LA NEUROCIENCIA CUESTIONA EL MATERIALISMO IMPERANTE

 

 

Si se puede demostrar que la mente gobierna el cerebro, es que existe una realidad no material

 

La revista The Global Spiral publica una reseña del último libro del neurólogo canadiense Mario Beauregard. Esta obra revisa las viejas cuestiones sobre la realidad material, la realidad inmaterial y Dios desde la perspectiva de la neurociencia, estableciendo en esta rama científica dos posturas contrapuestas: la materialista (que cree que no hay nada más allá del cerebro) y la no materialista (que cree que mente y cerebro son dos cosas distintas). Experimentos realizados por Beauregard han demostrado empíricamente que la mente puede gobernar y transformar el cerebro lo que, según él, significa que la materia no es lo único que existe. Esa realidad in-material es, para el científico, consistente con la idea de la existencia de Dios. Pero, señala Beauregard, dicha existencia no será nunca constatada sino tan sólo inferida, porque Dios no puede convertirse en objeto de estudio. Por Yaiza Martínez.

La neurociencia cuestiona el materialismo imperante

Mario Beauregard, director del Laboratorio de Investigación Mente/Cerebro (MBRL) de la Universidad de Montreal, en Canadá, ha publicado recientemente, junto a la periodista especializada en religión y ciencia, Denyse O’Leary, el libro The Spiritual Brain: A neuroscientist’s case for the existence of the soul.

 

La obra, según explica The Global Spiral, publicación del Instituto Metanexus, explora un debate muy antiguo, en este caso llevado a un contexto moderno: el contexto científico.

 

Desde esta perspectiva, a las viejas preguntas se les dan nuevos matices: ¿somos los seres humanos algo más que materia y energía?; ¿estamos dotados de un aspecto no material llamado espíritu o alma?; ¿qué pasa con las experiencias religiosas?, ¿son reales o, simplemente, fruto de una actividad cerebral anómala?; ¿es el misticismo un estado elevado de conciencia o sólo una alucinación? ¿qué es nuestra conciencia: la reunión de miles de millones de neuronas o algo que conecta con el universo? Y es que el aún creciente auge del contexto racionalista y científico cuestiona las verdades religiosas e intenta exiliar a Dios de la cultura humana; mientras que las posturas materialistas, por su parte, hacen que se trivialicen los valores morales, señala The Global Spiral.

Posturas contrapuestas

 

Concretamente, en el terreno de la neurología, existe una gran división respecto a estas grandes y eternas preguntas. La mayoría de los neurocientíficos, los científicos cognitivos y los biólogos, se aferran a la visión científica tradicional, señalando que fenómenos como el alma o Dios no son más que los chispazos de un cerebro complejo, al igual que lo serían otras alucinaciones y fantasías del ser humano.

 

Por otro lado, también existen pensadores, entre ellos científicos, que no ven así las cosas. Es el caso de Beauregard, neurólogo que, hace unos años por ejemplo, investigó a un grupo de monjas carmelitas, recopilando según él evidencias de que las experiencias religiosas tienen un origen no-material y que no provienen del cerebro.

 

Como él, algunos científicos creen que la mente es algo más que las macromoléculas, y que la dimensión espiritual del ser humano existe aunque no contemos con el método apropiado para conocerla.

 

El libro escrito por Bauregard y O’Leary explora los intentos más recientes por parte de la ciencia de localizar el “gen de Dios”, y defiende que nuestro cerebro está estructurado para la religión y que, por tanto, los intentos para reducir las experiencias espirituales a un fenómeno puramente material están mal enfocados.

Materialismo insuficiente

 

Según los autores, muchos científicos ignoran evidencias que desafían a los prejuicios materialistas que les impelen a pensar que nuestras experiencias son explicables sólo por causas materiales, y que el mundo físico es la única realidad.

Pero ese materialismo científico no puede explicar por sí solo fenómenos irrefutables como la intuición, la fuerza de voluntad, el efecto placebo en medicina o las experiencias cercanas a la muerte, señalan los científicos.

 

The Spiritual Brain explora, en definitiva, las últimas investigaciones neurológicas al respecto de todos estos fenómenos más allá de la materia, en un intento de contradecir la perspectiva más extendida, la materialista.

 

Para ello, los autores han vertido en la obra numerosas citas de autoridades en la materia y han presentado argumentos, según The Global Spiral, bastante persuasivos, sobre lo inadecuado del paradigma materialista actual para la interpretación y el conocimiento de diversas materias.

 

Neurociencia y Dios

 

Todas estas ideas las expresó Beauregard en una entrevista publicada por HarperCollins. En ella, el neurólogo explicaba cómo la neurociencia no científica demuestra que la mente es real y puede cambiar el cerebro.

 

El neurocientífico afirmó haber demostrado, con otros neurocientíficos, cómo la mente influye en el cerebro a través de técnicas de registro de imágenes de la actividad cerebral. Estas técnicas demostraron el poder de la voluntad sobre el cerebro, con participantes que controlaron sus pensamientos tristes o las respuestas eróticas ante imágenes estimulantes en este sentido.

 

En cuanto a la pregunta sobre si la neurociencia puede demostrar la existencia de Dios, Beauregard señaló que no, porque Dios no puede convertirse en un objeto de la investigación científica, pero el científico opina que determinados fenómenos que ocurren en la mente, como la telepatía, pueden ser consistente con la creencia en una realidad más allá de la materia, y esta creencia podría ser consistente a su vez con la creencia en la existencia de Dios.

