt.1:1; Lc.1:31-32),  se encargará  de gobernarlo (Lc.1:33).

 «La simiente de la mujer» que habla Ge. 3:15, es la misma «simiente»  que Dios promete a Abraham en el tiempo de su salida de Ur de los Caldeos (Gn.11:31; 15:7) la cual es Cristo (Ga.3:16), para que la bendición de Abraham alcanzará a los gentiles, «a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu» (Ga.3:14), ya que «el justo por la fe vivirá» (Hab.2:4; Ga.3:11) y que este por este hecho podrá obtener la manifestación de la promesa antiquísima que es la herencia del Reino de Dios (Hech.1:3) en la Tierra (Sal.2:8-9; Mt.5:5; Ga.3:29; Stg.2:5; Ap.2:25-27), por la justicia de la fe, como se comentó ya (Ef.2:8), y no por la Ley  (Ro.4:13-14; Ga.3:18). De esa manera, la justicia de Dios es imputada en aquellos que han creído en Cristo como el Salvador del mundo (Fil.3:20), viniendo a ser hijos de Dios  por potestad y por adopción (Jn.1:12; Ef.1:5). Por  tal cosa,  la barrera de la separación entre judíos y gentiles queda derribaba por Cristo para hacer un solo pueblo de los dos. Esta barrera de separación corresponde a la ley mosaica, y simbólicamente hablando corresponde también al muro del templo que separaba el atrio de los gentiles del atrio de los judíos,  donde había una prohibición  escrita en hebreo y en griego en la piedra para que ningún gentil se atreviera a desobedecerla ya que se castigaba con la muerte (Ef.2:14). Con Cristo, tenemos entrada, tanto judíos como gentiles, por un mismo Espíritu, al Padre (Ef.2:18), para ser conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (Ef.2:19), herederos de Dios y coherederos de Cristo cuando seamos glorificados para recibir la  bendición del mundo regenerado en la segunda venida del Señor Jesucristo (Mt.19:28; Lc.8:17-23; 21:27-28). 

La principal promesa de Dios se centra en la herencia del reino apocalíptico y terreno para quienes son suyos. Por infortunio, los maestros de la prosperidad nunca hablan de esta herencia prometida y milenaria, e incitan apasionadamente, en una doctrina ya formalizada por ellos mismos y herética a más no poder y que recibe el nombre de «Súper Fe», a las ovejas ignorantes en las Escrituras de sus congregaciones a buscar primeramente las cosas materiales del mundo depravado y adverso a Dios, y que habrán de perecer  con él y también los que las busquen con desenfreno insano, hágase llamar cristiano, o no (Pr.11:28; 27:24; Ec.5:10; Mt.6:24; 13:22; Mr.10:23; 2 Co. 4:18; 1 Tim. 6:17; 1 Jn.2:15-17). Uno de los trucos más exitosos de los maestros de la prosperidad para hacerse ricos, es obligar a los creyentes «tapados» (porque así quieren estar, por no hacer caso al  buen consejo bíblico) a dar para lo obra de Dios para que él les multiplique los que han dado de «corazón» (yo le llamo corazón convenenciero: «doy y más me das», muy lejos de: «Más bienaventurado dar que recibir», según Hech.20:35). No pocos toda vía esperan el «milagrito verde», y lo esperarán vanamente  hasta el día en que el Señor les diga: «Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad» (Mt.7:23). 

Los creyentes en Cristo tendrán que convencerse que el Reino de Dios no es la búsqueda primera de las cosas materiales (comida ni bebida), sino uno de justicia, paz y gozo (Mt. 6:33; Ro.14:17), y que será fundado en la era venidera, en la renovación del mundo, y que no es «el tercer cielo» en el que habita Dios (2 Co.12:2), la Eternidad (Is.57:15 ), como han creído con engaño los cristianos pálidos en la fe: «que van a morar allá con Dios y su Hijo Jesucristo al morir», idea que se desprendió en la antigüedad del platonismo pagano y que se introdujo en la Iglesia de Cristo inmediatamente después de su establecimiento. De lamentable manera,  muy pocos de ellos hablan de esperar en la resurrección de los muertos para vida eterna (Jn.5:29a), tal como lo declaró Marta, un poco antes del evento milagroso de parte del Señor, cuando levantó a su hermano Lázaro del los muertos, del oscuro y silente sepulcro (Jn.11:24). Tan importante la resurrección futura de los salvos,  porque a través de ella será consumada su salvación, por medio de un cuerpo glorificado, es decir, trasformado para ser apto para el tiempo milenario (Mt.24:31; 1 Co.15:51; 1 Ts.4:17), porque «la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios» (1 Co.15.50).

En estos tiempos de la apostasía postrera (1Tim.4:1), doctrinas torcidas como la  inmortalidad del alma,  han hecho creer y esperanzar falsamente a los cristianos profesantes en una vida literal en la misma gloria del Dios Creador (y dicen unos que no son soberbios) y en forma almática. Esto no es más que una herejía de alto calibre y condenación, una blasfemia  que pone en tela de juicio el carácter verdadero de la resurrección de los muertos y que define absolutamente para vida eterna o para muerte eterna (Dn. 12:27; Jn.5:25, 28-29; Ap.20:4-6).  

Concluimos, pues, diciendo, que las promesas del pacto de Dios con Abraham tendrá cumplimiento en la futura Tierra regenerada para con su descendencia, en la era milenaria (Is.10:21-22; 19:25; 43:1; Jer.30:22; Ex.34:24; Mi.7:19-20; Zac. 13:9; Mal.3:16-18). 

Cristo, el Renuevo de Jehová (Is.4:2), Cristo como Emmanuel, «Dios con nosotros» (Is.7:14), se manifestará físicamente a los naciones  cuando regresé nuevamente al mundo (Dn.7:13-14, 27; Zac.14:4; Mr.16:26-27) para juzgarlo en el valle de Josafat (Jl.3:2, 12; Mt.25:31-46), y para gobernarlo como Rey de reyes y Señores de señores (Ap.19:16), como el Soberano de los reyes de la Tierra (Ap.1:5), con sus fieles súbditos en justicia y en amor por Mil años (Sal. 2:8; Is. 9:7; 11:5, 10, 12; Zac.14:16; Mt.25:34; Ap.20:4-6). 

Y si muchos aún siguen en la terquedad de «ir a morar en el cielo de Jehová algún día», déjenme decirles con certidumbre bíblica (porque todo lo que está escrito aquí, así como los demás artículos que se encuentran en los blogs nuestros, se encuentran sustentados con la Palabra de Dios, con la Biblia en la mano; nada hay mentalmente elucubrado con seguridad. ¡Líbrenos Dios de caer en herejías y blasfemias!, porque se pagará caro el conciliarlos), que la Ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén, descenderá preciosa y ataviada del cielo (Ap.21:2), para que los Hijos del Dios Altísimo en la era post milenaria, es decir, cuando se manifieste el Reino Eterno, después de que Cristo haya entregado el poder al Dios Padre (1 Co.15:24) moren en ella: «en la casa de mi Padre muchas moradas hay» (Jn.14:2-3). Cuando la Nueva Jerusalén  descienda del cielo, quedará establecida  en la Tierra Nueva (Ap.21:1), donde la justica de Dios morará eternamente,  para siempre (2 P.2:13).  

Dios les bendiga mis hermanos y amigos de buen entender y que nos visitan con gusto.    

Los dejo con este precioso texto, uno de mis favoritos:

«Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad» (Mt.5:5).

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EL SALMO 110:1 Y LA DISTINCIÓN ENTRE YAHWEH Y EL SEÑOR MESÍAS

 

 

                       Por Anthony F. Buzzard (Unitario)    

 

Si bien los Judíos no pudieron encontrar nada de un Hijo de Dios ya existente, ni mucho menos eterno, en el Antiguo Testamento, esto no ha prevenido a grandes cantidades de estudiantes de la Biblia contemporáneos de probar con seguridad la preexistencia de Jesús, y así, por lo menos, una dualidad en Dios a partir del Salmo 110:1: “El Señor dijo a mi señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”. Ambos, los Fariseos y Jesús reconocieron que el segundo señor de este verso describía al Mesías prometido. Jesús presentó este texto como un oráculo divino manifestando su opinión del Mesías como ambos, el Hijo de David y el señor de David (Mar. 12:35-37). ¿Entonces qué significa la inspirada afirmación Cristológica cuando llama al Mesías “señor”? Se ha argumentado por algunos que este verso debería ser traducido “Dios dijo a mi Dios…” Ellos insisten que David supo de una dualidad en la Divinidad y bajo inspiración declaró la eterna filiación y Deidad del Hijo, de aquel que vendría a ser el hombre Jesús.

 

     Semejante teoría envuelve un mal uso del idioma Hebreo el cual puede ser fácilmente aclarado. Las dos palabras para “señor” en la oración “el ‘Señor’ dijo a mi ‘señor’” son considerablemente diferentes. El primer “Señor” es Yahweh. Es muy cierto que los textos del Antiguo Testamento que contienen este vocablo son a veces en el Nuevo Testamento transferidos a Jesús cuando él funciona como un agente para Yahweh (Tal como el ángel del Señor que ejerce la autoridad de Yahweh es a veces equiparado con Yahweh). En el Salmo 110:1, sin embargo, no hay duda que el primer Señor mencionado (Yahweh) se refiere a Dios, el Padre, el único Dios de Israel (como así sucede alrededor de 6,700 ocasiones). La segunda palabra para “señor” (aquí, “mi señor”) es adoni, que quiere decir, de acuerdo a todos los  léxicos de Hebreo estándares, “señor,” “amo,” o “dueño”, y se refiere aquí, vía predicción, al Mesías. Si David había esperado que el Mesías fuera Dios, la palabra usada no hubiera sido adoni, sino adonai, un término usado exclusivamente para el único Dios.

 

     El Salmo 110:1 provee la principal clave para el entendimiento de quién es Jesús. La Biblia Hebrea distingue cuidadosamente el título divino Adonai, el Señor Supremo, de adoni, la forma apropiada de dirigirse a superiores angélicos o humanos. Adoni, “mi señor”, “mi amo” en ninguna ocasión se refiere a la Deidad. Adonai, por otro lado, es la forma especial de adon, Señor, reservado para dirigirse al único Dios solamente.    

 

     Un lector de la Biblia Hebrea está entrenado a reconocer la distinción vital entre Dios y el hombre. Hay una enorme diferencia entre adoni, “mi señor,” y Adonai, el Dios Supremo. No menos de 195 veces en el canon Hebreo Adoni señala al destinatario como el receptor del honor pero nunca como el Supremo Dios. Este importante hecho nos dice que las Escrituras Hebreas no contaron con que el Mesías fuera Dios, sino el descendiente humano de David, a quien David reconoció correctamente que sería también su señor.

           

     En un libro dedicado enteramente a un estudio de Salmo 110 en el Cristianismo primitivo, David Hay observa que no hay menos de “treinta y tres citas y alusiones al Salmo 110 esparcidas a través del Nuevo Testamento…muchas de estas referencias aparecen en pasajes de suma importancia teológica.” El Salmo 110:1 está rodeado con “una especial aura de revelación profética.” Está claro de la discusión de Jesús con los Fariseos, así como del Tárgum Judío que refleja una antigua tradición, que Salmos 110:1 señaló al Mesías en su relación con el único Dios. Aquél fue una figura Davídica Mesiánica, “el príncipe del mundo venidero.” Las alusiones del Nuevo Testamento al Salmo 110:1 sugieren que este verso formó parte de los credos Cristianos más tempranos y aún de los himnos. Evidentemente alguna augusta persona, de acuerdo al oráculo divino, gozaría de una posición única al lado derecho de la Deidad. Pero, ¿quién era ésta? ¿El segundo miembro de la Deidad Triuna?

 

     Semejante idea es absolutamente imposible en el contexto bíblico. Lo que el Salmo si provee es una llave inapreciable de la naturaleza e identidad del Mesías como el agente señalado de Dios. En un sermón apostólico crucial, que establecía el fundamento de la fe, Pedro declaró que en su ascensión Jesús, “un hombre a quien ellos habían crucificado,” estaba ahora confirmado en su posición real como “Mesías y Señor” (Hechos 2:22,23,36). Es acá donde encontramos la suprema verdad de la Cristología. Jesús, sin embargo, no es el Señor Dios, Yahweh, sino el Señor Mesías basado, como afirma Pedro, en el oráculo de Salmo 110:1. Es sobre esta definición fundamental acerca de la posición de Jesús que está construida toda la Cristología del Nuevo Testamento. Jesús es el señor a quien David se dirigió proféticamente como “mi señor” (adoni). Jesús es en efecto kurios (señor) pero ciertamente no el Señor Dios. Ese título, adoni, distingue invariablemente a un superior humano del único Dios en el Antiguo Testamento. Es una distinción que es clara y consistente. Adonai, por contraste, señala el único y supremo Dios de la Biblia 449 veces.

