LA RELACIÓN ÍNTIMA DE JESÚS CON DIOS, SU PADRE

 

 

Aunque en la sinóptica evangelios Jesús ejerció moderación ante el público acerca de su “verdadera identidad” como el Mesías, los escritores dejan ninguna sombra de duda en las mentes de ambos seguidores y posteriores lectores acerca de quién fue él: de Dios y único Hijo que fue comisionado [“enviado”] como Su supremo agente en la “consolación de Israel” y la inauguración del “reino de Dios”.

Si algo, los muchos milagros, curación, y exorcismos no eran para demostrar a nadie que Jesús era Dios, ni ninguna parte de una Divinidad eterna [Trinitariana], sino simplemente para “creer las obras” para que podamos saber y entender que “Dios estaba en Cristo conciliando el mundo a sí mismo” [2Cor 5,19]. Así que las palabras que Jesús habla no fueron sus propias palabras, “sino el Padre que mora en mí hace Sus obras” [10. 38; 14,10 ].

Esta clase de lenguaje claramente señala a ambos una subordinación y una dependencia de parte de Jesús en su Padre divino. Una dependencia que se extiende hasta su reconocimiento de él como el “único e incomparable Dios verdadero”, de quién la alabanza, el honor y la gloria se originan [5.44 ; 17.3 ].

Tal como los patriarcas y los profetas de antaño, Dios pudo realizar milagros de proporciones épicas como una forma para revelarse a Sí Mismo al mundo a través de su pueblo escogido. No deberíamos olvidarnos de que Moisés realizó mayores milagros y señales que cualquiera antes de él, y Josué probablemente llevó a cabo el máximo milagro de todos cuando él detuvo el sol y la luna, puesto que” no hubo día como ese antes de que él o después que él, cuando YHWH escuchó la voz de un hombre” Joshua 10.12-14 .

De modo semejante, “Dios levantó a Su siervo Jesús y lo envió a bendecir [gente] por medio de volver a cada uno de sus caminos malvados…ungiéndole con el Espíritu Santo y con poder…él se ocupó de obrar bien y sanando a todos lo que estaban oprimidos por el diablo, pues Dios estaba con él” [Hechos 3.26 ; 10.38 ]. Estando desafiado acerca de sus reclamos enormes como el agente único, especial de Dios [autorizado para ser “Señor del Sábado”, más grande que cualquier otro profeta, Salomón o el templo mismo; Mat 12], Jesús contestó que él podía hacer nada de propia iniciativa pues él sólo podía hacer lo que él comprendió que era la voluntad de su Padre [Mat. 26:39 ; Juan 5 : 19, 30 ; 6:38 ; 8:28 ; 12:49 ; 14:10 ].

“…Jesús ciertamente había demostrado que la obediencia absoluta a Dios, había hablado de Dios con esa autoridad íntima, y había actuado con la autorización única que le pertenecía al representante y agente de Dios en la tierra, lo cual sería característico de uno que era (en los sentidos usualmente atribuidos para un Hijo’ en la antigüedad) en mucho el Hijo de Dios de verdad’

…lejos de usurpar la autoridad y el poder de Dios, Jesús estaba con creces autorizado para actuar como el agente acreditado de Dios. Él asumió una autoridad para declarar la voluntad de Dios para los hombres, y actuar de acuerdo a esa voluntad, algo semejante como no había sido reclamado por ninguna figura previa en la historia religiosa de los judíos…Describirse a sí mismo…como _ el Hijo de Dios ‘ habría sido una forma de reclamar tal autorización divina sin precedente, al mismo tiempo que conservar intacto ese respeto para la unidad indivisible de Dios que fue la posesión instintiva de cualquier judío religioso”. A. E. Harvey, Jesús y las Restricciones de la Historia, Duckworth, 1982, p 154-157, 167-168.

El significado detrás del motivo de los milagros y las señales que el escritor de Juan tiene la intención de ilustrar es uno de Padre e Hijo obrando en armonía completa y absoluta con cada otro, describiendo la unidad perfecta de propósito y la acción posible.

Jesús, el siervo siempre fiel e instrumento de YHWH, siempre llevó a cabo la voluntad de su “Dios y Padre” [20.17]. Esto es deletreado en la locución: “Yo y el Padre somos uno” 10.30. Sabemos que éste es el significado que Jesús pretendió porque, sólo algunos capítulos más tarde, Jesús desea que la misma unidad esté realizada entre Dios y los Cristianos:

…Guárdalos en Tu nombre, el nombre que Tú me ha dado…la gloria que Tú me has dado la he dado a ellos, para que sean uno, así como nosotros somos uno” [17.11, 22; cp . Rom 12.5; Gal 3.28 ].