 

En Tendencias21 ya publicamos un artículo en 2007 sobre los estudios de Beauregard y otros neurocientíficos canadienses acerca de las redes neuronales implicadas en las experiencias místicas de las monjas carmelitas.

 

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LA TESIS CRISTADELFIANA DEL DIABLO COMO LA PERSONIFICACIÓN DEL MAL Y DEL PECADO NO ES BÍBLICA

 

Por Ingº Mario A Olcese (Apologista)

Antes de enumerar las razones por las cuales sostengo la existencia del diablo personal y cósmico (ángel caído), que a mi entender es el primer homicida y mentiroso, es que de no hacerlo así, muchos incautos podrían salir engañados más fácilmente por los argumentos retorcidos y rebuscados de los “demonofóbicos”, o por aquellos que han sido seducidos por la idea del “mito” del diablo. Además, se genera automáticamente un peligro aún mayor, porque al no percibir a este diablo-angélico como un poderoso enemigo cósmico, los cristianos no tendrían porqué estar en guardia y orando para ser protegidos de un diablo que opera en contra de los hombres, empleando ardides y maquinaciones maquiavélicas. Es decir, ya no tendría sentido orar a Dios para recibir su ayuda o protección en el momento de la tentación.

A).- DOS ESPÍRITUS QUE PUEDEN MORAR EN EL HOMBRE

Una primera razón para creer en el diablo es que la Biblia nos dice que un espíritu puede morar o residir en un hombre. En el caso de los salvos, los creyentes, los siervos de Dios, el Espíritu que mora en ellos es el Espíritu de Dios. Lo dice Pablo muy claramente, así: ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?… ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros (es decir, que le pertenecemos a Dios)?  (1 Cor. 3:16). Esto es por demás interesante porque el hombre que tiene el espíritu de Dios morando en él PERTENECE A DIOS.

Todos los cristianos, incluyendo a los cristadelfianos, creemos que el espíritu santo es un espíritu que de alguna manera entra y mora en el creyente y le enseña y recuerda las enseñanzas del Señor (Juan 14:26). Sea o no el Espíritu Santo Dios, (tema para otro debate) lo cierto es que este es un espíritu— ¡el espíritu de Dios! Este espíritu puede ayudar al creyente a tener actitudes espirituales como es el amor, gozo, paz, paciencia, bondad, etc, etc (Gál. 5:22,23). También el espíritu de Dios nos convence de pecado, y nos brinda poder y fortaleza para contrarrestar el mal (2 Tim. 1:7).  En buena cuenta, el Espíritu del Padre, que es compartido por el Hijo, mora en el creyente para sellarlo como “hijo de Dios” (Rom. 8:12-17).

Pues bien, aquí viene otro detalle importante. Pablo también admite que un hombre puede recibir “otro espíritu” que aquel que los hijos de Dios reciben. Pablo lo dice así: Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que hemos predicado, ó recibiereis otro espíritu (contrario o adverso) del que habéis recibido (el espíritu Santo de Dios), u otro evangelio del que habéis aceptado, lo sufrierais bien” (2 Cor. 11:4).  Ese otro “espíritu”, como el espíritu de Dios, tiene el poder de hacer otras cosas distintas en el hombre que no concuerdan con las cosas que el espíritu de Dios hace en el creyente. Aquí Pablo habla de dos espíritus contrarios que pueden influir en el espíritu, alma y cuerpo del hombre (1 Tes.5:23), aunque por cierto los dos espíritus no pueden morar al mismo tiempo en el creyente.

El mismo Señor Jesucristo habló que un espíritu inmundo puede salir de un hombre, lo que quiere decir que también puede entrar. El dijo: “Cuando el espíritu inmundo ha salido del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla” (Mateo 12:43). Así que Jesús y Pablo están de acuerdo en que un espíritu distinto y nada bueno puede entrar en el hombre que vive de espaldas a Dios, tal como lo hace el espíritu de Dios en el creyente que decide hacerse Su hijo y servidor. El hombre está llamado a liberarse del espíritu negativo para dejar entrar el espíritu de Dios, y eso lo hace por decisión propia, ya sea optando por el bien o por el mal.

Si a los cristianos “demonofóbicos” les resulta inconcebible e incomprensible que algún ser humano sea manipulado por malos espíritus porque eso significaría que “la víctima” no tendría ninguna culpa de sus actos malvados, y por tanto no sería merecedor de castigo,  entonces tampoco deberían ellos creer que otro espíritu (el de Dios) pueda entrar en el creyente para guiarlo a la verdad y fortalecerlo para que pueda cumplir con sus dones y su ministerio. Pues, ¿qué mérito tendría este creyente para ganar la vida eterna en el reino de Dios si en realidad todo lo puede y lo hace gracias a la intervención de un poder Superior que mora en él y lo dirige que es el Espíritu del Señor?

