¿DEBE LA IGLESIA SOSTENER A LOS “PASTORES” O ”LÍDERES DE LA IGLESIA?

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La pregunta es ¿existe una indicación bíblica para que la iglesia sostenga económicamente a los “pastores” o “líderes” de la iglesia…?

Lamentablemente para muchos, no hay indicio de ello.

Al contrario, la exhortación de Pablo es no convertirse en carga para nadie. A pesar de que algunas veces recibió ayuda, lo hizo de manos de los más pobres para demostrar a los cristianos ricos la actitud con que debería darse. Por otro lado, en 2 Corintios 11:8-12, Pablo contrasta su actitud de predicar el evangelio gratuitamente, con la de los súper apóstoles, los falsos maestros, quienes lo hacían esperando retribución económica.

Quienes apoyan una respuesta afirmativa, citan 1 Timoteo 5:17-18

Los presbíteros que presiden bien merecen un doble honor, sobre todo los que se esfuerzan en la predicación y en la enseñanza. Pues dice la Escritura: “No pondrás bozal al buey que trilla”, y “el obrero merece su salario”.

Con el falso argumento de que “presbiteros” significa “pastores”, muchos líderes religiosos reclaman para sí como obligación el que la iglesia los mantenga económicamente.

Como primera medida, la palabra “presbíteros” no significa pastor (que es Poimén), sino “anciano”, “hombre mayor edad”. Y esto concuerda con el sentido amplio de las Escrituras.

Si observamos bien el pasaje, notamos que Pablo dice que los ancianos sean tenidos en doble honra, y “mayormente los que trabajan en predicar y enseñar”, mostrando con esto que pudieron haber ancianos que no trabajaban en predicar y enseñar, asunto que desmonta totalmente la teoría de que los llamados “ancianos” eran los que hoy se conocen como “pastores”. Para no alargarnos en este tema, quienes deseen saber quiénes eran y qué hacían los ancianos en la iglesia apostólica pueden ver el estudio de “¿Tienen los pastores autoridad espiritual sobre la grey…?” publicado en este sitio. Allí encontrarán evidencia bíblica de que los “ancianos” (presbíteros) eran precisamente eso: “personas de mayor edad” a quienes acudían los nuevos cristianos en busca de dirección, consejo y guía.


Según vemos en el contexto de 1 Timoteo 5, la iglesia debía mantener a las viudas mayores que no podían trabajar y que no tenían medio de sustento ni familiares que la sostuvieran. También se debía sostener a los ancianos que cumplieran estos requisitos, mayormente si estos trabajaban en predicar y enseñar; esto significaba “doble” honor.

El término griego “Poimén” que significa “pastor”, es utilizado muy pocas veces en el Nuevo Testamento. Aparte de las menciones hechas por Jesús a sí mismo, como el Buen Pastor, encontramos esta palabra una vez en Efesios 4:11; una vez en Hebreos 13:20 (refiriéndose a Cristo), En 1 Pedro 2:25 (citando a Isaías en referencia a Cristo) y de nuevo en 1 Pedro 5:4 (archipoimén), texto que también se refiere a nuestro Señor Jesucristo.

Los “pastores” que se auto nombran así, o quienes han sido designados por otros “pastores” para erigirse como gobernantes del rebaño de Cristo, usurpando el derecho del Señor, son calificados por Jesús como impostores que de ninguna manera son dueños de las ovejas. El único dueño de las ovejas es Cristo Jesús, nadie más. Otros hombres, como se lo ordenó a Pedro, pueden apacentarlas, pero no son más que meros “asalariados” que pueden huir cuando se aproxima el devorador. Cristo es el único que da la vida por sus ovejas, por eso es el Pastor Supremo:

De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es. A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.” Esta alegoría les dijo Jesús; pero ellos no entendieron qué era lo que les decía. Volvió, pues, Jesús a decirles: “De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa. Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor. Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.” Volvió a haber disensión entre los judíos por estas palabras. Muchos de ellos decían: Demonio tiene, y está fuera de sí; ¿por qué le oís? Decían otros: Estas palabras no son de endemoniado. ¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos? Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno, y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón. Y le rodearon los judíos y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. Jesús les respondió: “Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”

No hay duda de que muchos siervos de Dios quieren imitar al Gran Pastor, Jesucristo, ministrando a los nuevos creyentes y “discipulándolos” amorosamente hasta llevarlos a la altura de Cristo. Pero hay muchísimos más que fueron profetizados por Ezequiel:

Así ha dicho Jehová el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños? Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas. No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia. Yo salvaré a mis ovejas, y nunca más serán para rapiña; (Ezequiel 34:1-4,22)

Aquí, el profeta habla acerca de los “pastores” que se lucran de las ovejas de Cristo sin importarles las necesidades de ellas; antes bien, se han enseñoreado sobre ellas con dureza y con violencia. Dios promete rescatarlas para que nunca más sean rapiña de estos infames. Pero dependerá de cada oveja si quiere seguir siendo objeto de rapiña, esclavizada y débil o, por el contrario, quiere seguir la voz del Buen Pastor, Cristo Jesús.