 

     Es poco común realmente para los escritos académicos afirmar incorrectamente los hechos acerca de una palabra que aparece en el texto Hebreo o Griego.  Sorprendentemente, sin embargo, un extraordinario error se deslizó dentro de las declaraciones de máxima autoridad en relación con la identidad del Mesías en este crucial pasaje Cristológico en el Salmo 110:1. Ese verso, citado frecuentemente por el Nuevo Testamento, legitima el título “señor” para Jesús. Aun ha sido el objeto de un ataque extraordinario por parte de la pluma teológica. Ni el Hebreo ni el Griego de la Septuaginta y el Nuevo Testamento permitirán que “señor” sea una Deidad. Ambos Testamentos se unen, por tanto, en su oposición a la idea de la Trinidad. Es a Jesús como “señor” que la Iglesia dirige su adoración, servicio e incluso su petición. Jesús, sobre la base del Salmo 110:1, es el señor de David (“mi señor”) y de este modo es “nuestro señor Jesucristo.” El Padre de Jesús permanece sólo como el único Señor Dios, quien es también “El Dios de nuestro Señor Jesucristo Cristo” (Efe. 1:17). “Dios” y “señor” por tanto señalan una diferencia crucial de rango. El Mesías no es un “Dios coigual.”

 

     Note ahora la evidencia de la confusión generalizada en el tratamiento de este Salmo. La posición de Jesús como el adoni humano ha probado ser una vergüenza para la “ortodoxia” más reciente. Un escritor Católico Romano, en un esfuerzo para probar su doctrina tradicional del Hijo eterno, afirma: En el Salmo 110:1 “Yahweh dijo a Adonai: Siéntate a mi diestra.” Este pasaje es citado por Cristo para probar que él es Adonai, sentado a la diestra de Yahweh (Mat. 22:44). Pero Adonai “mi señor,” como un nombre propio es usado exclusivamente para la Deidad, uno de dos, solo o en la frase tal como Yahweh Adonai. Es claro, entonces, que en este Yahweh lírico se dirige al Cristo como a una persona diferente y aún idéntico en                  Deidad.

 

     La información es correcta. El segundo señor del texto Hebreo no es específicamente adonai sino adoni. El último nunca es un título divino. El primero siempre apunta a la Deidad. La totalidad del argumento Trinitario de este Salmo falla porque los hechos del idioma están presentados erróneamente.

 

     En un artículo que aparece en el Evangelical Quarterly, William Robinson afirma con confianza que: “Se ha sostenido y enseñado por mucho tiempo en la iglesia Presbiteriana del Sur que Cristo es Jehová; esto es, que Aquel que fue adorado como Jehová, como hicieron los santos del Antiguo Testamento, sin dejar de ser Dios se hizo hombre “para nosotros hombres y para nuestra salvación”…Pero el profesor Escocés de teología sistemática en Union Seminary, Nueva York, ha retado recientemente esta declaración, escribiendo en The Presbyterian of the South como sigue: “El punto de vista ortodoxo no es ciertamente, que ‘Cristo es Jehová’—Semejante frase es nueva para mí.”

 

El autor luego sostiene que la proposición “Jesús es Yahweh” es un axioma de larga data de la Iglesia y el cenit de la ortodoxia.

 

     Los recelos del profesor del Union Seminary indican una inquietud muy honda sobre la relación del Mesías con Dios. El Dr. Robinson sin embargo argumenta que debido a que Jesús es llamado kurios (señor) él debe ser Dios. El se refiere a Lucas 2:11 el cual introduce al Salvador como “el Señor Mesías” y concluye que esto significa “Cristo-Jehová.” Luego él se vuelve a Hechos 2.34-36, donde Pedro cita el Salmo 110:1 para establecer el rango de Jesús como “señor.” Pero él malinterpreta el texto Hebreo y afirma que Jesús está sentado como “el Señor Adonai a la diestra de Jehová.” “Esta sublime Mesiandad celestial—jerarquizando al escatológico Hijo de Dios, Adonai al lado derecho de Jehová” prueba que Jesús es Jehová.26 Pero los hechos están en su contra. El Mesías no es llamado adonai como él afirma, sino adoni. La Biblia Hebrea no confunde a Dios con el ser humano como lo hacen los Trinitarios.

 

     El famoso Smith’s Bible Dictionary hizo caso omiso del título humano dado al Mesías en el Salmo 110:1 y luego apeló a este texto como evidencia para un Jesús Trinitario: “Por consiguiente encontramos que, después de la Ascensión, los         Apóstoles trabajaron para llevar a los Judíos al reconocimiento de  que Jesús no era sólo el Cristo, sino también una persona Divina, incluso el Señor Jehová. Así por ejemplo, San Pedro, después del derramamiento del Espíritu Santo en el Día de Pentecostés por Cristo, dice: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36).

 

     Un editor posterior, sin embargo, estuvo preocupado con esta proeza de habilidad, que presentaba a Pedro como un adherente a los concilios posteriores de la Iglesia. Él expidió un correctivo en una nota editorial a pie de página:

 

               Al Atribuir a San Pedro la sorprendente proposición de que “Dios ha hecho a Jesús Jehová,” el escritor de este artículo parece haber pasado por alto el hecho de que kurion (“Señor”) se refiere a ho kurio mou (“mi señor”) en el verso 34, citado del Salmo 119:1 donde el correspondiente Hebreo no es Jehová sino adon, la palabra común para “señor.”

 

     La misma información errónea acerca del crucial título “señor” para el Mesías reaparece incluso en el prestigioso International Critical Commentary on the Gospel of Luke: “En el Hebreo tenemos dos diferentes palabras para señor: ‘Jehová dice a Adonai.’ Siempre se creyó que el Salmo 110:1 era Mesiánico, y que había sido escrito por David.” Hay dos palabras diferentes ciertamente, pero como es informado por el Dr. Plummer, Dios estaba hablándose a sí mismo en lugar de a su agente humano el Mesías. Nuevamente el dogma Trinitario se le hizo retroceder dentro de la Escritura a un costo de cambiar las palabras del texto.                                                                                         

 

     Numerosos ejemplos del mismo error de información pueden ser hallados en los comentarios más antiguos y sorprendentemente también en las notas de la Biblia Scofield sobre Salmo 110:1: “La importancia del Salmo 110 está atestiguado por la sorprendente prominencia dada a éste en el N.T. Este afirma la Deidad de Jesús, respondiendo así a aquellos que niegan el significado completo de su título Neo Testamentario de Señor.” ¿Pero cómo afirma este verso la “Deidad de Jesús” cuando el título Hebreo aplicado a su persona designa, en cada uno de sus 195 ocurrencias, a superiores humanos (y ocasionalmente a ángeles)? La frase “a mi señor” usada en el oráculo dirigido al Mesías en el Salmo 110:1 aparece 24 veces. En estas ocasiones hombres o mujeres la dirigen o aplican a hombres, especialmente al rey. En cada ocasión cuando “mi señor” (adoni) y Yahweh aparecen en la misma oración, como en el Salmo 110:1, “mi señor” siempre contrasta al único Dios con una persona humana.  Los lectores de la Biblia Hebrea están constantemente expuestos a la diferencia entre Dios y sus agentes. “Oh, Jehová, Dios de mi señor (adoni) Abraham.” (Gén. 24:12). “Bendito sea Jehová, Dios de mi amo (adoni), Abraham, que no ha dejado de mostrar su misericordia y verdad hacia mi señor (adoni)” (Gén. 24:27). “Yahweh ha vengado hoy a mi señor (adoni) el rey, de Saúl y de su linaje” (2 Sam. 4:8). El título “mi señor el rey” ocurre frecuentemente como un tratamiento hacia el soberano de Israel.

 

     Los lectores de la Biblia en Español están acostumbrados a reconocer el vocablo “SEÑOR,” en mayúsculas, como la traducción del Yahweh original. También puede que ellos sepan que la forma “Señor” (con S mayúscula) indica el título divino original adonai. En el Salmo 110:1, sin embargo, la distinción está por desgracia perdida—y sólo en este único caso—- cuando el Mesías aparece en muchas versiones como Señor (con mayúscula) donde la palabra no es adonai, el título divino, sino adoni, “mi señor, el rey (humano).” La falsa impresión es así creada de que el Mesías es aquel único Señor Divino ya que en todas sus 449 ocurrencias adonai aparece en Español como Señor (con mayúscula inicial). El Cambridge Bible for Schools and Colleges señala que la Versión Revisada “ha arrojado correctamente la letra mayúscula de la palabra señor (en el Salmo 110:1), por ser de la naturaleza de una interpretación. Mi señor (adoni) es el título de respeto y reverencia usado en el Antiguo Testamento para dirigirse o para hablar a una persona de rango y dignidad, especialmente un rey (Gén 23:6; 1 Sam. 22:12 y con frecuencia).”

 

     La distinción consistente entre las referencias divinas y humanas, indicada por una diferencia vital en la puntuación de la palabra Hebrea Señor, ha sido ignorada o tergiversada en la traducciones, notas de la Biblia y los comentarios bajo la presión del dogma Trinitario. La corrección de “Señor” a “señor” en la Versión Revisada del Salmo 110:1 fue preservada en la Versión Estándar Revisada (VSR) y en la Nueva Versión Estándar Revisada (NVSR). Está también correctamente traducida en el Jewish Publication Society Translation, en la versión Moffat, y en el Nueva Biblia Americana Católica Romana. Otras traducciones modernas continúan dando la impresión de que el oráculo de la Biblia Hebrea sobre el Cristo, tan precioso para el Cristianismo apostólico, coloca a Jesús en la categoría de Deidad. La opinión duradera albergada de que Jesús es el Señor Dios debería ceder el paso al testimonio bíblico de que él es de hecho el Señor Mesías, el humano superior de David, el único agente humano del único Dios de Israel. La aplicación de los textos de Yahweh del Antiguo Testamento a Jesús significa que él obra en nombre del único Dios, su Dios y Padre. Esto no significa que él es Yahweh. Cuando, no obstante, Jesús es llamado “señor,” “el Señor Jesús,” “el Señor Jesucristo,” “El Señor Cristo” y “nuestro Señor,” esto no es positivamente  una indicación de que él es Yahweh. Estos títulos nos informan que él es el Señor Mesías como está especificado por el texto Cristológico fundamental en Salmos 110:1.

 

     El Apóstol señalado de Jesús siguió el argumento del Salmo 110:1 de su maestro cuando él describió la posición del Mesías en relación con Dios. Con la Biblia Hebrea en mente, Pablo cuidadosamente distingue, en una declaración en forma de un credo crítico, entre el “único Dios, el Padre,” y el “único Señor Jesucristo.” Pablo no ha repartido el Shema de Israel entre dos personas. Esto sería abandonar su precioso credo Judío. Pablo de hecho hace una clara declaración unitaria: “no hay más que un Dios…Sólo hay un Dios, el Padre” (1 Cor. 8:4,6). El luego reclama para Jesús una posición de señor basada en la afirmación Cristológica central, a través de un oráculo divino, de que él es el prometido “mi señor, el Rey Mesías, el ungido del Señor” (Salmo 110:1; Luc. 2:11): “Hay un solo señor Jesús Mesías” (1 Cor. 8:6). Este es su máximo título oficial. Pedro igualmente había proclamado en Hechos 2:34-36, con autoridad apostólica derivada del Mesías, que Jesús era el señalado Señor Cristo, de acuerdo con el Salmo 110:1, como distinto y como el siervo del Señor Dios.

 

     Ni los Judíos ni Jesús malinterpretaron su propio lenguaje en este asunto crítico de definir a Dios y a su Hijo. Ellos nunca pensaron que el Salmo 110:1 había introducido distinciones en la Deidad o que Dios se estaba hablando a sí mismo. Es únicamente leyendo un punto de vista Trinitario o Binatario dentro de este texto que puede ser sostenida la afirmación de que el Mesías sería completamente Dios. El “señor” esperado por el rey David sería ambos, su descendiente o hijo, además de su superior y amo, pero enfáticamente no Yahweh mismo. El Salmo 110:1 se alza como una barrera contra cualquier expansión de la Deidad en dos o tres personas. La evidencia de las Escrituras Hebreas son contradichas por la sugerencia de que el Nuevo Testamento ve al Hijo de Dios como un miembro de la Deidad. La ortodoxia  tradicional ha sustituido su propia definición de Señor, como si aplicara a Jesús, y adelantaron la idea extraordinaria y anti-Hebrea de que Dios es más de una sola persona, en oposición  a la declaración definitiva del oráculo-Salmo 110:1.

