LA NUEVA CREACIÓN: CIELOS NUEVOS Y TIERRA NUEVA

Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD).

El libro de Apocalipsis, es un libro profético que habla de las útimas cosas, de las que «deben de suceder pronto» (Ap. 1:1). Es histórico pero escatólogico. Describe los más terribles acontecimientos cosmólogicos futuros. Describe además la gloria de Dios en diferentes facetas. Ejemplos de esto: La Parusía del Señor Jesucristo, el Reino Milenario Terrenal, y el Reino Eterno de Dios. Es un libro en que se destacan los símbolos, las figuras literarias y que son interpretadas para entenderse sin enredos por un ser angélico. Los símbolos y las figuras de dicción en el libro de Apocalipsis representan situaciones concretas y no alegóricas en un mundo que está a próximo a caducar, con respecto a sus sistemas yacientes “al ras del enlodado suelo”.

Hay una perfecta y clara [hilación] cronológica entre un acontecimiento y otro. Por ejemplo: Podemos ver en el capítulo 19 del libro de Apocalipsis la descripción de la segunda venida del Hijo de Dios como «Rey de Reyes y Senor Señores», el aniquilamiento de sus enemigos en el Armagedón, la convocatoria a las aves del cielo por medio de un ángel para que devoren a los que han caído en el enfrentamiento dispar llevado a cabo entre los infinitos poderes celestiales y los restringidamente humanos. Luego, en el capítulo 20, miramos el encarcelamiento del diablo en el profundo Abismo, el establecimiento del Reino Milenario del Mesías en el que culminan las promesas de Dios hechas al patriarca Abraham y a su descendencia espiritual: la Iglesia fiel de Jesucristo. Vemos después de concluir el Reinado Milenial de Cristo el Juicio del Gran Trono Blanco en el que son juzgados para eterna condenación los impíos por sus obras malas, los que son arrojados posteriormente con “inmisericorde justicia” en el Lago de Fuego que arde con azufre. Siguiendo con la suecesión cronológica progresiva ya entablada, el capítulo 21 de este mismo libro expone el Reino Eterno de Dios donde una [nueva creación] es hecha manifiesta esplendorosamente. Comencemos nuestro estudio, pues:

«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más» (Ap. 21:1).

La locución «y vi» (kaì eîdon, gr) señala algo nuevo que está íntimamente [enlazado] con los sucesos anteriores concernientes al Reinado Milenario del Señor Jesucristo. Indica una «novedad» en su cronología natural histórica y evolutiva. Indudablemente este «cambio» se refiere a una «nueva creación», porque el apóstol Juan «vio un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más» (Ap. 21:1a). La creación anterior «dejó de ser» (modo proléptico), en el sentido de [no ser la misma conocida], para dar paso a una nueva y más gloriosa. Inicialmente en el Antiguo Testamento se profetiza esta «nueva creación», que no debe confundirse con la «Tierra Milenaria Restituida» (véase Is. 65:17; 66:22). La renovación de la tierra, que Cristo llama como «la regeneración» (Mt.19:28), o sea, el renacimiento de la primera creación corrompida, tiene el propósito de [contener], de [manifestar] la profetizada y maravillosa Teocracia Terrenal, aunque limitada en tiempo: «. . . y vivieron y reinaron con Cristo mil años». Ap. 20:4. Cristo se alzará como digno mandatario del mundo renovado en su segunda venida. El Reino de Dios Milenario dará testimonio además de la caída de los imperios terrenales inicuos previos, como podemos apreciar en el Antiguo Testamento, exactamente en el libro de Daniel:

«Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre, de la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con mano, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro» (Dn. 2:44, 45. Le sugiero amable lector que estudie todo el capitulo 2 del libro del profeta Daniel).

«Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido» (Dn.7:13-14).

Por otro lado, la nueva creación, el Reino Eterno de Dios, será una manifestación [continua] e [inacabable], como orden nuevo y perfecto, donde lo indecible será experimentado, cómo nunca jamás, por los santos redimidos de Dios. Serán unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que «mora la justicia» (2 P. 3:13), y añadiremos con la seguridad de no violentar el contexto del verso: «para siempre». Al finalizar el Reinado Milenario, el Señor Jesucristo [entregará] el gobierno al Dios y Padre para que él reine por toda la eternidad la nueva creación (1 Co. 15:24).