Alrededor del mundo, están surgiendo personas que abandonan las denominaciones religiosas a las que han estado afiliados, porque no reconocen la voz del Buen Pastor en los lugares donde asisten. No encuentran refrigerio, consuelo ni descanso para sus atribuladas vidas sino que, en cambio, solamente escuchan un ensordecedor llamado a la sumisión a hombres. Claramente esa voz de estos “asalariados”, no sintoniza con la instrucción que Jesús dio a sus discípulos cuando dijo:

Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, (Mateo 20: 25-26)

Así que, una pregunta que pondrá en aprietos a cualquier líder religioso, será esta: “¿Con qué autoridad haces estas cosas…?” Fue la pregunta que le hicieron a Jesús quien obviamente sí tenía autoridad para hacer lo que hizo. Dudo muchísimo que los líderes religiosos modernos puedan contestar satisfactoriamente a esta interrogación.

Otro texto en que se apoyan quienes pretenden vivir de la iglesia esgrimiendo su “autoridad pastoral”, es el de Lucas 10:4, pasaje donde vemos a Jesús enviando a los setenta a predicar el evangelio (También Mateo 10 contiene instrucciones similares dadas a los 12) y diciéndoles que no lleven provisión ya que Dios los suplirá mediante la hospitalidad de los creyentes. Es cierto que dice: “el obrero es digno de su salario” pero no es menos cierto que Jesús insta a confiar en Dios para que esas necesidades sean suplidas sin que los obreros del evangelio sientan que sea una obligación de los hermanos creyentes el sostenerlos.

Por otro lado, este texto nos habla a todos los cristianos, no a una clase particular sacerdotal. Teniendo en cuenta que todos somos sacerdotes y que todos tenemos la obligación de predicar el evangelio de Cristo, ¿debe la iglesia mantenernos económicamente…? La respuesta es no. El mismo principio que se aplica a lo largo y ancho del Nuevo Testamento, debe ser aplicado aquí: Las ofrendas deben destinarse solamente a quienes realmente tengan necesidad de ellas, no a quien no quiera trabajar bajo pretexto de estar predicando el evangelio.

El mayor ejemplo de esto nos lo da el apóstol Pablo. En su Primera Carta a los Corintios, capítulo 9, vemos que Pablo menciona que su oficio apostólico le daba ciertos privilegios (no por el hecho de tener título de apóstol sino por su trabajo fundando la iglesia de Cristo, lo que por obvias razones le impedía tener un empleo fijo), entre los cuales estaba el que la iglesia le solventara todas sus necesidades.

Con todo el derecho de vivir de la iglesia, Pablo renunció a ese privilegio por el bien de la iglesia misma y del evangelio de Cristo. Aún a pesar de que Pablo podía legítimamente solicitar manutención de las iglesias que él fundó, jamás lo hizo y antes bien prefirió trabajar con sus manos haciendo tiendas “para no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo” (1 Corintios 9:12). Pablo dice correctamente que Cristo ordenó que quienes anuncian el evangelio, vivan del evangelio, refiriéndose a la misión de los doce y de los setenta, pero también dice que él no se ha aprovechado de este privilegio:

Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio! ¿Cuál, pues, es mi galardón? Que predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de Cristo, para no abusar de mi derecho en el evangelio. (1 Corintios 9:16,18)

La mayor gratificación para Pablo era predicar gratuitamente el evangelio de Cristo.

Al comparar Jesús a quienes ocupan su tiempo en la evangelización con los jornaleros del campo, se estaba refiriendo a la ley mosaica que obligaba al empleador pagar diariamente el trabajo del jornalero teniendo en cuenta que era pobre y dependía totalmente de su trabajo para sostenerse él y su familia. Era aberrante el que el patrón guardara el pago hasta el día siguiente y se hacía merecedor de un severo castigo si así lo hiciere.