 

     En un artículo con el título “God or god?: Arianism, Ancient and Modern,”32 Donald Macleod termina con un grito a favor del Trinitarianismo ortodoxo por medio de insistir, “No podemos llamar a una criatura, por más  glorioso que sea, Señor!” El parece haber pasado por alto el hecho de que David, en su declaración profética inspirada sobre el Mesías, un texto precioso para Jesús y usado por él en controversia para silenciar la oposición,  de hecho sí designa al Mesías como su exaltado señor (adoni) humano. Desde tiempos antiguos hasta ahora esta perla Cristológica de gran precio ha sido desechada. En el fascinante estudio de Bart Ehrman The Orthodox Corruption of Scripture él registra una extensa evidencia de la alteración deliberada de los manuscritos del Nuevo Testamento (algunas semejantes corrupciones se abrieron paso dentro de nuestras traducciones) en donde Jesús es llamado Dios en lugar de Cristo. En la cita del Salmo 110:1 en Lucas 20:42 el texto de la armonía Persiana de los Evangelios ha sido cambiado de modo que éste ya no se lee más: “El Señor dijo a mi señor” sino “Dios dijo a mi Dios.” La ausencia de cualquier semejante división de la Deidad en el texto verdadero de la Biblia no ha prevenido al ortodoxo de imponer en los registros inspirados, si por una manipulación real con los documentos o en comentarios, una substitución alarmante de un título de la Deidad para el Mesías.

 

     Los Cristianos del Nuevo Testamento ciertamente concordarían de que Jesús funcionó como su agente en el rol de Yahweh. De que él fuera realmente Yahweh era impensable. Sus confesiones sobre esta materia son claras. ¿Cómo entonces los seguidores íntimos de Jesús definieron la posición de su maestro? Jesús estaba profundamente interesado en esa pregunta. El deliberadamente les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15). Su respuesta es crucial para nuestra comprensión de la fe Cristiana.

 

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JESÚS COMO HIJO DE DIOS—¿IMPLICA ESTE TÍTULO DEIDAD?

 

 

Por Anthony F. Buzzard (Unitario)

 

     A pesar de las declaraciones definitivas de Jesús sobre sus credos que le mostraron ser un verdadero hijo de Israel, algunos teólogos del presente día están determinados en justificar el credo muy posterior formulado en el cuarto y quinto siglos. Ellos sostienen que Jesús, después de todo, sí afirmó ser Dios porque él no negó que era el Hijo de Dios”. La ecuación repetida del “Hijo de Dios” con “Dios” en los escritos Trinitarios necesita ser examinada.

 

     Klaas Runia es típico de una escuela del pensamiento contemporáneo  quien afirma que el término Hijo de Dios conduce naturalmente al dogma dogma ortodoxo de que Jesús es Dios el Hijo. No obstante, ¿qué significa en la Biblia ser Hijo de Dios?  

 

     Runia examina el título Hijo de Dios en su libro sobre Cristología y establece categóricamente que para los teólogos tomar el término “Hijo de Dios” en su significado del Antiguo Testamento “va en contra de lo que nos dicen los Evangelios.” El sostiene que el título “Hijo de Dios” como es usado en el Nuevo Testamento, es una clara indicación de que Jesús era una Deidad preexistente.          

 

      Ninguna evidencia es presentada para mostrar que el Nuevo Testamento abandona sus propias raíces en el Antiguo Testamento y atribuye al título “Hijo de Dios” un significado nunca insinuado en la Biblia Hebrea. El significado de “Hijo de Dios” del Antiguo Testamento es devastador para la causa Trinitaria. “Hijo de Dios” fue usado en varias formas—para describir a la nación de Israel, a su rey, y, en el plural, aun a los ángeles. En ninguna de estas instancias el título implica Divinidad en el sentido Trinitario. Un tratamiento mucho más sensible de esta cuestión aparece en un artículo por otro erudito bíblico, James R. Brady, quien dice:

 

Cuando la Escritura habla de Jesús como el Mesías, probablemente el más significante título que usaron es “Hijo de Dios.” En pasajes tales como Mateo 16:16 y 26:63 es claro que estos dos títulos—-Mesías e Hijo de Dios—se yuxtaponen (uno define al otro). El título Hijo de Dios indudablemente proviene de los textos del Antiguo Testamento tales como 2 Sam. 7:14 y Sal. 2:7, en su asociación con el rey    Davídico.

 

     Rumia ofrece Mar. 2:7 y Juan 5:18 como prueba de que las afirmaciones de Jesús de perdonar pecados y de que Dios era su propio Padre significan que él  se creyó ser Dios. Cuando Jesús dijo que él era el “Hijo de Dios” se  nos pide creer que él estaba afirmando ser Dios. En lugar de ponerse del lado con los hostiles Fariseos en sus precipitadas críticas a las afirmaciones de Jesús, sería sabio considerar la propia respuesta de Jesús al cargo de blasfemia.

 

Es críticamente importante no perder de vista el uso del Antiguo Testamento del término “Hijo de Dios.” Sería fatal dejar extraer este título de su contexto bíblico y darle un significado no hallado en la Escritura. Jesús frecuentemente apeló al Antiguo Testamento para sostener su enseñanza. Esta técnica, en otra ocasión, como veremos, demuele los argumentos de los líderes religiosos Judíos, cuando ellos falsamente lo acusaron a él de usurpación de prerrogativas de Dios. Jesús protestó que ellos malinterpretaron sus propias sagradas escrituras.

 

       Examinemos primero ambos textos adelantados por Runia. De acuerdo a Marcos Jesús dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Algunos de los escribas dijeron para sí mismos: “Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (Mar. 2:5,7). La afirmación de Jesús de que es capaz de perdonar pecados parece colocarlo a la par con Dios. A modo de clarificación y para silenciar la crítica, la cual Jesús atribuyó a la intención maliciosa, les dijo a ellos: “Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados—dijo al paralítico—a ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa” (Mar. 2:10,11). La autoridad de perdonar pecados le había sido otorgada a Jesús como el representante de Dios. Esto no le hizo Dios, sino un ser humano investido de extraordinarios poderes como el agente legal de Dios. El punto no estaba perdido en las multitudes. Estas no creyeron que Jesús había afirmado ser Dios, sino que Dios le había dado una autoridad excepcional a un hombre. Mateo informa que “la gente al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que había dado tal potestad a los hombres” (Mat. 9:8).

 

     Nada en el relato sugiere que las multitudes entendieron que Jesús estaba afirmando ser Dios. No hay indicación de que el monoteísmo del Antiguo Testamento estaba de alguna forma perturbado. Verdaderamente, el tema del monoteísmo del Antiguo Testamento no estaba en cuestión. Los oponentes de Jesús se ofendieron ante su afirmación de ser el agente único autorizado de Dios. Lo de él es una igualdad funcional con Dios que no tiene nada que hacer con una afirmación de ser un miembro coigual y coeterno de la Deidad. Jesús fue cuidadoso en señalar que el Hijo no puede hacer nada por si mismo (Juan 5:19). En una ocasión posterior él invistió a sus Apóstoles con el derecho de perdonar pecados—-una responsabilidad que no les incluyó en la Deidad (Juan 20:23).

 

     Estamos muy animados por la declaración de un distinguido profesor de Teología Sistemática del Seminario Fuller y editor general de la prestigiosa New International Dictionary of the New Testament Theology. En una iluminadora discusión de temas relacionados con la Trinidad, él dice: “El kit del asunto es cómo entendemos el término ‘Hijo de Dios’…el título Hijo de Dios no es en sí mismo una designación de Deidad personal o una expresión de distinciones metafísicas dentro de la Deidad. Verdaderamente, ser un ‘Hijo de Dios’ uno tiene que ser un ser que no es Dios! Es una designación para una criatura indicando una relación especial con Dios. En particular, denota el representante de Dios, el vice-regente de Dios. Es una designación de dignidad real, identificando al rey como el Hijo de Dios.” Los teólogos que sencillamente afirman, sin prueba, que “Hijo de Dios” significa “Dios el Hijo” están, según las declaraciones de Brown, trabajando bajo “una incomprensión sistemática del término ‘Hijo de Dios’ en la Escritura.”

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El Dubitativo Tomás y su entusiasta Exclamación

Por Sir Anthony F. Buzzard (Unitario)

 

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Pero, ¿qué del dubitativo Tomás? Cuando este ex-escéptico exclamó al resucitado Jesús, “Mi Señor y mi Dios” (Juan 20:28), ¿tuvo él, en una simple  frase, y delante de sus compañeros (como admiten los Trinitarios) alguna idea de la Deidad de Jesús, y de fundar una teología que hiciera a Jesús parte de una Trinidad y por tanto “Dios verdadero de Dios verdadero,” junto a los lineamientos de las fórmulas de Nicea y Calcedonia?¿Declaró él que Jesús era parte de una Deidad de dos personas como otros afirman. A pesar de la clara aplicación de Tomás del término “Dios” a Jesús en Juan 20:28, el bien conocido teólogo Emil Brunner hace la siguiente observación significativa:

 

La historia de la teología y del dogma Cristiano nos enseña a  considerar el dogma de la Trinidad como el elemento distintivo en la idea Cristiana de Dios…Por otro lado debemos admitir honestamente que la doctrina de la Trinidad no formó parte de los Cristianos primitivos del Nuevo Testamento…nunca fue la intención de los testigos originales de Cristo en el Nuevo Testamento establecer ante nosotros el problema intelectual— aquel de tres personas divinas—y luego decirnos que adoremos en silencio este misterio de tres en uno. No hay huella de semejante idea en el Nuevo Testamento. Este “mysterium logicum,” el hecho de que Dios es tres y aún uno, se encuentra totalmente fuera del mensaje de la Biblia. Es un misterio que la iglesia coloca delante del fiel en su teología…pero que no tiene ninguna conexión con el mensaje de Jesús y los Apóstoles. Ningún Apóstol hubiera soñado en pensar que aquí hay tres personas divinas cuyas mutuas relaciones y unidad paradójica están más allá de nuestras comprensiones. El misterio de la Trinidad…es un seudo-misterio el cual apareció de una aberración en el pensamiento lógico de las  líneas escritas en la Biblia, y no de la doctrina bíblica misma.

 

     El significado de las palabras debe buscarse dentro del ambiente en donde fueron escritas. La Biblia no fue compuesta en el siglo 21, ni tampoco sus escritores supieron nada de los credos subsecuentes y de los concilios. El contexto es del todo importante para determinar la intención del autor. Dentro de las páginas del Evangelio de Juan Jesús nunca se refirió a sí mismo como Dios. El hecho es que el Nuevo Testamento aplica la palabra Dios—en su forma Griega ho theos—a Dios, el Padre solamente unas 1350 veces. Las palabras ho theos (i.e., el único Dios), usadas absolutamente, no son aplicadas con certeza en ninguna parte a Jesús. La palabra que Tomás usó para describir en Juan 20:28 fue en efecto theos. Pero Jesús mismo había reconocido que el Antiguo Testamento llama a los jueces “dioses,” cuando él se refirió en Juan 10:34 al Salmo 82:6: “¿No está escrito en vuestra ley: ‘Yo dije, dioses sois’”? Theos (aquí en el plural, theoi) aparece en la versión Septuaginta Griega del Antiguo Testamento como un título de los hombres que representan al único Dios verdadero.

 

     Jesús en ninguna ocasión se refirió a si mismo como Dios en el sentido absoluto. ¿Qué precedente tenía Tomás para llamar a Jesús “mi Dios”? Indiscutiblemente, los Cristianos primitivos usaron la palabra “dios” con un amplio significado de lo que es hoy habitual. “Dios” fue un título descriptivo aplicado a un rango de autoridades, incluyendo al emperador Romano. No estaba limitado a su sentido absoluto como un nombre personal para la Deidad suprema como solemos usar hoy. Fue de la Iglesia primitiva que las palabras bíblicas llegaron a nosotros, y es de ese ambiente Neo Testamentario que nosotros debemos descubrir sus significados.

