CUIDADITO – CUIDADITO

 

POR MARCOS BAQUER 

A pesar de que los cristianos estamos de acuerdo con Pablo, en que la acción de Dios, y no la humana, es el fundamento del cristianismo, la mayoría de nosotros actuamos con un criterio distinto.

Pablo ocupa las primeras dos partes de la carta a los Gálatas para describir lo que Dios ha hecho y sólo después se refiere a la acción y comportamiento humanos. En comparación, mucho de nuestra prédica, estudio bíblico y programas de educación cristiana para niños, pasa más tiempo hablando de lo que deberíamos hacer que de lo que Dios ha hecho.  

Y a menudo, cuando hablamos acerca de Dios, lo hacemos mayormente con la intención de asegurarnos que tenemos la información correcta y que lo que creemos es lo correcto. Esto, en realidad, es una religión centralizada en lo humano. Un valor primordial para nosotros es tener la razón en palabra y acción. La mayoría de los cristianos tenemos pasión por lo moral, lo cual hace que la moralidad sea central en nuestra versión del cristianismo.

¿Qué ocasionaría mayor contrariedad a muchas de las iglesias? – ¿Saber que uno de sus líderes vive en adulterio – O saber que uno de sus líderes vive como si la aceptación de parte de Dios y de otros en la iglesia dependiera de la asistencia fiel a los cultos, del cumplimiento con los diezmos y del comportamiento moral? 

Parece que Pablo estaba más contrariado cuando escribió la carta a los Gálatas que cuando escribió a un grupo de cristianos en Corinto, los cuales tenían serios problemas en cuanto al comportamiento moral. Esto invita a detenerse y reflexionar.  

Aunque tal vez no lo admitamos, a menudo, implícita o explícitamente, muchos de nosotros impartimos una imagen de Dios como una figura lista a castigar toda trasgresión. Y lo hacemos aun cuando corremos el riesgo de contribuir a que alguien se forme una idea errada de Dios.  

El cántico “Cuidadito tus manitos lo que tocan, porque hay un Dios de amor que mirándote está, Cuidadito tus manitos lo que tocan”… expresa el espíritu de muchos de nuestros sermones y clases. Al igual que los perturbadores en Galacia, comunica un mensaje ambivalente. Menciona el amor de Dios, pero lo mezcla con la sobreentendida amenaza de que si las manos se portan mal, lo más probable es que ese Dios, que ve cosas que ni los padres ni los maestros ven, las castigue.

 

Siendo generosos, podríamos decir que el autor de esta canción con su mensaje ambivalente no entendía la propensión humana a la religión y la manera en que las motivaciones religiosas de la persona socavan las palabras de gracia y amor y las hacen objeto de un indebido énfasis en la acción humana. Una valoración más negativa diría que esta canción es una muestra de nuestro enfoque en el comportamiento correcto, lo cual indica cuan profundamente esclavizados estamos a la religión.

En este punto clave debemos prestar atención a lo que observamos en muchas iglesias de nuestro tiempo. El evangelio de Cristo con algo añadido, tan evidente en las mismas, nos estimula a evaluar qué tan prevaleciente es en nuestras iglesias este tipo de “evangelio”.

Muchas iglesias dicen proclamar un evangelio de gracia. ¿Pero qué manifestamos en nuestra vida? ¿Impartimos aceptación incondicional? ¿Tiene la gente de nuestras comunidades miedo de hablar francamente de sus luchas y defectos?  

Por otro lado, no debemos tampoco presumir de que no estamos viviendo una versión religiosa del cristianismo solo porque no tenemos una lista de reglas “legalistas” como las de algunas iglesias. Cabalmente, he advertido un sentido igualmente fuerte de rectitud moral en algunas iglesias que se enorgullecen de preocuparse por asuntos relativos a la justicia social. En algunas iglesias he notado un fuerte sentimiento de vergüenza por no alcanzar un cierto nivel de activismo social. En otras yo mismo me he sentido avergonzado por no hacer suficiente obra de evangelización y porque pensaba que otros oraban más que yo. He conocido iglesias tan condenatorias con las iglesias “legalistas”. Las definiciones de lo que es ser “bueno” o “justo” cambian, pero el espíritu religioso es el mismo.

Desde luego, hay aspectos positivos en desear llevar una vida recta. Por medio de la religión se consiguen logros positivos. Se consigue, por ejemplo, ayudar al alcohólico a abandonar su vicio o motivar a la gente a ayudar al necesitado. Pero esto no significa, automáticamente, que deberíamos adherirnos a una religión para hacer posibles los cambios, o que los cambios serían evidencia de la obra de Cristo en la iglesia. Mejorar la conducta es una buena causa, pero no es la sustancia del cristianismo. Tal vez algunos no estén de acuerdo con esta afirmación, pero veámoslo de este modo: ¿Qué le interesa más a Dios, tener una buena relación con nosotros o que nos comportemos bien?  

Algunos preferirían no contestar esta pregunta, o decir “ambas cosas”. Pero es importante que nos preguntemos cuál sería la respuesta de un padre. ¿Es más importante que nuestros hijos obedezcan todas las reglas, o que tengan una relación de amor con nosotros? Desde luego que ningún padre quiere que sus hijos hagan nada que pueda perjudicarles, pero sería algo terrible que sus hijos obedecieran todas sus reglas y jamás dialogaran con él.  