[Note la cualidad transcendente, transferible de la “gloria de Dios”]

Así que ahora, según el principio hebreo de Agencia, tal como a él ha sido comisionado [enviado] y apoderado [Espíritu Santo] para hacer tales milagros y señales, él asimismo encarga y faculta a los primeros cristianos a hacer lo mismo. Darles “las llaves del reino de los cielos”, de modo que cualquier cosa que aten en tierra “habrá estado atado en cielo, y lo que sea que ellos desaten en tierra habrá sido desatado en cielo” Mat 16.19 :

“A quienes remitiéreis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviéreis, les son retenidos. Juan 20.23

“Él que cree en mí, las obras que yo hago, él hará también; Y mayores obras que estas él hará; Porque voy al Padre… a fin de que el Padre puede ser glorificado en el Hijo ” [5.20; 14.12-13].

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ÁNGELES CAÍDOS MENCIONADOS EN LA BIBLIA

 

El Ángel Caido (R. Bellver, 1877), en Madrid (España). 

Abadón (hebreo) o Apolión (griego): Que quiere decir “destructor” o “ruina”; es considerado “El jefe de las langostas. Que es el ángel del abismo” (Apocalipsis 9, 11).

       Asmodeo: Demonio de la maldad y la muerte. Es el espíritu maligno que mató a siete maridos a Sara (Tobías 3, 8); y que fue encadenado en el desierto por San Rafael.

      Beelzebú: “Señor de las moscas”, llamado el “príncipe de los demonios” (Mateo 10, 25). Los Fariseos acusaban a Jesús de recibir poder de este espíritu del infierno (Mateo 12, 24; Juan 8, 48-49.52).

     Belial: El “inútil” o el “impío” en hebreo. En los manuscritos del mar muerto, aparece como uno de los nombres del demonio que utilizó San Pablo (2Corintios 6, 15).

       Demonio: Del griego “daimon” significa en plural “espíritus impuros” (Apocalipsis 18, 2), son “malignas fuerzas espirituales del cielo, las cuales tienen mando, autoridad y dominio sobre este mundo oscuro” (Efesios 6, 12). Pueden llegar a ser “legión”; es decir, “muchos” (Marcos 5, 9).

·         Leviatán: Palabra hebrea que traduce “animal solapado”, representado en la Biblia en forma de serpiente, cocodrilo, bestia marina o dragón del abismo (Isaías 27, 1). La destrucción de Leviatán por Dios, simboliza la derrota definitiva de los enemigos de Israel.        www.yeshuahamashiaj.org

 

EL CORÁN Y EL DIABLO

 

En el Corán encontramos la rebelión de Iblis, un ángel que desobedeció el mandato de Alá. Como castigo, éste le expulsó de su lado con estas palabras; “Vete de mi presencia; te desprecio y te aparto. En cuanto a los que te sigan, con ellos llenaré los infiernos donde tú mores”.

 

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Monseñor Conrado Balducci, exorcista del Vaticano, defiende la existencia del Diablo como un mal

El Diablo prefiere que la gente no crea en él, Porque asi actúa con mayor eficacia para sus propósitos y comodidad; incluso quiere que se le ignore, pues si no se le conoce o no se cree en él, no se le combate o se le combate menos. —  Monseñor Conrado Balducci
 

ANDRÉS GONZÁLEZ-BARBA

Monseñor Balducci durante su intervención en el Aula de Cultura de ABC con una sala abarrotada de público. J. M. SERRANO

 

Monseñor Balducci durante su intervención en el Aula de Cultura de ABC con una sala abarrotada de público. J. M. SERRANO SEVILLA. El teólogo y demonólogo Corrado Balducci abrió ayer el Aula de Cultura de ABC de Sevilla de la temporada 2003-2004 con la conferencia «El Diablo: quién es, existencia, su actividad, criterio diagnóstico y terapia», en la que este experto defendía la existencia del Diablo frente a las corrientes de los teólogos que surgieron a partir de los años sesenta del siglo XX, que identificaban al Demonio con el mal en abstracto, y no como un mal.