 

      La idea de Martín Lutero de que “las Escrituras comenzaron muy despacio, y que nos condujeron a Cristo como hombre, luego a uno que es Señor sobre todas sus criaturas, y después de eso a uno que es Dios” encuentra poco apoyo en el Nuevo Testamento. Ella refleja la presión de tener que cuadrar la tradición recibida con el texto de la Biblia. La enseñanza registrada de Jesús está en contra de cualquier desviación del estricto monoteísmo unipersonal de la Torah. Afirmando el credo de Israel, Jesús había proclamado: “Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es” (Marcos 12:29). El expresó su lealtad a la más enfática declaración de creencias de Israel. Sus palabras fueron difícilmente calculadas para inducir a los discípulos “muy suavemente” a creer en otro que es Dios. Semejante concepto es muy contradictorio. La absoluta confirmación de Jesús del principal credo del Judaísmo, cuando es leída asintiendo sus palabras claras que retienen su significado prístino,  debería ya ser vista como una prueba de su aprobación del monoteísmo unitario del Antiguo Testamento.

 

     Tomás, quien no pudo creer que una resurrección había tenido lugar hasta que él tuvo una fuerte evidencia verificable, comprendió finalmente la exaltada posición que asumió Jesús como el resucitado Mesías. La anhelada grandeza nacional para Israel parecía ser una posibilidad real. La afirmación de Jesús de ser el prometido Mesías estaba ahora confirmada. Jesús finalmente se convirtió en el Señor de Tomás y en el “Dios” de la era venidera del Reino. Tomás estaba bien familiarizado con las predicciones del Antiguo Testamento acerca del Reino. La promesa a Israel era que “un niño nos es nacido, hijo no es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isa. 9:6).

 

     Esta fue una declaración clara e inequívoca acerca de un Mesías venidero. Pero este “Dios Fuerte” de Isaías 9:6 es definido por el destacado Léxico Hebreo del Antiguo Testamento como un “héroe divino que refleja la majestad divina.” 

 

     En cuanto a la expresión “Padre Eterno”, el título fue entendido que significaba para los Judíos “el padre de la Era (Mesiánica) Venidera.” La palabra Septuaginta (Griega) para “eterno” en este caso no necesita transmitir la idea  de “siempre y para siempre,” “por toda la eternidad” pasada y futura, como normalmente lo entendemos, sino que contiene el concepto “relacionado a la era (futura).” Verdaderamente Jesús, el Señor Mesías, será el padre de la Era Venidera del Reino de Dios en la tierra hasta que “todas las cosas le estén sujetas. Entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.” (1 Cor. 15:28). Es extensamente reconocido por la comunidad Judía que un líder político humano podía ser llamado padre. Isaías afirma de un líder en Israel: “y entregaré en sus manos tu potestad; y será padre al morador de Jerusalén, y a la casa de Judá” (Isaías 22:21).

 

     Tomás, al igual que Judas, vino a reconocer a uno que sería “Dios” de la Era Venidera, que reemplaza a Satanás, el “Dios” de la presente era (2 Cor. 4:4). Tomás no había arribado sorpresivamente a una  nueva creencia revolucionaria de que Jesús era “verdadero Dios de Dios verdadero”. No había nada en el Antiguo Testamento concerniente al Mesianismo de Jesús que predijera que un ser eterno inmortal vendría a ser una persona humana como el prometido Rey de Israel. Sin embargo el rey humano podía en raras ocasiones ser llamado como “Dios” como en Salmo 45:6, dónde a él también se le da el título “señor” (v.11). Ambos “Señor” y “Dios” son títulos Mesiánicos, y usados apropiadamente por Juan quien escribió su libro entero para convencernos de que Jesús era el Mesías (Juan 20:31).

 

     La realidad dio en el clavo para el escéptico Tomás cuando él reconoció que era a través del resucitado Jesús que Dios iba a restaurar las fortunas de Israel. Así Jesús vino a ser “Dios” para Tomás en una forma paralela al sentido en el que Moisés había disfrutado del estatus de “Dios” en la presencia del Faraón: ‘Mira, yo te he constituido Dios ante Faraón’ (Exodo 7:1). Estos títulos de gran honor otorgados sobre los instrumentos humanos de Dios no usurpaban el estricto monoteísmo del Antiguo Testamento. Tampoco deben implicar el derrumbe del primer principio de la Biblia: Dios es una persona, no dos o tres (Marcos 12:29). El ángel del Señor en el Antiguo Testamento pudo también ser llamado “Dios” como un representante del único Dios de Israel (Gén. 16:9,10,11,13). La autoridad de Yahweh fue transferida a él porque “el nombre de Dios estaba en él” (Exo. 23:20,21). En el mundo contemporáneo “Dios” no significa lo que significa para nosotros hoy. Una inscripción datada en el 62 AC llama al Rey Ptolomeo XIII “el señor rey dios.” Los judíos medievales se refirieron a David como “nuestro Señor David” y “y nuestro Señor Mesías,” basados en el Salmo 110:1 (cp. Lucas 2:11).

 

     Un teólogo Trinitario del siglo diecinueve tiene esto que decir de la forma cómo Tomás se dirige a Jesús: “Tomás usó la palabra ‘Dios’ en el sentido en que es aplicado a los reyes y jueces (quienes son considerados como representantes de la Deidad) y extraordinariamente al Mesías.”

 

     Pero ¿qué del posterior Apóstol Pablo? Hay evidencia bíblica de que este ex-Fariseo estricto abandonó su herencia Judía del Antiguo Testamento y que amplió su concepto de Dios para incluir a una segunda y tercera persona, construyendo así un fundamento para la doctrina de la Trinidad?

 

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JESÚS EL HOMBRE

 

Por Sir. Anthony F. Buzzard (Unitario)

 

     Los primeros seguidores de Jesús parecen poner un especial empeño para enfatizar la humanidad de Jesús. Esto es particularmente cierto de la carta a los Hebreos. “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo…por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote” (Heb. 2:14,17). Es justo preguntar: ¿Cómo pudo ser él tentado como lo somos nosotros, participar en carne y sangre, y hecho como sus hermanos en todas las cosas, a menos que él fuese tan completamente mortal y humano como nosotros? Un ser que es Dios encajonado en carne humana o uno que es totalmente Dios y hombre no es un ser humano.

 

     El escritor Católico Romano, Thonas Hart, enfrenta con franqueza el problema planteado por la posterior doctrina de la Trinidad cuando él observa que:

 

La fórmula de Calcedonia  [la decisión del concilio que declaró a Jesús ambos Dios y hombre] hace imposible la genuina humanidad. La definición conciliar dice que Jesús es verdadero hombre. Pero si hay dos naturalezas en él, es claro cuál dominará. Y Jesús vino a ser inmediatamente muy diferente de nosotros. El es omnisciente, omnipotente, omnipresente. El sabe el pasado, el presente y el futuro…él sabe exactamente lo que cada uno está pensando y va a hacer. Esto está lejos de ser una experiencia humana ordinaria. Jesús es tentado pero no puede pecar porque él es Dios. ¿Qué clase de tentación es ésta? Tiene poco en común con las clases de luchas con las cuales estamos familiarizados.

 

     Como sumo sacerdote, “ese profeta,” y el descendiente de Abraham y de David, Jesús no trascendió las fronteras de la humanidad, aun cuando él es exclusivamente el Hijo de Dios. Pablo contrasta a Jesús con el primer ser humano, Adán, para establecer la posición de Jesús como el Mesías. A los Corintios él escribió: “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre…también por un hombre la resurrección de los muertos…fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante…el primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo” (1 Cor. 15:21,45,47). Adán fue hecho del polvo de la tierra. Jesús se originó por el poder del espíritu activo de Dios en María y reaparecerá en su Segunda Venida como un ser dador de vida que vino a ser en su resurrección.

 

     No hay evidencia de que ninguno de sus Apóstoles era el innovador de una nueva idea de Jesús como Dios. Pablo sólo sabe de un Mesías que es un hombre, el Adán final. El hace una distinción categórica entre él (Jesús) y su Padre en su primera carta a Timoteo. En una clásica afirmación acerca del credo Cristiano, él dice: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5). Este es un buen resumen de la creencia Cristiana. Como si tratara de desbaratar cualquier posible confusión entre Dios y el hombre, él contrasta al único Dios con el Mesías hombre. No sólo esto, él hace de la creencia en el único Dios y del Mesías hombre la base del conocimiento de la verdad que conduce a la salvación (1 Tim. 2:4,5). La conexión de Pablo de la salvación, el conocimiento de la verdad, y la correcta comprensión de la identidad de Dios y de Jesús no debiera perderse.

 

     Después de la resurrección Pedro igualmente no conoce a otro Mesías aparte del “hombre Jesús.” El introduce al Salvador a sus compatriotas con estas palabras: “Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado por Dios…” (Hechos 2:22). Lucas cita la declaración de Pablo a los Griegos que: “Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón” (Hechos 17:31). Ambos Pedro y Pablo describieron a una persona resucitada, el Mesías que estaba destinado a regresar para juzgar y gobernar. Jesús todavía estaba definido como un hombre. Es parte de la infinita sabiduría de Dios de que él confíe todo juicio a un hombre que ha experimentado una vida en común con la humanidad.

 

     El Nuevo Testamento está lleno de claras declaraciones acerca de un Jesús humano que tuvo que ser probado en todos los puntos exactamente como lo somos nosotros (Heb. 4.15). Alguien que era plenamente Dios y plenamente humano no puede ser totalmente humano. Esta es la raíz del problema Trinitario. Es una absoluta imposibilidad, en términos bíblicos, confundir al único Dios con un ser humano. Sin embargo, Dios puede dar mucho de Su espíritu al frágil humano, y sin embargo el exaltado Jesús resucitado ha venido a ser hombre, desde el punto de vista bíblico, es polvo animado por espíritu, y no cuerpo y alma separable, que es una idea Griega. “Ser humano” por definición denota mortalidad, sujeción a la debilidad y a la muerte. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez…” (Heb. 9:27). Jesús sufrió el destino final de toda la humanidad—no que él necesitara morir, ya que no cometió pecado. Sin embargo, cargando la pena de los pecados de la humanidad, él murió. Dios no puede morir. Debemos enfatizar el punto: Un Salvador que es Dios no puede morir, y por consiguiente no murió por nuestros pecados. El hecho que Jesús murió por nuestros pecados es prueba en si misma de que él no era Dios. Es un obvio sofisma sostener que el Dios inmortal murió! Aquellos que argumentan que sólo el cuerpo de Jesús murió todavía caen en la trampa al decir que Jesús mismo no murió. Todos esos semejantes argumentos basados en el dualismo son de todos modos completamente anti-bíblicos. El mayor punto para la coherencia de toda la fe es que Jesús mismo murió.

 

     La entera vida de Jesús fue vivida bajo las limitaciones de un ser humano. El se airó y cansó (Marcos 3:5; Juan 4:6), aunque nunca pecó. El tuvo que aprender la obediencia por lo que sufrió (Heb. 5:8). El no pudo refugiarse dentro de una cápsula mental divina para escapar a los rigores y batallas de la vida diaria. Por su propia admisión, él no poseyó todo el conocimiento: él no supo el día de su regreso (Marcos 13:32). Como un niño, él necesitó crecer en sabiduría (Lucas 2:52). El tuvo que preguntarles a sus discípulos en una ocasión: “¿Quién me ha tocado?” (Marcos 5:30). El lloró (Juan 11:35) y supo lo que era desaliento. El evidentemente no poseyó las cualidades de omnisciencia (Marcos 13:32), omnipresencia (Juan 11:32) e inmortalidad, las cuales son las características indispensables de la Deidad. 

 

     Los Judíos y Cristianos del primer siglo estaban buscando un Mesías humano para que gobernara un nuevo orden en la tierra desde la tierra prometida. La decisión de los teólogos del cuarto y quinto siglos de que esta singular persona llamada Jesús era “verdadero Dios de verdadero Dios” hubiera sido chocante para la comunidad Cristiana del primer siglo la cual tenía una clara idea acerca del linaje del Mesías: “Porque manifiesto es que nuestro Señor vino de la tribu de Judá” (Heb. 7:14). Mateo registra las expectativas de la nación Judía y la amenaza que éstas representaban para la gobernación Gentil (Mat.2:2-6). El gobernante Gentil, Herodes, estaba profundamente preocupado por la búsqueda de los magos del oriente de aquel que nacería como el Rey de los Judíos. Cualquier nueva dinastía retaría su autoridad. Herodes pidió informes a los jefes sacerdotes y escribas sobre dónde vendría a nacer este Mesías. Mateo registra su respuesta: “En Belén de Judea…y tú, Belén, de la tierra de Judá; porque de ti saldrá un Guiador [Gobernante]” (Mat. 2:5,6). Todo esto era de conocimiento común. Una traducción parcial en la Versión del Rey Jaime acerca  de los “orígenes eternos” del Mesías en Miqueas 5:2 (citado en Mat. 2:6) no nos debe despistar. La promesa sobre el Mesías puede ser trazada hacia “el pasado distante.” Era de la tribu de Judá que el Mesías surgiría para heredar el trono de su padre David. Los Judíos estuvieron buscando por un libertador humano, dotado sobrenaturalmente con sabiduría y poder divinos (Isa.11:1-5), pero ciertamente no porque Dios se hizo hombre. De esta idea posterior el Antiguo Testamento no tiene nada que decir.