B).- SI EL DIABLO ES LA PERSONIFICACIÓN DEL PECADO, ENTONCES DIOS ES LA PERSONIFICACIÓN DE LA JUSTICIA  

Una segunda razón por la cual no puedo aceptar la hipótesis cristadelfiana  del diablo como la personificación del pecado es que me vería forzado igualmente a aceptar que existe una personificación del bien y de la santidad en el vocablo “Dios”. Pues si la Biblia llama al mal, Diablo, ¿por qué no podríamos sostener que el impersonal bien es Dios? El asunto es simple, yo puedo personificar el mal y también lo puedo hacer con el bien. Los que personifican el mal y el pecado con el vocablo diablo suelen mostrarnos dos pasajes curiosos: la esclavitud bajo el pecado” (Juan 8:34) y  esclavitud bajo el diablo” (1 Juan 3:8), e inmediatamente deducen que “bajo el pecado” y “bajo el diablo” son sinónimos o equivalentes. Es decir, el diablo es el pecado. Esto parece interesante a primera vista, pero es una deducción peligrosa a mi juicio. Y les diré porqué creo que es peligrosa esa deducción. Hagamos ahora el mismo artificio de los “demonofóbicos”, manipulando pasajes de las Escrituras astutamente  como lo saben hacer ellos, pero esta vez, para con los pasajes que hablan de Dios. Veamos dos textos muy parecidos a los anteriores, y que son: siervos de Dios (Santiago 1: 1) y siervos de la justicia (Romanos 6: 18). Si seguimos la lógica de R. Bultmann, H. Haag, o de muchos otros opositores del diablo cósmico y supramundano (p.e. los cristadelfianos, los Meggidianos, etc), tendríamos que decir que Dios es la personificación de la justicia, ya que siervos de Dios’ y ‘siervos de la justicia’ parecen significar lo mismo. Entonces, ¿Cómo puede ser alguien “siervo de Dios” y “siervo de la justicia” al mismo tiempo, salvo que la justicia sea Dios, o Dios la personificación de la justicia? Entonces tendríamos que decir, como afirman los cristadelfianos  sobre el diablo, que Dios no existe. Que Dios es simplemente lo opuesto al diablo (=pecado, maldad, oposición, etc), es decir, justicia, bondad, santidad, etc. Pero a esto los cristadelfianos lanzan su grito de protesta al cielo, diciendo con ira: ¡Pero qué barbaridad está usted diciendo, Sr. Apologista! ¿Cómo no va a existir el Todopoderoso e invisible Dios, el Creador del Universo? Pues yo les contesto: Si ustedes no creen en el originador del pecado y de la maldad, tampoco puedo creer en el originador de la bondad y la justicia. Sinceramente creo que podemos usar todo nuestro ingenio para demostrar con la misma Biblia que el bien y la justicia se los puede personificar con el vocablo “Dios”, pero hacer eso sería una temeraria irresponsabilidad que nos podía costar muy caro.

C).- DIABLOS Y DILUVIOS EN LOS LLAMADOS MITOS PAGANOS

Una tercera razón por la que creo en el diablo es que fuera de la Biblia y del pueblo Hebreo, casi todas las naciones paganas del mundo existieron relatos, tradiciones y leyendas de espíritus o poderes espirituales que se debían combatir o resistir. Y aunque algunos protesten diciendo que esa creencia fue producto de la superstición y la ignorancia, lo extraño es que igualmente la mayoría de civilizaciones antiguas alrededor del mundo tuvieron sus propios relatos de una inundación catastrófica, (el llamado “mito del diluvio global”), aunque con algunos matices distintivos que los diferenciaban entre sí. Por otro lado, las creencias y experiencias tribales en tenebrosos poderes sobrenaturales y los rituales arcanos que practicaban para aplacar la ira de esas fuerzas cósmicas maléficas que aún hoy existen, incluso en los pueblos más legendarios, nos llevan a pensar que hay un mundo espiritual y desconocido. Recordemos que la creencia en el bien y en el mal siempre fue parte de la propia vivencia o experiencia cotidiana de los pueblos, y que los impulsó a buscar y a adorar a sus deidades benefactoras y benévolas para que encontrar la protección esperada. No hay prácticamente pueblo alguno en la tierra hoy que no crea en una suerte de poderes supra mundanos negativos o que no practique alguna forma de magia o ritual de limpieza y de purificación para expulsar de los poseídos los  espíritus sutiles maléficos. ¿Podría ser todo esto mera casualidad? ¿Podría ser mera coincidencia de que las tres religiones monoteístas del mundo crean en Espíritus impuros o ángeles caídos? Es interesante lo que los árabes musulmanes creen sobre los demonios. La historia de la caída de un ángel rebelde de los mususulmanes (según lo cuenta el Corán) parece coincidir con la creencia Judía y cristiana de la caída de Satanás, un arcángel poderoso. De un modo genérico podemos afirmar que las nociones cristianas sobre el Demonio, vigentes hasta hoy, están absolutamente calcadas de la judías que imperaban en el siglo I de nuestra era y que han cambiado muy poco en casi dos mil años.

Incluso en escritos apócrifos Judíos como la Vida de Adán y Eva (un escrito judío siglo I d.C., considerado hoy uno de los Apócrifos del Antiguo Testamento) difieren poco de las que hoy puede tener un cristiano corriente sobre el diablo. Para este autor anónimo de esta obra apócrifa “Vida de Adán y Eva”, el Diablo es un ángel malo, enemigo acérrimo del hombre, contra quien entabla una incesante lucha para tomar venganza ya que su situación de diablo tiene su principio en un acto de desobediencia a Dios por no querer adorar a Adán, que –según una antigua tradición- poseía una semejanza consustancial de espíritu con la divinidad que los diablos no tenían. Seducir y dañar al hombre es su único propósito. Veinte siglos después estas líneas maestras han cambiado poco. En todo caso, la creencia de los pueblos giró casi siempre en torno a poderes cósmicos que debían ser adorados, aplacados, o hasta neutralizados, ya sea a través de rituales de sacrificios de animales, o bien a través de conjuros e invocaciones específicos, tal como hoy se hacen los exorcismos invocando a una entidad (o entidades) aún más poderosa para que los auxilie.