«Y el mar ya no existía más», significa que la nueva creación no contará con océanos, con mares literales, habiendo sidos éstos eliminados como parte de la antigua creación, y porque esta fuente de inumerables y variadas riquezas dejará de tener una importancia vital. El mar continurá existiendo en el Reino Milenario (léase Ez. 47:8, que es un verso escatológico-milenario). El mar, prácticamente, mejor dicho, los mares y océanos, «entregarán» los individuos humanos que fallecieron sin haber sido sepultados bajo las capas inferiores de la tierra, cuando el Reinado Milenario de Cristo haya finalizado. Despertarán del sopor ineludible de la muerte para que sean juzgados en el Juicio del Gran Trono Blanco, reservado exclusivamente para los desobedientes e incrédulos (véase Ap. 20:11-13). El cambio entre una creación y otra, será absoluto, «sin que su naturaleza intrínseca sea suprimida».

El apóstol Pedro escribe de este modo del tránsito de la antigua creación a la nueva creación:

«Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán! Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia» (2 P. 3:10-13).

La aparición de la nueva creación estará determinada por una total «licuefación» del viejo orden. El Reino Eterno traspone todos los linderos del viejo orden universal, y el [fuego] juega el principal papel en esta asombrosa metamorfosis cosmológica: «Con ardiente calor» (kausoumena, gr). Participio presente en voz pasiva de «kausoö», verbo tardío empleado para el estado o temperatura «febril».

«Los elementos serán deshechos» (ta stoicheia luthëstai, gr). Esta última palabra griega, futuro en voz pasiva de «luö», significa «desligar» o «separar». «Se fundirán» (tëketai, gr). La palabra griega «tëketai» se encuentra en presente futurista de indicativo en voz pasiva de «tëkö», un verbo antiguo que significa «licuar», cuyos sinónimos son “disolver”, “fundir”, “derretir”, “desleír.

Los nuevos cielos y la tierra nueva no surgirán como consecuencia de la aniquilación de la primera y luego restituida creación; más bien, es un [devenir], un [tránsito], el pasar de una condición a otra: este es el verdadero significado de «dejarán de ser» (Mt. 5:18; 24:34, 35; Mr. 13:30, 31; Lc. 16:17; 21:33; 2 P. 3:10; Ap. 21:1). Las antiguos pergaminos bíblicos que están escritos en griego clásico no relacionan esta locución con el concepto de destrucción o exterminio, ya que la tierra [permanecerá para siempre]:

«Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece» (Ec. 1:4).

«El fundó la tierra sobre sus cimientos; no será jamás removida» (Sal. 104:5).

La antigua creación será «renovada» en la Era Milenaria, y los cielos nuevos y la tierra nueva, «santificada» (2 P. 3:10-13). No es posible que la antigua creación sea destruida. Se funde un objeto de plata viejo con el fin de formar uno nuevo y distinto; y si se ha trabajado en él con gran esmero, podría fascinar por sus detalles magistralmente exquisitos. La [apariencia] de su naturaleza habrá sido transformada, pero su verdadera sustancia, su esencia inmanente, no: «Él cielo y la tierra pasarán . . . » (Mt. 24:35).

«¿Por qué ha de considerarse extraño que la materia exista para siempre? Si Dios quiere que exista, entonces toda opinión humana contraria no prevalece. Notamos que como la justicia [moraba] en la tierra durante el milenio, así [morará] sobre la tierra nueva (2 P. 3:13)».

Dios les bendiga siempre.

Reina Valera 1960.

Biblia de Estudio Siglo XXI (RVA).

Comenatrio al Texto Griego del Nuevo Testamento. A.T. Robertson.

Apocalipsis. La Consumacion del Plan Eterno de Dios. Evisl. L. Carballosa.

Eventos del Porvenir. J. Dwight Pentecost.

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