                                                       

     La resurrección de una persona socava la maravilla que Dios ha hecho en y a través de un ser humano y para toda la raza humana. El hecho que Dios ha tratado tan maravillosamente con los seres humanos, por medio de proveer un ser humano para abrir el camino a la salvación, pone la inmortalidad dentro del alcance de cada persona. Los Cristianos hoy confían en la falsa esperanza de una vaga recompensa en el cielo después de la muerte. La esperanza apostólica descansó en el hecho que su prometido libertador, un mortal, ha conquistado la muerte por medio de ser devuelto de la tumba. Más aún, él prometió volver a la tierra para recompensar a los fieles con posiciones en su reino Mesiánico 24 y para reestablecer la grandeza de Israel. La pregunta ardiente que los discípulos le plantearon a Jesús antes de que fuera tomado a la diestra del Padre no pudo haber sido más apropiada: “¿Restaurarás el reino a Israel en este tiempo”? (Hechos 1:6). Su respuesta fue que no era para ellos saber cuándo este estupendo evento tomaría lugar. Esto estaba destinado a ocurrir, como todos los profetas lo previeron, y fue confirmado por Jesús. El factor tiempo permanece incierto.

 

     El héroe conocido por estos Cristianos primitivos no era Dios-hombre. El fue el más distinguido Hijo de Israel, el renuevo de la familia de David, el más distinguido de los hijos de Judá, aunque vino a ser el exclusivo Hijo de Dios desde su concepción. El había enseñado en medio de ellos, murió y resucitó nuevamente. Su carrera inspiró en ellos la misma esperanza de resurrección. Un drástico nuevo retrato del Salvador emergería en los tiempos post-bíblicos. El “Jesús” posterior de los concilios abrazado por los creyentes de los siglos cuarto y quinto fue una curiosa distorsión del real Jesús humano de los evangelios. A pesar de las protestas por lo contrario, el Jesús del nuevo credo oficial solamente parecía ser un hombre. Su “ego” real, se afirmaba, fue la Persona Eterna de la Deidad Triuna. El Jesús de los concilios parece haberse tragado al real, e histórico Mesías humano de los registros Cristianos.26

 

     El humilde carpintero de Nazaret sería una mejor guía hacia la verdad que las decisiones de los concilios supervisados por un emperador Romano que estaba poco preparado para decidir sobre un asunto que estaba lejos de su alcance acerca de la identidad de Jesús. El puso poca atención al hecho que Jesús no hizo nada por usurpar la autoridad del único Dios de Israel y concordó con sus paisanos Judíos que Dios era una sola persona únicamente (Juan 5:44; 17:3; Marcos 12:29).

 

     Una vez que la verdadera mortalidad y humanidad fueron quitadas del Mesías, la realidad histórica cayó bajo sospecha. El concepto Oriental de la reencarnación hizo su primera incursión bajo la forma de la encarnación. La especulación y mitología Griegas ingresó a la fe por la puerta falsa con devastadoras consecuencias. El comentario de Canon Goudge recalca: “Cuando la mente Griega y Romana vinieron a dominar a la Iglesia en lugar de la mente Hebrea ocurrió un desastre en la doctrina y práctica del cual nunca nos hemos recuperado.”

 

     Esta observación amerita una investigación adicional. ¿Debe finalmente ser trazada la pérdida de la doctrina bíblica de Dios por la infiltración de la filosofía Griega foránea?

 

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El Mesías Humano (no Dios) del Libro de Hebreos

 

 

     Un especial énfasis es puesto en la humanidad de Jesús en el libro de Hebreos. Claramente Jesús es parte de la raza humana:

 

Heb. 2:17: “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos” (Sus hermanos fueron todos seres humanos.) 

 

Heb. 7:14: “Porque manifiesto es que nuestro Señor vino de la tribu de Judá.” (Como el Hijo de David él fue parte de la raza humana.)

 

Heb. 5:8: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia”   (El sufrió como cualquiera otra persona humana. Dios no aprende la obediencia.)

 

Heb. 2:18: “Pues en cuanto a él mismo padeció siendo tentado.” (“Dios no puede ser tentado,” Santiago 1:13.)

 

Heb.5:7: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte.” (Si él  hubiera sido Dios, él debería haber estado capacitado para salvarse a si mismo.

 

Heb. 4:4. Dios, no Jesús, reposó en la creación; i.e., Dios fue el Creador.

 

Heb. 2:2. Jesús se une a los Cristianos en la adoración de Dios.

 

     Dunn reconoce que el libro de Hebreos ha sido frecuentemente creído que sostiene la preexistencia de Cristo: “La contribución especial de Hebreos es que parece ser el primero de los escritos del Nuevo Testamento que ha aceptado el pensamiento específico de un Hijo divino preexistente.” Pero note su conclusión:

 

Sería ciertamente ir más allá de nuestra evidencia concluir que el autor ha llegado a la comprensión del Hijo de Dios como habiendo tenido una real preexistencia personal. En pocas palabras, un concepto de un Hijo preexistente, sí; pero la preexistencia tal vez más de una idea y propósito en la mente de Dios que la de un ser divino personal.16

 

 

     Cuando el libro de Hebreos habla de Jesús (Heb. 2:6-8) se remite al clásico pasaje de Salmos que tiene que ver con el destino del hombre: “Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el Hijo del hombre, para que lo visites’ Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra” (Sal. 8:4-6).

 

     ¿Puede ser este pasaje que habla originalmente de la humanidad ser aplicado a Jesús si de hecho él fue Dios? ¿Cómo pudo ser él “menor que Dios (o que los ángeles), y al mismo tiempo, aun como un hombre, ser plenamente Dios?

 

     El libro de Hebreos ha sido usado para apoyar una pasada existencia eterna para el Mesías. Tales pruebas dependen mucho de las deducciones obtenidas de  versos sencillos. Por ejemplo, “Dios…estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Heb. 1:2).  Algunos han supuesto que este verso es evidencia de que Jesús creó el mundo. El verso se traduce más correctamente a través de [no por] quien asimismo hizo el universo”. No hay nada aquí que implique que Jesús creó el cielo y la tierra. Lo que se dice es que el único Dios quien sobre su propio testimonio, como hemos visto, estaba solo en el acto de la creación (Isa. 44:24), estableció los siglos de la historia humana con Jesús en el centro de Su propósito, mucho antes de que hablara sólo a través del Hijo “en estos últimos días”. No es difícil concebir que la vida, muerte, y la gobernación del mundo del Mesías impactará todas las edades, pasada, presente, y futura. La misma figura es hallada en Colosenses 1:15-18. En Hebreos es sumamente significativo que Dios no habló a través de un Hijo en los tiempos del Antiguo Testamento sino sólo “al final de aquellos días” (Heb. 1:2). Hay una fuerte sugerencia aquí que el Hijo no es eterno sino que vino a la existencia como el histórico Jesús.

 

     Lo que emerge de los primeros dos versículos del libro de Hebreos es que Jesús no era el agente de Dios para Israel en los tiempos del Antiguo Testamento. Dios habló a través de otras personas y no por medio de Jesús en el pasado. Los ángeles fueron frecuentemente los agentes de Dios. Esto no significa que el “ángel del Señor”,” que representó al Dios de Israel, era el Hijo de Dios preexistente, como a veces se ha afirmado. Muy específicamente, nuestro autor argumenta, que Dios no se dirigió a ningún ángel como “Hijo” (Heb. 1:5). Este privilegio le fue reservado al único Hijo de Dios, Jesús. Este hecho debería sepultar cualquier teoría de que Jesús preexistió como un ángel. La noción de que él pudo haber sido Miguel, el arcángel, está positivamente excluida por el primer capítulo de Hebreos. El ministerio del Hijo de Dios es por lejos superior de aquel de los ángeles, aunque ellos han sido instrumentos en la dación de la ley en el Sinaí (Gál. 3:19).

 

     El escritor de Hebreos llama a nuestra atención a un periodo de tiempo diferente cuando dice: “Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando” (Heb. 2:5). El tenía en mente no eventos pasados sino una nueva era que estaba viniendo. La preeminencia del Mesías como cabeza de esta nueva creación del futuro es una enseñanza dominante del Nuevo Testamento. El autor de Hebreos subraya el hecho de que Jesús recibió una herencia superior a aquella de los ángeles. La suya fue una herencia legítima de un hijo primogénito: “Porque, ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy?” (Heb. 1:5). Jesús no pudo haber sido Dios. El fue un ser creado por el Padre. El engendramiento  implica principio, y Dios no tiene principio. Jesús fue el primogénito de la nueva creación de Dios. Su origen fue único, que envolvía una concepción milagrosa (Lucas 1:35), pero él no fue ni Dios ni literalmente preexistente. Tampoco fue él el Melquisedec de Génesis 14:18-20. Melquisedec no fue el Hijo de Dios pero sí semejante a él, como dice Hebreos 7:3. Melquisedec de hecho tuvo una genealogía, aunque no está registrada en la Escritura. El misterioso sacerdote, de cuyo linaje no hay un registro Escriturario, no fue el Dios supremo! (Dios de todos modos “no es un hombre” en la Biblia Hebrea). Las traducciones están en lo cierto cuando señalan a Melquisedec como “este hombre” (Heb. 7:14). El es también la persona “cuya genealogía no está trazada de los Levitas” (Heb. 7:6), pero el punto es que es trazable a alguno “cuya genealogía” (v.6) supone que él tuvo una, como todos la tienen. Lo cierto es que toda esta clase de argumentación basada en la ausencia de un registro ancestral de un sacerdote-rey está muy lejana de nosotros en este siglo veintiuno. Esta es la mayor razón por la que la Biblia debe ser estudiada a la luz de su propio contexto y con frecuencia con la ayuda de aquellos cuyo  asunto es estar informados acerca de su antecedente. La mentalidad de aquellos que dicen, “yo sólo estudio la Biblia, no los comentarios” podría resultar ser un pasaporte al desastre y a la ignorancia.

       

     Lo que el escritor a los Hebreos y Pablo trataron de clarificar fue la preeminencia de Jesús como “el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga preeminencia” (Col. 1:18). El hijo primogénito por la ley Judía recibía la más grande herencia. El libro de Hebreos describe la posición elevada del Hijo: “Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios (Heb. 1:6). Los escritores del Nuevo Testamento hallaron necesario subrayar la magnitud del oficio de Jesús como Mesías. ¿Por qué el autor no afirmó claramente que Jesús era el Dios Único? Esto hubiera establecido su superioridad sobre los ángeles, Moisés y Josué más allá de cualquier duda. Ya que el autor supo junto con Pedro y los Apóstoles que Jesús era el Mesías (Mat. 16:16), él tuvo que demostrar por la Escritura su superioridad sobre todas las otras autoridades creadas. Note también que fue Dios, no Jesús Mesías, quien descansó en la creación (Heb. 4:4). Esto tiene poco sentido si es que el Hijo había llevado a cabo el trabajo de la creación del Génesis—un hecho que él negó en Marcos 10:6. A la luz de Isaías 44:24, Jesús difícilmente pudo haber pensado de sí mismo como presente con Dios en Génesis 1.

 

     Indiscutiblemente la humanidad de Jesús como Sumo Sacerdote fue otro punto especial a ser enfatizado en el libro de Hebreos. Se ha suscitado una confusión, no obstante, sobre el verso ocho del primer capítulo: “Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo.” Brown presenta las siguientes observaciones:

 

Vincent Taylor admite que en el v.8 la expresión “Oh Dios” es un enunciado vocativo de Jesús, pero él dice que el autor de Hebreos estaba meramente citando el Salmo y usando su terminología sin ninguna deliberada intención de querer sugerir que Jesús es Dios. Es verdad que el punto principal al citar el Salmo fue contrastar el Hijo con los ángeles y mostrar que el Hijo goza de dominación eterna, mientras que los ángeles eran sólo siervos. Por lo tanto en la cita no se estaba elaborando ninguna idea importante del hecho de que el Hijo de Dios puede ser llamado como Dios. Sin embargo no podemos presumir que el autor no advirtió que esta cita tenía este efecto. Podemos decir al menos, que el autor no vio nada de malo en esta forma de tratamiento, y podemos invocar una similar situación en Hebreos 1:10, donde la aplicación al Hijo del Salmo 102:25-27 tiene el efecto de llamar a Jesús como Señor. Por supuesto, no tenemos forma de saber qué significó el “Oh, Dios” para el autor de Hebreos cuando él lo aplica a Jesús. El Salmo 45 es un Salmo real; y en la analogía del “Dios Poderoso” de Isaías 9:6, “Dios puede haber sido visto simplemente como un título real y por lo tanto aplicable a Jesús como el Mesías Davídico.