En este punto creo que hay un mundo oculto que no puede ser explicado meramente como supercherías o supersticiones populares. Todos los pueblos de algún modo creen que deben hacer frente a fuerzas negativas que actúan independientemente y libremente entre ellos. Fuerzas que son mucho más poderosas y peligrosas que las del hombre común y corriente, y que de hecho no pueden ser explicadas como simples mitos o creencias populares intrascendentes.

D).- EL DIABLO Y SATANÁS ES SIEMPRE EN SINGULAR

Una cuarta razón por la cual creo en un diablo singular cósmico y maléfico es que en la Biblia se habla de él siempre en singular. Jamás en el NT se encontrará el plural de Diablo, de Adversario, de Tentador, de Dragón, de Acusador, etc, todos adjetivos para el enemigo cósmico de Dios y de los hombres, Satanás. Incluso Satanás siempre aparece en singular y no en plural. Si en realidad el diablo es un sinónimo para los pecados o para todos los hombres o autoridades que se oponen a Dios, a Su Hijo, y a la iglesia, debería la Biblia de hablar de diablos, adversarios, acusadores, tentadores, Satanases, etc. Sin embargo, esto no sucede jamás. Obviamente esto es así simplemente porque la Biblia nos habla de un singular diablo, uno en especial, que por otro lado viene perturbando el orden de cosas existente desde la misma creación, como lo demostraré después. En cambio, sí existe el plural malvados, impíos, pecadores, enemigos, protervos, burladores, etc, porque obviamente se refieren a cualquier ser humano que se opone a Dios. Este contraste entre un ser maléfico único y singular y los otros seres maléficos de este tierra (los hombres impíos), destaca en toda la Biblia. 

E).- UN DIABLO QUE VIENE PECANDO DESDE LA CREACIÓN DEL HOMBRE

Una quinta razón por la cual creo en el diablo angélico es que Juan lo ubica como pecando desde el principio de la creación. Esto es importante, ya que nadie, en los tiempos de Juan, pudo estar vivo desde el mismo día de la creación del hombre. Esto significaría que quienquiera que fuera ese diablo, en los tiempos de Juan tendría unos 4000 años de edad. ¿Es eso posible? Veamos lo que dice Juan en 1 Juan 3:8: “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”. Nótese que Juan dice que el diablo peca (o continúa pecando) desde el principio. ¿Qué principio es éste? Algunos creen el principio mencionado por Juan es el principio de la existencia de este ser llamado Diablo. Pero esto es absurdo, ¿pues quién podría ser esta criatura que desde el mismísimo principio que fue creado pecó? Es decir, ¡creería alguno que Dios creó a este diablo, por decir, a la 1 A.M, y a la 1:01 AM cayó en pecado? Realmente no tiene sentido. Otros por allí sostienen que la respuesta está en el verso 11, que dice: “Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros”. Es decir, que alguien que es llamado diablo viene pecando desde el  principio, o desde el mismo momento en que ellos (los cristianos) oyeron el mensaje. ¿Pero tiene sentido eso? ¿A quién se podría haber referido Juan por diablo, el cual, supuestamente, venía pecando desde el mismo momento en que se les dio a esos discípulos el mensaje? Realmente no tiene mucho sentido esta explicación, ya que el contexto de 1 Juan 3 no se insinúa a ninguna autoridad civil o militar que estuviera oponiéndose o haciéndoles la vida imposible a esos creyentes. Lo que sí es claro es que para esos cristianos, el vocablo diablo se refería a alguien que no era desconocido para ellos y que no era propiamente un amigo de Dios y de la iglesia naciente. Pues la pregunta persiste: ¿A qué otro principio podría referirse el apóstol Juan? Pues la respuesta es simple: tanto en su evangelio, como en su primera epístola, el apóstol Juan introduce el concepto del principio de la creación. En 1 Juan 1:1 él dice: Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida” (Comp. Con Juan 1:1). Nótese que 1 Juan 1:1 es el verdadero contexto para 1 Juan 3:8 y no 1 Juan 3:11 que es posterior. Así que 1 Juan 1:1 es el versículo que verdaderamente nos alumbra para entender a qué principio se refería el apóstol para el inicio del pecado de este misterioso diablo. Entonces, iluminados por 1 Juan 1:1 nos convencemos de que el diablo peca desde el principio de la creación, y especialmente, cuando Dios creó al hombre. Es desde este momento cuando este singular diablo comenzó a pecar y continuaba pecando aun en los tiempos de Juan. Y esto se ve también reflejado en el hecho de que este diablo es mentiroso y homicida desde el principio, según las mismas palabras de Jesús: Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.  Aquí hay una valiosa información adicional del diablo, pues éste, que peca desde el principio de la creación, es también homicida desde el principio, y el padre (originador, el fundador) de la mentira. Esto, automáticamente descarta a cualquier persona que fue contemporánea con Juan, pues ciertamente nadie de entonces pudo ser el primer mentiroso y homicida del mundo. Aquí Jesús (en Juan 8:44), y Juan (en 1 Juan 3:8) nos hablan de un personaje singular, que hace de las suyas desde la misma creación del mundo, siendo el primero en mentir y matar. Ahora bien, ¿Quién pudo ser ese homicida desde el principio, y además, el padre de la mentira. Obviamente la serpiente antigua, el tentador, el diablo angélico,  que le mintió a la primera pareja humana y los hizo pecar para que murieran “en ese mismo día”. De allí que es homicida desde el principio.