De todos modos, no hago estas preguntas porque Dios, o yo, insista en esta o aquella opción, sino porque quiero aclarar la manera en que nuestra pasión por ser buenos tropieza con el cristianismo. Nuestra voluntad de cantar una canción que manifieste que Dios es una figura acusadora lista a castigar al niño que se porta mal demuestra que hemos puesto el énfasis, aunque sea inconscientemente, en el comportamiento antes que en la relación. No queremos indicar con esto que sólo necesitamos más “equidad”. Si hacemos de la relación lo central, como lo hace Dios, cambiará la manera de hablar del comportamiento y la ética cristiana. Aquí debemos leer atentamente a Pablo y aceptar que Gálatas es mucho más que un tratado sobre la salvación por la gracia y no por las obras.  

Aunque nuestras prácticas religiosas sean una buena cosa (como los judaizantes de Galacia consideraban las suyas), están enmarcadas en la religión y, por tanto, sus raíces se hunden en la presente era de maldad. Lo que aquí importa no es la acción en sí. Por ejemplo, un puede asistir a la iglesia por razones religiosas. En tal contexto, se concibe la asistencia a la iglesia como parte de un sistema de reglas que se le impone a la persona. Una persona asiste por temor a cómo reaccionarán Dios y los demás si no lo hace, o con la esperanza de recibir alguna recompensa de Dios si lo hace. En tal caso, no hay nada cristiano en esa práctica: se podría comportar con la misma motivación al asistir a un club social o a una reunión política.

En contraste, se puede asistir a la iglesia con la libertad de la nueva realidad creada por la cruz. El deseo de asistir brota de adentro y se basa en la relación con el Espíritu de Dios y con otros cristianos en la comunidad, no en las reglas. Pablo nos insta a que vivamos en este marco de referencia, enraizados en el Espíritu antes que en la carne.

Pablo proclama el evangelio de modo tan radical que muchos se preguntarían: “¿Quiere esto decir que no tenemos que hacer nada?” Quizá no estemos predicando el mismo evangelio, si nadie nos hace tal pregunta. La respuesta de Pablo es “NO” (Gàlatas 5:13), pero se da cuenta de que ese es exactamente el punto en el cual la religión intentará ganar el terreno perdido. 

Que se nos quite el yugo de la religión nos da una sensación de libertad y alivio, pero también de temor e inseguridad. Pablo reconoce la tendencia de la persona a volver a la conocida seguridad de los límites marcados por las líneas divisorias religiosas. Por lo tanto, cuando Pablo escribe sobre ética y comportamiento, lo hace en términos claramente NO RELIGIOSOS. Se podría decir que su ética provee materiales que no se prestan para la construcción de un edificio religioso.  

Debemos imitar a Pablo no sólo en cuanto a evitar dictar reglas cuyo cumplimiento se puede medir fácilmente, sino también en cuanto a permitir que nuestros imperativos emanen del indicativo. Como lo dice Rober Hill: “Pablo… siempre contestaba la pregunta de qué debemos hacer diciendo primeramente algo en cuanto a lo que Dios ha hecho”  

A quienes, como yo, se han criado cantando “Cuidadito tus manitos lo que tocan”, acostumbrados a condenar a sus vecinos por cortar el pasto en el día del Señor, no les resulta fácil cambiar la manera de predicar, enseñar o hablar del comportamiento cristiano, aunque estén convencidos del problema de la religión y del énfasis en la acción humana.  

Lo que ahora siempre hago cuando trato un asunto ético en un sermón, estudio bíblico o clase, es incluir un elemento indicativo del amor de Dios por nosotros y una palabra de Gracia acerca de cómo Dios todavía nos ama, aún cuando fallemos.  

Pero incluso cuando los mandamientos y la ley estén rodeados de palabras de amor y Gracia, nos cuesta pensar en ellos excepto en términos de algo que se nos impone como una carga que debemos sobrellevar. Tenemos que hacer más que poner nuestra enseñanza y pensamientos acerca de los mandamientos cristianos en un paquete distinto; tenemos que dar atención seria a los asuntos fundamentales relativos a la naturaleza de los mandamientos y la ética. ¿Se basa nuestro enfoque de la ética cristiana en la perspectiva religiosa de la presente era de maldad, o en la libertad y la nueva creación que se derivan de la cruz de Cristo?

Creo que el mensaje expresado en las iglesias debería ser más ¡TU PUEDES! (Todo lo puedo en Cristo) y no el de ¡Tú debes! Los métodos de amenazas, casi siempre se encuentran cimentados en la idea de acentuar el sentido de culpa de las personas, intentando producir un cambio moral o ético. Pero esta no es la fórmula de Cristo, ni la de Pablo. Definitivamente quien va por el camino del ¡Tú debes! tiene una seria dificultad de comprensión del mensaje de Gracia del Evangelio.

Aunque me esfuerzo por disminuir el tono religioso de mi propia predicación y enseñanza, es sorprendente la tenacidad de mi propia religiosidad. Quizá lo más triste e irónico sea cuando caigo en cuenta de que me creo mejor que los demás y pienso: “No soy esclavo de la religión como esa gente”. Tan pronto como pienso así estoy en efecto en las garras de la religión y trazando líneas divisorias religiosas. Siempre debemos reconocer nuestras tendencias religiosas y, por consiguiente, explicarlas para reducirlas. Es mucho más peligroso creer que estamos totalmente exentos de religión cuando en realidad ella nos acecha interiormente.  

Como David Gill alguna vez me sugirió, debemos ir a la iglesia con cierto sentido del humor y reírnos de nosotros mismos cuando observamos la religión que practicamos. Esto nos muestra lo que es la religión – un poder derrotado – y nos permite depender de la Gracia Divina.

Entonces podemos hacer con Pablo aseveraciones como la siguiente: “En cuanto a mí, jamás se me ocurra jactarme de otra cosa sino de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, para quién el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo. Para nada cuenta estar o no estar circuncidados; lo que importa es ser parte de una nueva creación” Gálatas 6:14-15

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