 

Monseñor Balducci definió a los diablos como «ángeles que se han vuelto libremente malos», a lo que añadió que «son seres espirituales que no tienen nada que sea material». En este sentido, este experto defendió la tesis que tradicionalmente ha sostenido la Iglesia Católica de que Dios creó a los ángeles «y ellos fueron conscientes de su situación y de sus posibilidades de conocimiento. Mientras la mayoría alababa al Creador, otros se dirigieron hacia su propia naturaleza, autosuficiente, sin necesitar a Dios». Esta situación condujo a los demonios, según este experto, «a una autoidolatría, por lo que renunciaron al Ser Supremo y se vieron inmersos en el odio a Dios».

 

La existencia del Diablo

 

Uno de los puntos centrales de la conferencia de Monseñor Balducci se centró en la confirmación de la existencia del Diablo, a la vez que afirmó que «no podemos saber nada de él porque la razón humana no puede afirmar la existencia del Diablo». A continuación señaló que desde hace unas décadas ha existido un «concepto erróneo» de la naturaleza del Demonio ya que se compara a éste con el mal, algo que «tiene graves consecuencias». Según aseguró este demonólogo, «el mal es un concepto abstracto y se presupone que el Diablo no existe, pero el Diablo es un ser autónomo, y no se puede considerar como el mal, sino un mal». Continuando con esta tesis, citó una frase de Baudelaire en la que decía que «la astucia más grande del Diablo es que no se dé a conocer como existencia», por lo que concluyó que «negando la existencia del Demonio, se le hace un favor».

 

Con esta postura del reconocimiento de la existencia del Diablo, Monseñor Balducci se contrapuso a aquellos teólogos que hace unos 20 años defendieron la no existencia de Satanás. De hecho, esta rama teológica duró hasta finales de los años ochenta y tuvo su epígono en la publicación del libro «El Diablo, mi hermano».

 

A modo de ejemplo, Balducci citó el Nuevo Testamento, en donde se habla del Demonio en unas 300 ocasiones, «nombrándosele mucho más que al Espíritu Santo», señaló.

 

Incluso este demonólogo apeló a una frase pronunciada por el Papa Pablo VI en la que éste defendía la existencia del Diablo, por lo que «no se le puede ver como algo autónomo que no tiene su origen en Dios».

 

Otro de los puntos en los que Corrado Balducci centró su conferencia fue las actividades de los diablos. En este sentido comentó que estos seres únicamente realizan «actividades maléficas» que sólo pueden dañar al ser humano, «porque no pueden hacer nada contra Dios ni los ángeles». Así, existe un tipo de actividades ordinarias, que son las más corrientes y menos espectaculares. También hay unas actividades extraordinarias que son espectaculares e infrecuentes. Este tipo de actividades pueden manifestarse como infectaciones animale, vegetale, y personales. Así, comentó que los santos «son víctimas de estas infectaciones personales».

 

Posesiones

 

Llegados a este punto habló sobre las posesiones y las definió como «un trastorno que nace en el individuo que pierde la consciencia de lo que sucede». Sobre esta cuestión reconoció «los verdaderos endemoniados son muy pocos», además comentó que las personas que mejor fingen son las mujeres, porque «están más cercanas a la patología de la emotividad». Sobre el tema de las posesiones diabólicas, moBalducci matizó que éstas afectan al cuerpo, no al alma. Por eso, admitió que «si el Diablo se apropia del cuerpo, el alma no puede hacer sus actividades. En el caso del poseído, el Demonio actúa, y ahí no actúa el individuo».

 

Llegados a este punto criticó la imagen que sobre el tema de las posesiones ha realizado el cine. En concreto comentó que en la película «El exorcista», «la niña parecía una catatónica, algo que no tenía nada que ver con un poseído». Asimismo, reconoció que «Dios no puede consentir la muerte de nadie», por lo que sentenció que «del Demonio no se muere nadie». Igualmente admitió que en las posesiones hay períodos de calma y de crisis. «Algunas veces el Señor obliga al Demonio a que se pare. Esos períodos de crisis surgen cuando al individuo se le pone en contacto con lo sagrado, por lo que se produce un desdoblamiento de personalidad».

 

Este acto, primero del Aula de Cultura de ABC de Sevilla en esta temporada, contó con la asistencia de un numeroso público que abarrotó la sala de conferencias. El acto fue presentado por el director del Aula de Cultura, Fernando Iwasaki.