F).- EL HECHO DE QUE HOMBRES HAYAN FUNGIDO DE “DIOS” Y DE “SATANÁS” NO ANULA LA VERDAD DE QUE EXISTE UN SOLO DIOS Y UN SOLO SATANÁS VERDADEROS

 Una sexta razón por la cual creo en la existencia de un singular diablo angélico rebelde es que aunque es verdad de que Judas Iscariote y Simón Pedro son llamados ‘diablo’ y ‘Satanás’ respectivamente (Ver Juan 6:70 y Mateo 16: 23), esto no quiere es razón suficiente para decir que no pueda existir un verdadero y único diablo espiritual que actúa adversamente a los dictados de Dios. Por ejemplo, también hubo hombres santos que fungieron de ‘Dios’, o fueron llamados “Dios” como Aarón (Exodo 4:16),  Moisés (Éxodo 7: 1), y los jueces de Israel (Juan 10: 34), y sin embargo este hecho no anula la existencia de un VERDADERO Dios Todopoderoso, Espiritual, Justo, y Eterno. Y aunque Pablo menciona A ALGUIEN LLAMADO “EL DIOS DE ESTE MUNDO” EL CUAL HA CEGADO EL ENTENDIMIENTO DE LOS INCRÉDULOS (2 Cor. 4:4), ESTE DIOS NO ES EL VERDADERO Y ÚNICO DIOS QUE ES EL CREADOR DE TODO (Juan 17:3). Del mismo modo, el hecho de que hombres hayan sido llamados “DIABLO” O “SATANÁS” en este mundo, NO HAY RAZÓN SUFICIENTE PARA NEGAR LA EXISTENCIA DE UN VERDADERO Y ÚNICO SINGULAR DIABLO que está por encima de los hombres y que buscar tentarlos y destruirlos.

No creo que Pedro haya creído que Jesús lo haya considerando a él como Satanás  (cuando le dijo: “Apártate de mí Satanás”)… aquel Satanás que Pablo afirmó que era capaz de transformarse en un ángel de luz, sino, más bien, que él se estaba dejando engañar por las insinuaciones de Satanás. Podría darse el caso de que Jesús viese en Pedro al mismo Satanás que hablaba a través de él. Lo que quiero decir es que Satanás pone en el corazón del hombre un mal deseo o pensamiento para convertirlo en un adversario. En Hechos tenemos el caso de Ananías y Safira. Pedro, a quien antes Jesús se dirigió a él como Satanás, pasa a decirle a Ananías: Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón á que mintieses al Espíritu Santo, y defraudases del precio de la heredad?” (Hechos 5:3). Esto demuestra que Pedro no creyó que Ananías fuera Satanás por su proceder malvado, sino que lo acusa de haberse dejado engañar por Satanás para que mintiese al espíritu santo. En buena cuenta, Ananías fue seducido y engañado por Satanás, el VERDADERO diablo. ¿Quién podría haber sido este Satanás sino el padre de la mentira y el primer homicida? Acaso fue Safira, su esposa? Si fue así,  ¡entonces no debió ser Satanás, sino “Satanasa”! 

Un detalle más, en Lucas 22:31 Jesús mismo habla que un Satanás había pedido “zarandear” a Pedro con sus pruebas duras. Dice el texto así: “Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte…” Ahora tenemos a un Pedro que tiene a un enemigo Satanás (Adversario) que ha pedido al Señor para zarandearlo. ¿Sería este Satanás alguna autoridad civil o militar de entonces? Que sepamos, ninguna, ya que los detractores de Jesús no le tenían ninguna consideración ni reverencia como para pedirle permiso para cualquier cosa. La única posibilidad es que fuera el verdadero Satanás angélico, quien sí sabía perfectamente que Jesús era el mismísimo Hijo de Dios a quien se le debía respeto debido.

G).- EL QUE PRACTICA EL PECADO ES DEL DIABLO—NO DIABLO

 La Séptima razón por la que creo en el diablo “tradicional” es que la Biblia dice que “el que practica el pecado es del diablo” (1 Juan 3:8). Acá Juan no habla de un pecado en particular, sino de cualquier pecado. Esta es una regla básica y general: el que practica el pecado es DEL DIABLO—¡no diablo! Es interesante esta palabrita “DEL”, ya que indica pertenencia. Si yo peco me vuelvo esclavo del diablo, en su siervo, en su hijo, o en lo que fuere. La Biblia nos dice que podemos ser “de Dios” (1 Juan 5:19) o “del diablo” (Juan 8:44), es decir, que podemos pertenecer a Dios (un Ser) o al diablo (otro Ser, no cosa). Si yo peco, soy de la persona del diablo; si no peco, soy de la persona Dios. Tanto Dios como el Diablo se convierten en nuestros amos y señores dependiendo a Quién elijamos escuchar y seguir. Los fariseos fueron acusados por Jesús de ser hijos del diablo porque los deseos del diablo hacían (Juan 8:44). De modo que si yo opto por el bien y la justicia, paso a las filas de la persona Dios como Su Hijo; y si hago lo malo, paso a las filas de la persona del diablo como su hijo. Esta es una ley que viene rigiendo desde la misma creación del hombre. Hay un Dios, y un diablo que vienen operando desde la misma creación del hombre, y que de alguna manera esperan que los hombres se decidan por ellos. Entonces es falsa la tesis que dice que el diablo es la personificación del pecado, ¿pues cómo podría ser que el que practica el pecado sea del pecado? No sé si me explico bien.