Lo que nos muestra la Escritura al respecto, es que la iglesia reunida debe considerar quiénes están necesitados de apoyo económico. Como vimos, la preponderancia la tienen las viudas ancianas que no tienen a nadie ni medios de sustento, los huérfanos, a los ancianos que tampoco tengan medios de subsistencia y “mayormente los que trabajan en predicar y enseñar”, o sea ancianos pobres que además se ocupen en el servicio a los demás miembros de la iglesia; y, en general, la iglesia es exhortada a ayudar económicamente a quien tenga necesidad de ser ayudado, no a quien no quiera trabajar. Pablo es muy claro en esto:

Pero os rogamos, hermanos, que abundéis en ello más y más; y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado. (1 Tesalonicenses 4:10-11)

¿Alguna duda…?

Para recalcarlo tenemos un texto clarísimo donde Pablo exhorta a los creyentes que pretenden vivir cómodamente a costa del evangelio:

Porque vosotros mismos sabéis de qué manera debéis imitarnos; pues nosotros no anduvimos desordenadamente entre vosotros, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros; no porque no tuviésemos derecho, sino por daros nosotros mismos un ejemplo para que nos imitaseis. Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan Y vosotros, hermanos, no os canséis de hacer bien. Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence. (2 Tesalonicenses 3:7-14)

En resumen, podemos afirmar lo siguiente:

1. El dar diezmo y ofrendas no pueden obligar a Dios a que nos bendiga. No es posible chantajear a Dios.

2. Los cristianos no estamos obligados a dar diezmos.

3. Los cristianos podemos dar ofrendas, esto es agradable a Dios siempre y cuando consideremos este asunto privadamente con Él, sin pretender gloriarnos ante los hombres y sin esperar “recompensa”, sin hacerlo por necesidad ni con tristeza. Dios ama al dador alegre.


4. Nadie puede reclamar en derecho que la iglesia esté obligada a sostenerlo a él y a su familia arguyendo que está ocupado predicando el evangelio.

5. La Biblia apoya el que sostenga a quienes realmente tengan necesidad y carezcan de medios de subsistencia.

6. La Biblia es clara al afirmar que nadie que pueda trabajar debe constituirse en carga para la iglesia. Pablo es enfático en afirmar que “el que no trabaje, que no coma”.

7. La Escritura no es tajante sobre a quién debe entregarse la ofrenda. Sin embargo nos da pautas para dejarnos guiar por el Espíritu Santo en oración. No es cierto que las ofrendas deban ser entregadas a los líderes de la iglesia. Sin embargo, cuando una iglesia es sana y permite la dirección del Espíritu Santo, la iglesia –en conjunto-, siguiendo la dirección del Espíritu Santo, bien puede nombrar a algunos hombres probados para que administren bajo su guía el destino de las ofrendas, cuidándose de rendir cuentas claras a la congregación.

Para concluir, con toda la prueba escritural que habla en contra de las personas que pretenden vivir del evangelio convirtiéndose en una carga para la iglesia, los cristianos somos libres de decidir si honramos con nuestras ofrendas a hombres dedicados al evangelio, ejemplo a la grey, que se esfuerzan por rendir un servicio sagrado a la iglesia universal de Cristo. Conozco a muchos siervos dedicados que ministran en denominaciones de Asambleas de Dios, y en la Misión Carismática Internacional, que no reciben ayuda económica alguna porque todavía no son “pastores” y, por tanto, no tienen “derecho” a tal ayuda. Ellos trabajan diariamente barriendo, limpiando baños, arreglando sillas, adecuando el sonido, visitando enfermos, alentando a los nuevos y, en general, haciendo lo que creen correcto, y tristemente no reciben muestras de misericordia ni aprecio por su trabajo. En contraste, los “pastores” que están sobre ellos, “enseñoreándose” de la grey, viven cómodamente sin trabajar, se pasan la mayor parte de su tiempo viendo programas de televisión, durmiendo en sus casas, viajando por otros lugares con el dinero de la iglesia so pretexto de evangelizar, hospedándose en hoteles costosos, divirtiéndose con sus familias y gastándose impropiamente el dinero que debería ser utilizado para ayudar a los necesitados de la iglesia.

Estos “pastores”, después de suplir sus propias necesidades, colocan en segundo lugar de prioridades la compra de sillas, la adquisición de equipos, la construcción de templos, los “viajes misioneros” y otras cosas superfluas, ignorando que, al igual que con la ley mosaica, el propósito supremo de las ofrendas es mostrar amor y misericordia por el necesitado.

Porque es en esto que probamos amar a Dios.

Dios los bendiga.

Ricardo Puentes M

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