 

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LO QUE GIOVANNI PAPINI DIJO DEL DIABLO Y SUS TENTACIONES

 

 

Jesús rechazó, pues, las tentaciones del Diablo: pruebas que eran, además, el prólogo necesario -impuesto por el Espíritu- de su actividad liberadora. Pero es bueno advertir que Jesús no da señal alguna de animosidad o de cólera contra el Tentador. Le contesta con frases breves, serenas; no con frases suyas, sino con aquellas con que el Padre ya había inspirado a sus amanuenses terrestres. En la actitud de Jesús no hay nada que haga pensar en repugnancia, en repulsión, en horror. Cristo no es un amigo de Satanás, ni podía serlo. Rebate seca y resueltamente sus proposiciones, pero después de haberse confiado dócilmente al enemigo que lo lleva en vuelo a la cima de la montaña y a la cima del Templo. Hubiera podido huir, hubiera podido injuriarlo-como hará más tarde con los fariseos y con los mercaderes-; hubiera podido fulminarlo con un solo movimiento de su mano. El se comporta de modo más humano y divino. Tolera pacientemente, durante cuarenta largos días, su compañía; escucha, sereno, sus propósitos; replica a sus palabras con otras precisas. Eso confirma que las relaciones entre él y Satanás no han quedado interrumpidas luego de la caída, y que Cristo está dispuesto a impartirle Su enseñanza como se la imparte a los hombres.

 

Se podría ir más lejos. Se podría pensar que Cristo no olvidó las tentaciones de Satanás, y que quiso, en seguida, hacerlas efectivas por su propia cuenta, si bien en forma muy distinta e infinitamente más sublime. Piénsese en la primera tentación. El Diablo pide una transmutación, un milagro: que las piedras se conviertan en pan. Cristo no quiso realizar ese milagro…

 

La segunda tentación fue, como hemos visto, una invitación a precipitarse desde lo alto. Jesús no se dignó a realizar aquel fácil portento; pero más tarde, cuando hubo dado a los Discípulos la prueba de su resurrección de entre los muertos, quiso levantarse en el aire. Pero en vez de volar, como se lo había pedido Satanás, de arriba abajo, hizo lo contrario: se elevó de la tierra al cielo. Al descendimiento que le propuso el Tentador contestó triunfalmente con la Ascensión.

 

En la tercera tentación, el Diablo ofrece a Jesús todos los reinos de la tierra “y su esplendor”. Jesús no ha querido nunca ser monarca (de este mundo). Una vez que quisieron hacerlo rey -cuenta Juan (VI, 15)- se escondió y huyó. Y a Pilatos, que lo interroga, contestará con las famosas palabras: “Mi reino no es de este mundo”.


Sin embargo, Jesús ha querido igualmente ser emperador de todos los pueblos. Ordenará a los Apóstoles y a los Discípulos que vayan a todos los países de la tierra llevando Su mensaje. Quería -y aún lo quiere- apoderarse de todas las almas de los hombres, ser reconocido en todas partes como Señor. Nada le importan los cetros, las coronas y las riquezas de los Príncipes (de este mundo); pero quiere conquistar ese “esplendor” más real y más cierto que aparece o puede aparecer en los espíritus humanos. Cuando sea el Dominador de todas las almas, de los habitantes de todos los reinos de la tierra, ¿no habrá llegado a ser, en verdad, más rey que los reyes, más emperador que los emperadores? Éstos sólo poseen las tierras, las casas, las vestiduras, los cuerpos de los súbditos; pero cuando la Ciudad de Dios llegue a ser tan grande como el mundo, Cristo será más poderoso que los poderosos, porque poseerá las almas, a las cuales todas las formas de vida obedecen.

 

Una tras otra, las tentaciones del Diablo quedan o quedarán sublimadas y transfiguradas por Cristo, con un sentido nuevo, en un orden inefablemente más excelso. Las burdas trampas de Satanás se convierten, para vergüenza y a despecho de éste, en realidades divinas. Pero quizás la torpeza materialista de las tres tentaciones no sea totalmente ingenua y sí signo de refinada malicia. Según el testimonio divino y humano, Satanás es un espíritu astuto, y no hubiera propuesto aquellos prodigios, más dignos de un mago que de un Dios, si no hubiese tenido una intención más pérfida. No estaba totalmente seguro de que el Hijo de María fuese el Hijo de Dios; y pensó que Éste, si hubiese realizado los prodigios que él le sugería, habría revelado su naturaleza inferior, demasiado humana, y habría quedado disminuido ante sus ojos y le habría dado la prueba de que en aquel solitario famélico no se hospedaba la divinidad. Jesús dio a Satanás la prueba de Su divinidad, al rehusarse a cumplir aquellos milagros; y, como hemos visto, sólo más tarde se inspiró en aquellas tentaciones, pero respondiendo a ellas en forma totalmente distinta, con esa elevación de estilo propia de un verdadero Poderoso.

 

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