H) EL DIABLO DEBE SER RESISTIDO, NO LOS HOMBRES MALOS

Una octava razón que me lleva a creer en el diablo como un ser cósmico y angélico es por lo que se dice del diablo en Santiago 4:7 (“Resistid al diablo y huirá de vosotros”), pues este diablo no puede referirse a ningún hombre con poder. Y hay dos motivos: Primero, porque resulta difícil creer que la comunidad cristiana pudiese vencer o hacer huir a alguna autoridad impía, como por ejemplo, a Nerón, Tiberio, Calígula, Herodes, etc, y a sus fuerzas, en el caso de que estos “diablos” los persiguiesen cruelmente. ¿Cómo podría hacer huir a hombres impíos poderosos que los sometían,  aquella iglesia perseguida y sufriente que tenía que estar agazapada o escondida y sin contar con armas de ningún tipo? Segundo, Cristo manda a no resistir a los hombres impíos, es decir, a no atacarlos violentamente. Sus palabras son claras: “Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiere en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.” (Mateo 5:39). ¿Cómo entonces armonizar Mateo 5:39 con Santiago 4:7? Es sencillo. Jesús habla en Mateo 5:39 de hombres malos que nos persiguen y nos golpean, y a quienes podemos ver cara a cara. En cambio, Santiago está hablando de un diablo singular, espiritual y cósmico, al cual se le puede hacer huir sólo con la ayuda de nuestro Señor Jesucristo. La Biblia da sobrado testimonio de cómo los espíritus diabólicos temblaban al ver a Jesús. Hemos visto que en el nombre del Señor los demonios cósmicos huyen, literalmente hablando (Lucas 9:49; Hechos 4:12; Romanos 10:13; Mateo 7:22). De modo que podemos decir que el diablo de Santiago no es una persona humana sino cósmica y espiritual, sin lugar a dudas. 

I).- PABLO DIFERENCIA AL DIABLO DEL PECADO

 

Una Novena razón por la que creo en el diablo  es por lo que leo en Efesios 4:27, y su contexto, el verso 26, que dicen: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo”.

 

Pues bien, las palabras de Pablo en los versos anotados arriba me inducen a concluir indefectiblemente que el pecado no puede ser el diablo, aunque los cristadelfianos nos digan lo contrario. Y es que acá Pablo separa el pecado del diablo muy claramente. El dice “no pequéis… NI deis lugar al diablo”, lo que quiere decir que el pecado para Pablo es una cosa y el diablo, otra. Esa palabrita “NI” hace que el pecado sea distinto del diablo. Pablo advierte claramente contra dos cosas distintas: el pecado y el diablo, pues el diablo es el que tienta para que pequemos. Si Pablo hubiera dicho: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, NO (en vez de ‘NI’) deis lugar al diablo”, probablemente pudiéramos concluir que el pecado puede equipararse al diablo. Pero acá el diablo es alguien que está relacionado con el pecado, alguien que desea que pequemos o que desobedezcamos las leyes de Dios. ¿Quién podría ser este diablo que gozaría que los cristianos se peleen entre sí a tal punto de hacerse daño severo? Yo creo que debe ser alguien que siempre está pendiente de nosotros para hacernos caer en pecado, alguien sobrenatural y no meramente un hijo del vecino.

II).- UN SOLO DIABLO ECHADO EN EL INFIERNO

La décima razón que me lleva a pensar en un solo diablo cósmico que es también Satanás está en Mateo 25:41 (“…Al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”). Si hay muchos diablos, ¿Por qué aquí se habla de un solo diablo que es arrojado al “fuego eterno” con sus ángeles? ¿No deberían ser arrojados allí todos los diablos, y no tan sólo uno, con sus ángeles? Aquí hay un castigo extremo, capital, definitivo para alguien llamado “El diablo”. Pero sin duda aquí no se refiere a ningún humano, sino a algún ser extremadamente impío, maléfico, cruel, abominable, etc. Debe ser un líder, cabecilla, estratega, “el cerebro” de las acciones impías en la tierra y el cosmos. No es un Hitler, ni un Napoleón, ni un Calígula, ni un Herodes, ni un Atila, ni un Stalin, etc; aunque tiene rasgos de todos ellos en su ser. Definitivamente es alguien que merece estar en el “fuego eterno”, y con él, sus servidores angélicos y humanos.

Hay muchas otras evidencias que me impelen a creer en un diablo en especial, uno que opera desde otra dimensión, y que tiene un poder mayor al humano como para que necesitemos del auxilio del Señor.  Pero estas evidencias son para mí más que suficientes para creer en un diablo cósmico tal como siempre han creído y aceptado los fieles de Dios por milenios.