 

     Raymond Brown detecta correctamente la fuerte atmósfera Mesiánica de Hebreos 1. “El Dios Poderoso” de Isaías 9:6 significa ciertamente, como es definido por el Léxico Hebreo, “un héroe divino que refleja la majestad divina.” Es precisamente ese mismo sentido Mesiánico del término “Dios” que permite al salmista llamar al Rey como “Dios”, sin invitarnos a pensar que hay ahora dos miembros en la Deidad. La cita de Salmo 45:6 en Hebreos 1:8 trae ese mismo uso Mesiánico de la palabra Dios dentro del Nuevo Testamento. No debemos mal entender ese mismísimo uso Judío de los títulos. Es un serio error que el Mesías haya ahora subido dentro del espacio reservado para el único Dios, el Padre. Por más exaltada que sea la posición de Jesús y a pesar de su función de representante de Dios, el estricto monoteísmo unipersonal de la fe de Israel no es nunca comprometido por ningún escritor del Nuevo Testamento.

 

     El escritor a los Hebreos se une al resto de los escritores del Nuevo Testamento en la proclamación de Jesús como el Mesías real de Dios. La promesa del Reino venidero del Mesías hombre es, por supuesto, hallada frecuentemente en la Escritura. Pablo le dijo al mundo Gentil en los términos más claros que Dios “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.”

 

     El hombre Jesús vivió y murió en esta tierra y por su obediencia calificó para ser el primer gobernante mundial justo. A través de su resurrección y el poder ahora conferido sobre él por su Padre, él volverá en el tiempo señalado para sentarse en el trono de su padre David, gobernando y juzgando a la tierra. Él permanece, sin embargo, incluso en su estado resucitado como “el hombre, Mesías Jesús” (1 Tim. 2:5), un testimonio a la cosa maravillosa que Dios ha hecho a través del hombre y para el hombre. Uno cometería una grave injusticia contra el escritor de Hebreos al insistir que él estaba tratando de presentar a un Dios-hombre preexistente en el primer capítulo de su epístola.

 

     La frecuente idea repetida de que a menos que Jesús sea Dios no tenemos Salvador, no tiene respaldo bíblico. Al contrario, la Biblia atestigua el plan sorprendente que Dios está ejecutando a través de un ser humano escogido. Debemos comprender que la fuente de toda esperanza Cristiana se encuentra en este hombre, Jesús, a quien Dios resucitó de la muerte. Si Jesús no fuera un miembro de la familia humana, como somos nosotros, entonces no tenemos la seguridad de que los seres humanos pueden ser resucitados a la vida eterna. La resurrección de Jesús probó a la Iglesia que el Mesías hombre era verdaderamente digno de los títulos exaltados atribuidos al Mesías en el Antiguo Testamento. Su resurrección fue la esperanza que motivó a la Iglesia primitiva. Si eso le pasó a un solo hombre entonces les podría suceder a ellos. 

 

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La Comprensión de Lucas del Origen de Jesús

 

 

Por Sir. Anthony F. Buzzard (Unitario)

 

     Lucas, el médico, fue un historiador cuidadoso y un observador perspicaz. El fue un ardiente discípulo y evangelista del Cristianismo apostólico. Como explicó él en la introducción a su primer volumen, él deliberadamente tuvo la intención de investigar y documentar la fe Cristiana como la conoció, por medio de consultar a testigos de primera mano que conocieron a Jesús (Lucas 1:1-4). En su segundo volumen, el libro de los Hechos, Lucas da a entender que él ha dedicado mucho tiempo en la compañía de Pablo mientras viajaban juntos. Sería bastante extraordinario si Pablo y Lucas estuvieran divididos sobre el asunto del origen de Jesús. En su relato del milagro del nacimiento de Jesús, él no hace mención del todo de Jesús como habiendo existido previamente. Su registro describe la concepción milagrosa de una persona humana que vino a existir en el vientre de su madre. Lucas escribió dos volúmenes completos de la Biblia (contribuyendo más en la escritura del Nuevo Testamento que cualquier otro escritor) sin siquiera hacer alusión de una creencia en un segundo miembro preexistente de la Trinidad. Cuando el ángel Gabriel anunció la llegada del largamente prometido Mesías a María, él le informó a ella que “concebirás un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande…y el Señor le dará el trono de David su padre” (Lucas 1:31,32). Gabriel habló de una futura grandeza que sería conseguida a través de un nombramiento divino al trono del célebre ancestro de Jesús. No había indicación proveniente del ángel que María llevaría en su cuerpo a uno que había preexistido como Dios o como un ángel superior. Las buenas noticias era que ella concebiría y llevaría un hijo, quien sería de este modo el Hijo de Dios así como hijo de David. La fe de Lucas, y de la comunidad Cristiana para quienes él escribió, difícilmente podría ser definida más claramente.

 

     Lucas registra el hecho de que el hijo de María sería concebido en una manera milagrosa, por una especial intervención divina: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.” (Lucas 1:35). No hay palabra  de una “eterna filiación”aquí; simplemente la promesa de que su descendiente sería llamado Hijo de Dios debido al milagro que Dios llevaría a cabo en ella—un milagro que implicaría directamente al único Dios en el nacimiento de un singular ser humano, el Mesías prometido de Israel.

 

       Se nos presenta en estos versos, por la autoridad del emisario de Dios, con una clara declaración acerca del origen de Jesús como Hijo de Dios. La milagrosa concepción en María, de acuerdo a Lucas fue la causa inmediata de la divina Filiación de Jesús. Es “por esta razón” (Lucas 1.35)—La concepción por María a través del poder del Espíritu Santo Dios—que Jesús sería llamado el Hijo de Dios. Un comentarista francés sobre este pasaje traduce muy bien el Griego, dio kai, como “c’est précisément pourquoi” (“es por eso precisamente,” “por esa razón realmente”) que él será llamado el Hijo de Dios.8

 

     No es difícil ver que la opinión de Lucas sobre la Filiación de Jesús está en desacuerdo con la idea tradicional de que uno, que ya existía como Dios e Hijo de Dios, había entrado en el vientre de María. Si esto fuera así, la concepción de Jesús no sería la causa de la Filiación divina de Jesús. El ya hubiera sido el Hijo de Dios. Alfred Plummer hace una honesta evaluación del relato de Lucas sobre el comienzo de Jesús: “El título ‘Hijo del Dios Altísimo’ (1:32) expresa alguna relación cercana entre Jesús y Jehová pero no la Filiación divina de la Trinidad.”9 El autor llama nuestra atención al hecho de que los Cristianos son también llamados “hijos del Altísimo” (Lucas 6:35), pero esto no los hace a ellos seres eternamente preexistentes. Es sólo bajo la influencia del pensamiento doctrinario Trinitario y una distorsión del uso Hebreo del título “Hijo de Dios” que muchos leen dentro del relato de Lucas  un “Dios el Hijo” desconocido para Lucas.

 

     Otro reconocimiento sincero de que Lucas no pensó de Jesús como alguien  preexistiendo a su nacimiento viene de un destacado erudito Católico Romano, Raymond Brown. El enfatiza el hecho de que Mateo y Lucas “no mostraron conocimiento de la preexistencia; al parecer para ellos la concepción lo hizo (engendramiento) Hijo de Dios”.10 Brown señala que el concepto tradicional de la preexistencia significa que la concepción de Jesús fue el rompimiento de una existencia como Dios y el comienzo de una carrera terrestre, pero no el engendramiento del Hijo de Dios. Sin embargo, para Lucas, Jesús comienza a existir en el vientre de María—“la concepción está  relacionada de un modo causal a su Filiación divina.”11 Jesús fue engendrado como Hijo de Dios en su concepción. Lucas no pensó que Jesús había tenido una vida pre-humana. Por tanto, Lucas no pudo haber sido un creyente en la Divinidad Triuna.12

 

     Con referencia a la frase “por tanto” en Lucas 1.35, Brown dice que ella “envuelve una cierta causalidad.”13 La Filiación de Jesús proviene de la milagrosa concepción. Esto, dice él, es una vergüenza para muchos teólogos ortodoxos porque en la teología encarnativa tradicional una concepción por el espíritu santo no provoca la existencia del Hijo de Dios.”14 Brown luego hace referencia a teólogos que “tratan de evadir la conexión causal ‘por tanto…’ en Lucas 1.35 por medio de argumentar que la concepción de un niño no trae a la  existencia al Hijo de Dios.”15 Brown se halla a si mismo incapacitado de concordar con ellos. Lo que Brown ha mostrado es simplemente una renuencia del promedio de estudiantes de la Biblia a admitir que la Escritura, en este asunto crítico del origen y naturaleza de Jesús, no concuerda con lo que él o ella a aceptado como verdad sin un cuidadoso examen.

 

     Si las conclusiones de los Concilios de Nicea, y más tarde, las de Calcedonia fueron complejas y confusas, el relato de Lucas es exactamente lo contrario. De acuerdo a él, Jesús fue una persona humana cuya existencia y personalidad derivaba de su madre, María, siendo ella misma una descendiente de David. Si él no fue una persona humana completa, ¿cómo pudo ser él el prometido Mesías, la simiente (descendiente) de Abraham y de David? ¿Cómo pudo una persona, que ha existido desde la eternidad, ser un descendiente de David en cualquier sentido significativo? Las ideas Trinitarias sobre Jesús parecen eliminar su ascendencia de David, y así su afirmación de ser el Mesías.

 

     Hubiera tenido sentido para Lucas el concepto de una segunda persona en la Deidad, un ser divino preexistente convertido en un feto indefenso en el vientre de su madre, María, mientras que retenía todo el tiempo su condición de Dios? Si alguna revelación especial suministrada por Dios le fue otorgada a alguno, Pablo, Pedro o María, con quienes Lucas debió haber verificado a fondo antes de componer su historia de los fundamentos de la fe original, ¿no habría él hecho alguna ligera mención de este trascendental evento? Debemos recordar que la enseñanza Trinitaria mantiene oficialmente que Jesús poseyó una “naturaleza humana impersonal” (la doctrina conocida técnicamente como “anhypostasia”), pero que él no era una persona humana. Esta negación proviene lógicamente de la premisa equivocada de que Jesús es Dios, un miembro eterno de la Deidad Triuna. El argumento es éste: Si el ego de Jesús, el único centro de su personalidad, es Dios, debe resultar que el elemento humano en él no puede ser otro ego o yo. Así debe decirse que su humanidad es realmente una “naturaleza humana impersonal”. Decir que Jesús tuvo un segundo ego humano lo hubiera hecho a él dos personas.

 

     Toda esta extraordinaria complejidad es desconocida para cualquier escritor de la Escritura. Es significativo que Gabriel, Lucas y Mateo que trataban con el origen de Jesús, no tomaron nota del todo de una supuesta eterna preexistencia del Hijo de Dios que vino a ser hombre, y están inadvertidos de alguna de las complejidades acerca de la humanidad del Salvador. Juzgados por los estándares religiosos de hoy y por las opiniones de muchos teólogos, Gabriel, Lucas, y Mateo fueron de lo más heterodoxos y pudieron incluso ser acusados de no ser Cristianos.

 

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La Importante Confesión de Fe de Pedro sobre la Persona de Jesús

 

 

Por Sir. Anthony F. Buzzard (Unitario)

 

     A Pedro le fue dada una magnífica oportunidad de expresarse en el asunto de la identidad de Jesús cuando específicamente Jesús le preguntó: “¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Jesús aplaudió la idea inspirada de Pedro, al responderle: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne y sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mat.16:15-17). La definición de Pedro de la identidad de Jesús es simple y clara. Es una definición repetidamente subrayada a través el Nuevo Testamento. Es también la refrescante declaración no complicada de un discípulo de Jesús inadvertido de alguna de las complejidades del Trinitarianismo. Desafortunadamente, esta confesión central Cristiana ha sido seriamente mal entendida. Con una completa indiferencia hacia el significado bíblico del término “Hijo de Dios”, se ha afirmado que Pedro quiso decir que Jesús era “verdadero Dios”.

