LOS PADRES APOSTÓLICOS, LOS APOLOGISTAS, Y EL REINO DE DIOS

 

Justino Mártir

Justino Mártir

 

Clemente fue discípulo de los apóstoles y el tercer obispo de Roma. Generalmente se le considera como autor de una carta escrita hacia el año 96 desde Roma a la iglesia de Corinto, y conocida como “La Primera de Clemente” en la colección de antiguos documentos llamada: “Los Padres Apostólicos”. Escribe Clemente: “Los apóstoles recibieron el evangelio del Señor Jesucristo; Jesús el Cristo fue enviado por Dios. Así Cristo viene de Dios, y los apóstoles, de Cristo. En ambos casos, el ordenado procedimiento depende de la voluntad de Dios. Así, después de eso, cuando los apóstoles habían recibido las instrucciones, y se habían disipado todas las dudas por la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, salieron con la confianza del Espíritu Santo a predicar las buenas nuevas de la venida del Reino de Dios. Predicaron en el campo y en la ciudad, y nombraron los primeros convertidos, después de probarlos en el Espíritu, para que fueran obispos y diáconos de los futuros creyentes“.

 

No os hagáis ilusiones, hermanos míos. Los que corrompen una familia, no heredarán el reino de Dios” (Ignacio de Antioquía, carta a los Efesios XVI, 1)

 

La Didache, capítulo XVI trata sobre el pensamiento teológico dice que no sabemos cuándo o a qué hora vendrá el Señor. En los últimos días aumentarán los falsos profetas, y luego aparecerá el extraviador del mundo. Es una parte fundamental del pensamiento cristiano: 1).- el retorno del Cristo glorificado, y el inicio del reino. 2).- La resurrección y la participación de ese reino. El final no es la destrucción, es la plenitud de la vida, de la participación de Dios.

 

Ireneo pasa a defender la idea de un reinado terrenal del Mesías, interpreta en ese sentido las promesas hechas por Dios a Abraham, la bendición de Isaac a Jacob, testimonios de Isaías, Ezequiel, Jeremías y Daniel, así como la promesa de Jesús de volver a beber del fruto de la vid con sus discípulos en el Reino del Padre, la parábola de los siervos vigilantes, la promesa del banquete mesiánico, el texto del Apocalipsis de Juan y la tradición joánica recogida por Papías (Adv. Haereses V, 32-36) Entiende que todos estos testimonios no son alegóricos de las bendiciones celestiales, sino presentes en la Jerusalén terrenal, tras la venida del Anticristo y la resurrección

 

Por su lado, JUSTINO conoce y adopta la interpretación judía del Reino mesiánico relacionado con la estancia en el Edén: será una vuelta a las condiciones paradisíacas: 

 

(…)(los cristianos) “no sólo admitimos la futura resurrección de la carne, sino también mil años en Jerusalén, reconstruida, hermoseada y dilatada como lo prometen Ezequiel, Isaías y los otros profetas“ 

 

Y tras citar a Isaías (65,17-25) interpreta: 

 

Lo que en estas palabras, pues, se dice -dije yo-: ‘Porque según los días del árbol de la vida, serán los días de mi pueblo, envejecerán las obras de sus trabajos’, entendemos que significa misteriosamente los mil años. Entendemos también que hace también a nuestro propósito aquello de ‘Un día del Señor es como mil años’. Además hubo entre nosotros un varón por nombre Juan, uno de los apóstoles de Cristo, el cual, en revelación que le fue hecha, profetizó que los que hubieren creído en nuestro Cristo, pasarán mil años en Jerusalén; y que después de esto vendría la resurrección universal y, para decirlo brevemente, la eterna resurrección y juicio de todos unánimemente. Lo mismo vino a decir también nuestro Señor: ‘No se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán semejantes a los ángeles, hijos que son del Dios de la resurrección’ (Lc. 20,35-36)” (’Diálogo con Trifón’ 80-81)

 

La misma postura vemos en TERTULIANO, aunque influenciado por los gnósticos de alguna manera, él creía en una partida al cielo de los salvos después del reino terrenal de mil años: 

 

Confesamos que nos ha sido prometido un reino aquí abajo aún antes de ir al cielo, pero en otra condición de cosas. Este reino no vendrá sino después de la resurrección, y durará mil años en la ciudad de Jerusalén que ha de ser construida por Dios. Afirmamos que Dios la destina a recibir a los santos después de su resurrección, para darles un descanso con abundancia de todos los bienes espirituales, en compensación de los bienes que hayamos menospreciado o perdido acá abajo. Porque realmente es digno de él y conforme a su justicia que sus servidores encuentren la felicidad en los mismos lugares en los que sufrieron antes por su nombre. He aquí el proceso del reino celestial: después de mil años, durante los cuales se terminará la resurrección de los santos, que tendrá lugar con mayor o menor rapidez según hayan sido pocos o muchos sus méritos, seguirá la destrucción del mundo y la conflagración de todas las cosas. Entonces vendrá el juicio, y cambiados en un abrir y cerrar de ojos en sustancia angélica, es decir, revistiéndonos de un manto de incorruptibilidad, seremos transportados al reino celestial” (’Adversus Marcionem’ Libro III,24).

 

 

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