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IRENEO DE LYÓN Y EL DIABLO LITERAL

IRENEO DE LYÓN Y EL DIABLO LITERAL

Ireneo de Lyon

 

Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)

 

Para quienes no lo conozcan, Ireneo de Lyón, reconocido en el ámbito cristiano como uno de los más grandes padres de la Iglesia cristiana primitiva, notable apologista de la sana doctrina del siglo II y III D. C. Su carta de reputación lo avala como un apologista ortodoxo que combatió las principales herejías de su época, ajenas al los fundamentos del verdadero cristianismo. Ireneo de Lyón fue nada más ni nada menos discípulo de Policarpo de Esmirna, y este último del apóstol Juan.

 Fue el mismo Policarpo quien lo envió a las Galias el 157 D. C, y en el 177 D. C. y en Lyón profesó el ministerio de presbítero. Combatió el movimiento de los montanistas, muy parecido al movimiento extravagante pentecostal de la actualidad. Se piensa que su muerte resultó entre el 202 y el 208 de nuestra era.

Ireneo de Lyón, en su tratado «Contra Herejías», teniéndose en cuenta el antecedente de importancia que lo respalda  como «un gran hombre de Dios», escribe sobre la «literalidad de la persona del diablo». Así que, presentamos, una prueba fidedigna más, tradicionalista, histórica y veraz, contundente en demasía, que refuta la teoría errónea cristadelfina de que el diablo es una “representación alegórica  de la maldad evocada por el pecado inherente en la humanidad caída y depravada”. Vemos a continuación:      

2.10. El padre de la mentira

23,1. Porque ya se había acostumbrado a mentir contra Dios, con tal de seducir a los hombres. Al principio Dios había dado al hombre toda suerte de alimentos, y sólo le prohibió comer de un árbol, como en la Escritura Dios dijo a Adán: «Puedes comer de todo árbol del paraíso, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás; pues el día que comieres de él, morirás de muerte» (Gén 2,16-17). El (diablo), mintiendo contra Dios tentó al hombre, como en la Escritura la serpiente dijo a la mujer: «¿Por qué dijo Dios: No comerás de ningún árbol del paraíso?» (Gén 3,1). Ella rechazó la mentira, y con simplicidad mantuvo el precepto al responder: «Podemos comer de todo árbol del paraíso, pero sobre el fruto del árbol que está en medio del paraíso, dijo Dios: No comeréis de él ni lo tocaréis, para que no muráis» (Gén 3,2-3).

Habiendo la mujer explicado el mandato de Dios, (el diablo) habituado a la astucia de nuevo la engañó usando otra mentira: «No moriréis de muerte. [1185] Dios sabía que si un día coméis de ese árbol, se abrirán vuestros ojos, y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gén 3,4-5). En primer lugar, en el paraíso de Dios disputaba sobre Dios, como si éste estuviese ausente; ignoraba, en efecto, la grandeza divina. En seguida, habiendo oído de ella que Dios habría dicho que ellos morirían si gustaban de tal árbol, añadió otra mentira: «No moriréis de muerte». Mas, como Dios es veraz, y en cambio la serpiente es mentirosa, los efectos probaron que la muerte sería la consecuencia si ellos comían. Al mismo tiempo ellos gustaron del bocado y de la muerte; porque comieron por desobediencia, y la desobediencia produce la muerte. Por eso fueron ellos entregados a la muerte, pues se hicieron sus deudores.

23,2. Porque ellos murieron el mismo día en que comieron y se hicieron deudores de la muerte, por ese motivo uno solo es el día de la creación: «Se hizo tarde y mañana, día primero» (Gén 1,5). En el mismo día comieron y murieron. Considerando el ciclo y el curso de los días, de acuerdo al cual se les llama primero, segundo y tercero, si alguien quiere investigar con diligencia cuál de los siete días murió Adán, lo descubrirá a partir de la Economía del Señor. Porque él, para recapitular en sí a todo el hombre desde el principio hasta el fin, también recapituló su muerte. Es claro que el Señor, por obediencia al Padre, sufrió la muerte el mismo día en que Adán murió por desobedecer a Dios. Y en el mismo día en que comió, en ese día murió, pues Dios le dijo: «El día en que comiéreis, moriréis de muerte» (Gén 2,17). Para recapitular en sí mismo ese día, el Señor asumió la pasión la víspera del sábado, o sea el sexto día de la creación, en la cual el hombre había sido plasmado, a fin de darle mediante su pasión la segunda creación, fruto de su muerte.

Algunos incluso ponen la muerte de Adán en el año mil, [1186] porque «los días del señor son como mil años» (2 Pe 3,8; Sal 90[89],4). Adán no sobrepasó, pues, los mil años, sino que murió dentro de ellos, para cumplir la sentencia de su transgresión. Sea, pues, por la desobediencia que lleva a la muerte, sea porque desde entonces fueron entregados a ella y se hicieron deudores de la muerte, sea porque murieron el mismo día en que comieron ya que fue el primer día de la creación, sea por el ciclo de los días pues murieron el mismo día en que comieron, es decir en la Pascua (que significa la cena pura393) que cae en viernes (día que el Señor eligió para sufrir), sea porque Adán no sobrepasó los mil años sino que murió dentro de ellos: según el significado de todos los hechos anteriores, Dios se mostró veraz. Murieron los que comieron del árbol, y la serpiente se manifestó mentirosa y homicida, como el Señor dijo refiriéndose a ella: «Desde el principio es homicida y no permaneció en la verdad» (Jn 8,44).