 

     Debe ser admitido que la añadidura del término “Hijo del Dios viviente” al título de “Mesías” (Mat. 16:16) de ningún manera altera el hecho de que Jesús era una persona humana completa. Los pasajes paralelos en Lucas y Marcos (Lucas 9:20; Marcos 8:29) registran el reconocimiento que hace Pedro de Jesús como el “Cristo de Dios” y simplemente “el Cristo,” respectivamente. Estos escritores no sintieron la necesidad de ampliar el título aún más. Esto prueba que la frase añadida de Mateo “Hijo del Dios viviente” no afecta dramáticamente la identidad de Jesús. “Hijo de Dios” es virtualmente un sinónimo para Mesías basado en el Salmo 2:2,6,7: Mesías (el ungido)= Rey = Hijo de Dios. Ambos títulos—-Mesías e Hijo de Dios—señalan al esperado hijo de David, Rey de Israel. Hijo de Dios es equivalente en el Nuevo Testamento de Rey de Israel (Juan 1:49). Salomón fue también “Hijo de Dios” (2 Sam. 7:14), como lo fue colectivamente toda la nación de Israel (Exo. 4:22). Muy significativo también es Oseas 1:10, donde Israel en su futura restauración será merecedora del mismo título dado por Pedro a Jesús, “hijos del Dios viviente.”

 

     Como una nación los Judíos estaban ansiosamente esperando al prometido Mesías. El factor en el Mesianismo de Jesús que causó ofensa fue la insistencia de Jesús de que él debía sufrir la muerte en lugar de deshacerse del yugo Romano. Sería sólo a través de la resurrección y su eventual retorno a la tierra en la Segunda Venida que el Reino prometido de gloria sería establecido. Es verdad que Pedro fue lento en captar que el Mesías debía primero sufrir la muerte. Sin embargo, él fue alabado calurosamente por Jesús porque había comprendido que su maestro era verdaderamente el Hijo de Dios Mesiánico. Pedro había sido privilegiado de escuchar el mensaje que Jesús dio a Israel. El había presenciado sus milagros de sanidad; él había estado presente cuando Jesús había confundido a los líderes religiosos por su superior sabiduría; él había visto la autoridad ejercida sobre los demonios, y los muertos resucitados. El pudo consultar el Antiguo Testamento y observar cómo Jesús había exactamente cumplido las muchas profecías concernientes al predicho Salvador de la nación. Lo que Dios le reveló a Pedro estaba basado en evidencia sólida verificable. Y la confesión de que Jesús es el Mesías vendría a ser el fundamento de la fe de la Iglesia para todos los tiempos (Mat. 16:16,18).

 

     Sin el beneficio de un previo adoctrinamiento de que Jesús era un ser eternamente preexistente y por tanto Dios, un lector del Nuevo Testamento deduciría que el esperado Mesías era una persona humana real, un descendiente de Abraham y de David, engendrado sobrenaturalmente (Mat. 1.20). Como nosotros, él vino al mundo como un infante indefenso; creció en conocimiento y sabiduría; experimentó todas las debilidades comunes de la humanidad—hambre, sed y fatiga; tuvo las emociones profundas de cualquier persona expresadas en ira, compasión, y temor a la muerte; tuvo su propia voluntad y oró para que pudiera escapar de la muerte cruel que sabía enfrentaría. El murió la muerte de un hombre mortal, y antes de su muerte, como un hijo amante y compasivo, proveyó para la continua seguridad de su madre. Después de su muerte, los seguidores de Jesús reaccionaron inicialmente como si él fuera un hombre que había fallado en su tarea de causar la restauración de Israel, tal como otros así llamados Mesías anteriores a él  habían fallado también (Lucas 24:21). Si no estuvieran nuestras mentes nubladas por siglos de adoctrinamiento y por un desafortunado mal entendimiento acerca del significado del título “Hijo de Dios” en el ambiente Judío de ese tiempo, tendríamos poca dificultad de comprender, como Pedro,  que Jesús era el Mesías, no Dios.

 

    ¿Es de suponerse que Israel fue tomado por sorpresa por el arribo de Dios mismo?¿Qué debía ser el Mesías de acuerdo a las expectativas de los profetas de Israel? Un hombre, Dios-hombre, un ángel de un orden máximo? ¿Qué estaban Pedro y el resto de Israel buscando? La historia muestra que un número de hombres se habían hecho pasar por el Salvador de Israel y ganaron seguidores entre la comunidad Judía. La nación esperó correctamente que el libertador viniera de la línea real de David. Ellos previeron un hombre que ascendería al restaurado trono de David, revestido con poder para extender su reinado para abarcar a todas las naciones. Esto fue lo que todos los profetas habían previsto. Así la última pregunta que los discípulos le hicieron a Jesús antes de su partida final fue:”Señor, restaurarás el reino a Israel en este tiempo”? (Hechos 1:6). Ellos tenían toda la razón para creer que Jesús, como Mesías, causaría ahora la prometida restauración. La respuesta de Jesús fue meramente: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hechos 1:7). Jesús no cuestionó el hecho de que el reino sería algún día restaurado a Israel. El tiempo del gran evento no sería revelado. Que el Mesías restauraría el Reino fue la común creencia de Jesús y sus discípulos. Era, después de todo, lo que todos los profetas habían constantemente predicho.

 

     Los discípulos esperaron que el Mesías naciera de la simiente de David. Como le habría parecido a cualquier Judío monoteísta, el término Hijo de Dios llevaba el significado de realeza que había adquirido en el Antiguo Testamento. Este designaba un ser humano, un rey especialmente relacionado con Dios e investido con Su espíritu. Que éste implicara la Deidad de Jesús en un sentido Trinitario hubiera sido la información más asombrosa y revolucionaria que jamás invadiría la mente de Pedro o de cualquier otro religioso Judío. En ningún lugar de entre las palabras registradas de los Apóstoles primitivos, con la posible excepción de Tomás, hay siquiera la más ligera indicación de que ellos estaban teniendo trato con un Dios-hombre. ¿Supo Judas que él estaba traicionando a su creador y Dios? Y en las ocasiones cuando los apóstoles desertaron de Jesús, ¿estuvieron ellos enterados de que estaban abandonando a Dios?¿Creyeron ellos que Dios les estaba lavando los pies en la Última Cena? Cuando Pedro sacó su espada para cortar la oreja del soldado, ¿pensó él que el Dios que lo había creado estaba de algún modo incapacitado de protegerse a sí mismo? En el Monte de la Transfiguración, después de que los discípulos vieron una visión de Jesús en un futuro estado glorificado junto con Moisés y Elías, ellos quisieron construir tres tabernáculos, uno para cada uno de estos tres hombres (Mat. 17:4). ¿Por qué no hubo una distinción hecha entre estos tres, si uno de ellos era Dios?

 

     El Mesías humano había aparecido en Galilea como portador del mensaje del Reino del único Dios (Luc. 4:43; Mar. 1:14,15,etc). El Evangelio del Reino contenía una expectativa  tan realista y vívida de gloria futura que surgió una rivalidad entre los discípulos en cuanto a quien sería el mayor en el Reino Venidero. El mensaje del Reino tuvo que hacer con la tierra prometida a Abraham—promesas aún no cumplidas. Concernían con el reestablecimiento del trono de David y la permanente restauración y expansión de las fortunas de la nación de Israel. Sus profetas estaban interesados con la futura existencia de Israel como un testigo del único Dios dentro de la nueva sociedad organizada bajo la teocracia. El cielo, como una recompensa para las almas desencarnadas, estaba completamente fuera del pensamiento de los discípulos. Lo que buscaron fue la herencia de la tierra (Mat. 5:5; 20:21; cp. Apo. 5:10) y el futuro reinado con el Mesías en un mundo restaurado en un paraíso, como todos los profetas lo habían previsto.6 La restauración del mundo del caos del reinado de Satanás fue su sueño. Finalmente ellos dieron  sus vidas para anticipar ese mensaje, pero ellos no vivieron para ver cumplidas sus esperanzas.

 

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¿PRUEBA ROMANOS 9:5 QUE CRISTO ES DIOS?

 

  

Por Sir. Anthony F Buzzard 

De quienes son los patriarcas, y de quienes, según la carne, procede el Cristo, el cual está sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.

     Algunos Trinitarianos ofrecen Romanos 9:5 como prueba concluyente de que Jesús es “Dios sobre todo” y por tanto parte de la Deidad. Esta (prueba) depende de cuál traducción uno lee, porque hay algunas siete diferentes maneras de puntualizar el verso en el cual cualquiera Cristo o el Padre es llamado “Dios bendito para siempre.”  El asunto es el siguiente: ¿Debemos leer “y de quienes, según la carne, procede el Cristo, el cual está sobre todas las cosas. Dios  Bendito por los siglos” o “y de quienes, según la carne, procede el Cristo, el cual está sobre todas las cosas, es Dios Bendito por los siglos“? Entre los más viejos comentaristas Erasmo, aunque un Trinitariano, era cauteloso acerca de usar este verso como texto de prueba:

 

Aquellos que afirman que en este texto Cristo es claramente llamado Dios,….niegan toda comprensión a los Arrianos, o prestan apenas alguna atención al estilo de Apóstol.  Un pasaje similar ocurre en segunda de Corintios 1:31: “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que es bendito por siempre”;  la última cláusula está innegablemente  restringida al Padre.

 

      Usando el principio de la comparación del texto con el texto, es muy probable que Pablo describiera al Padre como “Dios sobre todos.”  Pablo hace una uniforme distinción entre Dios y el Señor Jesús. En el mismo libro Pablo bendice al Creador y no hay razón para dudar de que da a entender el Padre (Rom. 1:25).  En otro pasaje él habla de “Dios nuestro Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Gál.1: 4, 5).  Romanos 9:5 es un obvio paralelo. No debería olvidarse que la palabra theos ocurre más de 500 veces en las cartas de Pablo y no hay una sola instancia inequívoca en donde ella aplica a Cristo. Un número de críticos textuales bien conocidos (Lachmann, Tischendorf) colocan un punto después de la palabra “cosas”, permitiendo que el resto de la oración sea una doxología del Padre. Manuscritos Griegos Antiguos no contienen generalmente puntuación, pero el Código Ephraemi del quinto siglo tiene una puntuación que hace del Padre, y no del Cristo, Dios”. Más notable es el hecho  de que durante las controversias arrianas,  este verso no fue utilizado por los Trinitarianos en contra los unitarianos. Claramente éste no atestigua a Jesús como el segundo miembro de la Deidad. 

 

     En tiempos modernos Raymond Brown encuentra que “a lo sumo uno puede afirmar cierta probabilidad de que este pasaje se refiere a Jesús como Dios. En el conservador comentario de Tyndale sobre Romanos, F.F. Bruce advierte contra la carga de los que tratan las palabras como aplicable al Padre con una “Cristología no ortodoxa”. Es apropiado agregar que incluso si Jesús es excepcionalmente llamado “Dios,” el título puede ser utilizado en su sentido secundario, es decir,  Mesiánico, de uno que refleja la majestad divina del único Dios, Su Padre.  

     Cuando el detalle del matiz gramatical se ha explorado completamente, los balances de la probabilidad serán pesados de diversas maneras. Es increíble imaginarse que el credo Cristiano deba depender de los puntos sutiles del idioma acerca de los cuales a muchos no se les podrían razonablemente pedir que hagan un juicio y que los expertos disienten. El lenguaje claro del credo de Pablo y de Jesús está abierto a cada estudiante de la Biblia: “No hay Dios sino uno…Hay para nosotros [los cristianos] un Dios, el Padre ” (1 Corintios 8:4,6).     

 

Ese “un Dios” está diferenciado en la mente Pablo de “un señor Jesús Mesías” como El lo está de los muchos dioses del paganismo.  La categoría de “un Dios” pertenece exclusivamente al Padre, así como el “Señor Mesías” se refiere exclusivamente a Jesús. Jesús mismo  proporcionó la base de la comprensión simple de Pablo de la frase “un Dios”. Ambos Maestro y discípulo compartieron el credo de Israel que creyó en Dios como una persona única.

 

El Nuevo Diccionario Internacional de Teología del Nuevo Testamento, vol. 2, p. 80 comenta sobre este texto así: “Esta ascripción de majestad no ocurre en ninguna otra parte en los escritos de Pablo. La mucho más probable explicación es que la declaración es una doxología dirigida a Dios, que proviene de una tradición Judía y adoptada por Pablo. Extasiado por el trato de Dios con Israel, Pablo concluye con una declaración de alabanza a Dios. La traducción leerá entonces, “el que es Dios sobre todos sea bendito para siempre” (Las Versiones que traducen así son Nueva Biblia Inglesa, TEV, Moffat, RS, Barclay, NA, Riverside N.T, Living).

 

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¿EXISTEN REALMENTE “SEÑALES” DE LA VENIDA DE JESUCRISTO COMO REPITEN LA MAYORÍA DE PREDICADORES?

 

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Ing° Mario A. Olcese (Apologista)

 

 

La Pregunta Crucial:

 

En Mateo 24:3 los discípulos de Jesús le preguntan al Señor lo siguiente: “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y que SEÑAL habrá de tu venida, y del fin del siglo?”. Aquí encontramos básicamente dos preguntas: Una, ¿Cuándo serán estas cosas? Es decir, cuando será destruido el templo de Jerusalén (v.1,2), y la otra: ¿Y qué SEÑAL ( nótese el singular) habrá de tu venida y del fin del siglo? Muchos estudiosos de la Biblia no se han detenido a meditar que los discípulos le pidieron a Jesús UNA SEÑAL concreta y específica que les indicara su venida o regreso (y no su proximidad como creen algunos) y del fin del mundo. Sí, los discípulos querían saber UNA SEÑAL—¡Y sólo UNA! Este detalle debe grabárselo bien en su mente, querido lector, pues muchos “estudiantes” de la Biblia lo han pasado por alto.

 

Señales De Su Proximidad:

 

En los versículos 4-6 de Mateo 24 Jesús dice que antes  de su regreso, y del fin del mundo, aparecerían falsos cristos u hombres que dirían que ellos son el Cristo esperado, o el cristo encarnado en ellos. Ejemplo de éstos son Jim Jones quien murió en Guyana con su iglesia, y David Koresh, quien murió con 70 de sus seguidores en Waco, Texas. Hoy existen otros falsos líderes que se hacen pasar por Jesucristo, y están engañando a muchos ingenuos (v.5), también Jesús habló de guerras y rumores de guerras (v.6), pero que ¡todavía no sería el fin! (v.6). Hasta este punto Jesús NO nos da una señal singular o específica de su venida y del fin del siglo. En los versículos 7-14 el Señor Jesús profetizó claramente los conflictos internacionales (v.7). Luego Jesús habló de la gran tribulación que vendrá a sus escogidos por causa de su nombre (v.9), y el surgimiento de falsos profetas o maestros fraudulentos ansiosos de poder y dinero (v.11). En el verso 14 Jesús anunció que el evangelio del reino será predicado por todo el mundo como testimonio…y entonces vendrá el fin del mundo.

 

Pero hasta acá tampoco tenemos la SEÑAL única y singular que le fuera solicitada por sus discípulos acerca de su venida y del fin del mundo. Muchos cristianos confunden estas señales sobre la proximidad de su venida con su venida misma. Estar próximo a venir no quiere decir ya se llegó. Otros cristianos creen que la SEÑAL es en verdad un conjunto de señales. ¡Pero esta idea es un error! Los discípulos le están pidiendo a Jesús UNA SEÑAL—¡Y Jesús se las dará inmediatamente sin rodeos!

 

Pasando al versículo 23, Jesús vuelve a predecir la venida de falsos cristos. El verso 24 repite lo mismo y añade la venida de falsos profetas que harán portentos y engañarán a muchos, si fuera posible, aun a los escogidos. En el verso 26 Jesús advierte de la venida de falsos cristos y profetas que aparecerán en los desiertos y aposentos (ojo: no desde los cielos), y a los cuales no hay que creerles.

 

Es en el versículo 27 donde Jesús comienza a desarrollar, por decirlo así, LA SEÑAL (singular) de su verdadera venida o retorno, contrastándolas con aquellas falsas venidas de falsos Mesías o Cristos en los desiertos y aposentos (=salones de conferencias, hoteles, casas, etc) del verso 26, y a los cuales no hay que creerles. En el versículo 29 Jesús revela que DESPUÉS de ocurrir todos los eventos de los versos 4-27, el sol se va a oscurecer, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Estos extraños y escalofriantes eventos que sucederán en el cielo, ANTECEDERÁN o PRECURSARÁN  la manifestación de la SEÑAL esperada.

 

En el versículo 30 encontramos, por fin, la SEÑAL clara y concisa dada por Jesús de su verdadera Parusía o venida. Él dice: Entonces aparecerá LA SEÑAL (nótese el singular) del Hijo del Hombre EN EL CIELO…Y VERÁN AL HIJO DEL HOMBRE VINIENDO (descendiendo) SOBRE LAS NUBES DEL CIELO, CON PODER Y GRAN GLORIA. 

 

Como respuesta a la pregunta de los discípulos acerca de UNA SEÑAL clara y singular de su venida y del fin del mundo, Jesús les dice que LA SEÑAL ES ÉL MISMO DESCENDIENDO VISIBLEMENTE DEL CIELO (no de los desiertos y aposentos) CON PODER Y GRAN GLORIA. A diferencia de los falsos cristos que aparecen “horizontalmente”—de entre los hombres—el Cristo verdadero viene “verticalmente”, de arriba hacia abajo, del cielo a la tierra. Si algún Cristo no DESCIENDE VISIBLEMENTE de arriba hacia abajo, del cielo a la tierra, con sus ángeles de su poder y con gran gloria, ¡NO ES EL CRISTO VERDADERO!. Hay hombres que se proclaman “El Mesías”, pero que NO han venido verticalmente del cielo a la tierra, con poder y gran gloria. Además, Ningún hombre ha visto descendiendo del cielo a Cristo aún de la manera bíblica. Pero cuando Cristo regrese del modo exactamente como él lo profetizó, sabremos que él es el Mesías esperado, y por tanto, ya habrá inmediatamente resucitado a los justos (Juan 5:28,29; 1Tesalonicenses 4:16,17). El falso Cristo no podrá descender del cielo, ni tampoco tendrá el poder de resucitar a los cristianos muertos, a fin de que éstos, junto a los cristianos vivos, puedan ser arrebatados por él a las nubes para recibirlo como el Mesías verdadero (vuelva a leer 1 Tesalonicenses 4:16,17—nótese la palabra “recibir” del verso 17). 

 

Adicionalmente a lo dicho anteriormente, en Hechos 1:11 leemos que dos varones vestidos de ropas blancas (ángeles) dan más detalles de la verdadera “Parusía” o venida de Cristo, con estas palabras: “Varones Galileos, ¿Por qué estáis mirando al cielo? ESTE MISMO JESÚS ( Es decir, un judío de unos 33 años aproximadamente, hebreo hablante, glorificado e inmortal), que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como o habéis visto ir al cielo.”

 

El Jesús que subió al cielo no era un espíritu sino un hombre joven, glorificado e inmortal. Este mismo joven Jesús  JUDÍO, glorioso, visible e inmortal, regresará nuevamente del cielo a nuestra atmósfera terrestre para arrebatar a su iglesia y conducirla a su reino (Mateo 25:31,34). Si el hombre que dice ser el Cristo no posee estas características antes mencionadas, no es el Cristo verdadero. Ahora bien, es en el texto de Mateo 24 donde Jesús REVELA POR PRIMERA VEZ CÓMO VOLVERÁ NUEVAMENTE A LA TIERRA. En anteriores ocasiones Jesús sólo les había revelado a sus discípulos que volvería nuevamente a la tierra, pero sin darles los detalles de la forma de su regreso (Ver Juan 14:3,18; Lucas 12:40). Ahora los discípulos sabían que la SEÑAL que indicaría la venida del Hijo de Dios sería SU APARICIÓN VISIBLE  Y PERSONAL DESDE EL CIELO A LA TIERRA (2 Tesalonicenses 1:7). Es decir, sus seguidores lo verían a él mismo descender del cielo a la tierra en el Monte de los Olivos (Zacarías 14:4). Si un pretendido “Cristo” no hace esto, es definitivamente un falso Cristo.

 

Los mal llamados “Testigos de Jehová” rechazan esta verdad de un Cristo resucitado de carne y huesos (Lucas 24:39). Ellos afirman que Jesús fue resucitado en espíritu pero que tomaba la apariencia humana cuando le convenía hacerlo. Sostienen que Cristo regresó al cielo en espíritu, e invisiblemente. Enseñan que su regreso ha sido igualmente espiritual e invisible en 1914. Ellos aseguran que pueden ver su “presencia” con los “ojos del entendimiento”. Otros cultos o sectas modernas afirman que Cristo ya está encarnado entre nosotros como un hombre, o ángel mensajero, como es en el caso de las sectas “Alfa y Omega” Y “la Iglesia de la Piedra Angular”.

 

No obstante, en Apocalipsis 1:7 se nos dice que Cristo viene con las nubes y todo ojo le verá, y los que le traspasaron. Pero, ¿quiénes son estos hombres que le traspasaron? Obviamente no los cristianos. Luego concluimos que Cristo será visto también por los que le rechazaron y crucificaron en el Primer siglo. Si un pretendido Cristo no viene con las nubes y no es visto por todo ojo, es un falso Cristo. Un Cristo de aposentos o salones de conferencia no es el Cristo verdadero.

 

Es trágico ver que millones de cristianos no estén esperando el descenso o la segunda venida visible de Cristo desde los cielos. Lo que millones de hombres sí esperan hoy es la aparición o descenso de seres extraterrestres desde el espacio sideral, para que salven y eduquen a la raza humana decadente. La Segunda venida de Cristo desde los cielos ha pasado a ser simplemente un mito arcaico en esta era espacial, y es escasamente creída en los círculos católicos de todo el mundo y en muchas de las sectas modernas de hoy. Sí, muchos cultos peligrosos modernos rechazan, sin base alguna, el descenso desde los cielos de Cristo o  llamado también: “la segunda venida personal y visible de Cristo con sus ángeles desde los cielos”. Tales cultos han torcido la esperanza evangélica del descenso personal, visible y celestial de Cristo, inventado doctrinas de demonios que sólo conducen a la perdición (1 Timoteo 4:1,2) Sin embargo, Jesús dijo: “Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, NO LO CREÁIS (Mateo 24:23).

 

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EL REINADO (GOBIERNO) DE LA JUSTICIA

“He aquí que para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio” (Isa. 32:1)

 

Pasajes que nos hablan de la justicia del reinado del Mesías en la tierra

“Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán término, sobre el trono de David, y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Isa. 9:6,7).

“Sino que juzgará con justicia á los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra: y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío. Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de sus riñones.” (Isaías 11:4,5).

“Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre” (Isaías 32:17).

“He aquí que vienen los días, dice Jehová, y despertaré á David renuevo justo, y reinará Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra” (Jeremías 23:5).

“En sus días será salvo Judá, é Israel habitará confiado: y este será su nombre que le llamarán: JEHOVA, JUSTICIA NUESTRA” (Jeremías 23:6).

“En aquellos días y en aquel tiempo haré producir á David Pimpollo de justicia, y hará juicio y justicia en la tierra” (Jeremías 33:15).

“En aquellos días Judá será salvo, y Jerusalén habitará seguramente, y esto es lo que la llamarán: Jehová, justicia nuestra” (Jeremías 33:16).

“Tu trono, oh Dios, eterno y para siempre: Vara de justicia la vara de tu reino” (Salmo 45:6).

“Conforme á tu nombre, oh Dios, Así es tu loor hasta los fines de la tierra: De justicia está llena tu diestra” (Salmo 48:10).

“La justicia irá delante de él; Y sus pasos pondrá en camino (Salmo 85:13).

“Justicia y juicio son el asiento de tu trono: Misericordia y verdad van delante de tu rostro” (Salmo 89:14).

Las Riquezas en el Reino de la justicia

“Y vosotros seréis llamados sacerdotes de Jehová, ministros del Dios nuestro seréis dichos: comeréis las riquezas de las gentes, y con su gloria seréis sublimes” (Isaías 61:6).

“Y Judá también peleará en Jerusalén. Y serán reunidas las riquezas de todas las gentes de alrededor: oro, y plata, y ropas de vestir, en grande abundancia” (Zacarías 14:14).

“Que decían en alta voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder y riquezas y sabiduría, y fortaleza y honra y gloria y alabanza” (Apocalipsis 5:12).

Abundancia de paz en el reinado de la justicia

“Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán término, sobre el trono de David, y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Isaías 9:6,7).

“La gloria de aquesta casa postrera será mayor que la de la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos” (Hageo 2:9).

“Y seráme á mí por nombre de gozo, de alabanza y de gloria, entre todas las gentes de la tierra, que habrán oído todo el bien que yo les hago; y temerán y temblarán de todo el bien y de toda la paz que yo les haré” (Jeremías 33.9).

“He aquí que yo le hago subir sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad” (Jeremías 33:6).

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