2.11. El miente desde el principio

24,1. Así como mintió al principio, también mintió al final, cuando dijo: «Todo esto me ha sido entregado y lo doy a quien quiero» (Lc 4,6). Pues no es él, sino Dios, quien delimitó los reinos de la tierra: «El corazón del rey está en manos de Dios» (Prov 21,1). Y por Salomón dice la Palabra: «Por mí reinan los reyes y los poderosos ejercen la justicia; yo exalto a los príncipes y por mí los jefes reinan sobre la tierra» (Prov 8,15-16). Y sobre lo mismo, escribe Pablo: «Sujetaos a las autoridades constituidas; pues el poder no viene sino de Dios. Y las que hay están establecidas por Dios» (Rom 13,1). Y también dice refiriéndose a ellas: «Pues no sin motivo lleva la espada, pues es un ministro de Dios, para tomar venganza con dureza de los que obran el mal» (Rom 13,4). No dice esto a propósito [1187] de los poderes angélicos ni de príncipes invisibles, como algunos se atreven a interpretar, sino de los gobiernos humanos, pues dice: «Por eso pagáis tributos, pues son ministros de Dios y en eso ejercitan un servicio» (Rom 13,6). El Señor confirmó lo mismo, no haciendo caso de los engaños del diablo, cuando mandó a Pedro pagar a los cobradores el tributo por sí y por él, porque «son ministros de Dios y en eso ejercitan un servicio».

24,2. Una vez que el hombre se apartó de Dios, se convirtió casi en una fiera, de modo que tuvo por enemigo incluso al de su propia sangre, y se entregó a todo tipo de desorden, homicidio y avaricia, sin temor alguno. Por ello Dios impuso el miedo a los hombres, ya que no conocían el temor a Dios; los sujetó al poder humano y los controló con la ley, a fin de que ésta ejerza una cierta justicia y los hombres se controlen unos a otros, temiendo la espada que abiertamente los amenaza, como escribe el Apóstol: «No sin causa lleva la espada; porque es ministro de Dios, para ejercer la cólera y la venganza contra quien haga el mal» (Rom 13,4). Por este motivo a los magistrados, revestidos de la ley como divisa, no se les pedirá cuenta ni se les castigará por todo aquello en que actuaren de manera justa y legítima. En cambio, si hicieren algo inicuo e impío para dañar al justo o para contravenir la ley, o ejercitaren su servicio de modo tiránico, perecerán; porque el justo juicio de Dios se aplica a todos por igual y no falla en ningún caso. Dios, pues, estableció el reino de la tierra en favor de los gentiles (no lo hizo el diablo, porque siempre anda inquieto, más aún porque pretende siempre que los pueblos no vivan en paz), a fin de que, temiendo el poder humano, los hombres no se traguen unos a otros como los peces, sino que por la disposición de la ley controlen la multiforme injusticia de los paganos. En este sentido son ministros de Dios. Y si son ministros de Dios, los que nos cobran los impuestos en ello ejercitan un servicio.

24,3. «Toda autoridad ha sido dispuesta por Dios». Es, pues, claro que el diablo miente cuando dice: «Todo me han sido entregado y lo doy a quien quiero». Aquel por cuya disposición existen los hombres, también con su mandato establece a los reyes adecuados a los tiempos y personas [1188] sobre las que reinan. Algunos son elegidos para la corrección y el provecho de los súbditos y para conservar la justicia; otros para infundir temor, castigo y reproche; otros para la vanidad, insolencia y orgullo, según los súbditos lo merecen; pues, como hemos dicho arriba, el justo juicio de Dios recae igualmente sobre todos. Mas el diablo, siendo un ángel apóstata, puede hacer solamente lo que hizo desde el principio: seducir y arrastrar la mente del hombre a transgredir los preceptos de Dios, y cegar poco a poco los corazones de aquellos que se dedican a servirlo; de este modo les hace olvidar al verdadero Dios, y adorarlo a él como si fuese Dios.

24,4. Es como si un rebelde, habiéndose apoderado por la fuerza de una región, perturbara a quienes viven en ella, y reivindicara para sí la gloria del rey para gobernar a aquellos que ignoraran que es un ladrón y un rebelde. Del mismo modo el diablo, siendo uno de los ángeles elevados sobre los aires, como escribió el Apóstol Pablo en su Carta a los Efesios (Ef 2,2), por envidia del hombre (Sab 2,24) apostató de la ley divina: pues la envidia es ajena a Dios. Y como en el hombre quedaron desenmascarada su apostasía y al descubierto sus intenciones, el diablo se fue haciendo cada vez más enemigo del hombre, envidiando su vida y queriendo aprisionarlo en su poder rebelde. En cambio el Verbo de Dios hacedor de todas las cosas, venciendo al diablo por medio del hombre y dejando al desnudo su rebeldía, sujetó al diablo al poder del hombre, cuando dijo: «Os doy el poder de pisotear serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo» (Lc 10,19). De esta manera, habiendo él dominado al hombre por la apostasía, su rebelión quedó anulada por el hombre que retorna a Dios.

 

Dios les bendiga siempre.