DISTINCIÓN ENTRE EL DON DEL ESPÍRITU SANTO Y LOS PODERES MILAGROSOS OTORGADOS POR EL ESPÍRITU SANTO

Por Carlos Aracil Orts

A la primitiva iglesia cristiana que aparece en el Nuevo Testamento, a fin de que se consolidase, se propagase más rápidamente, y se confirmase su autenticidad, de que provenía de Dios, el Espíritu Santo dio dones o poderes milagrosos a sus miembros, de los que destacan por su espectacularidad, el don de hablar en idiomas extranjeros no conocidos por los receptores, y  el don de sanación instantánea y completa de cualquier tipo de enfermedad o discapacitación, semejante a los milagros que hizo Jesús sanando a ciegos de nacimiento, cojos, paralíticos, leprosos, etc.

Debemos, pues, distinguir entre el don del Espíritu Santo, –con el que todos los cristianos fieles son sellados (Efesios 1 verso 13: “… fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”), que consiste en el propio Espíritu Santo, como así también lo manifiesta el apóstol Pedro en Hechos 2 verso 38: “…; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (ver también verso 39)–y los poderes milagrosos que el Espíritu Santo dio según su voluntad (1ª Corintios 12:4,8-11).

1 Corintios 12:4-11: Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo.  (5)  Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo.  (6)  Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo.  (7)  Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho.  (8)  Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu;  (9)  a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu.  (10)  A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas.  (11)  Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

En realidad, la promesa del bautismo en el Espíritu Santo, cumplida en el día de Pentecostés, comprendía dos acciones distintas. La primera y fundamental fue que Cristo, una vez glorificado, envió sobre sus apóstoles, al Espíritu Santo de la promesa del Padre, como ya vimos anteriormente. La segunda acción, que consistió en darles poder, dependía del Espíritu Santo, pues a él correspondía dar esos poderes milagrosos como el hablar en lenguas extranjeras, y el de sanar todo tipo de enfermedades. Veamos, en el siguiente texto, como la Palabra de Dios distingue entre el poder del Espíritu Santo y don del Espíritu Santo mismo.

Hechos 1:8: pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. 9 Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.”

Es decir, la promesa de Jesús de enviarles el Espíritu Santo iba seguida de otra que consistía en que el Espíritu Santo les daría poder. Estos poderes milagrosos se hicieron evidentes, no sólo el día de Pentecostés en el que los apóstoles fueron capaces de comunicarse en el idioma, posiblemente, de judíos que procedían de otras naciones como las que cita Hechos 2:9: “Partos, medos, elamitas…”, sino que, poco después, en el capítulo 3 de Hechos de los apóstoles se nos narra la curación de un cojo de nacimiento (Hechos 3:7-9: “(9) Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios.”).

Felipe, el nuevo diácono ordenado por los apóstoles, predica el Evangelio en Samaria con acompañamiento de grandes señales como curación de paralíticos, cojos y expulsión de demonios (Hechos 8:5-22).

Más adelante comprobamos que los poderes milagrosos dados por el Espíritu Santo a los apóstoles en el día de Pentecostés, eran transmitidos por los mismos apóstoles a otros fieles cristianos, mediante la imposición de sus manos sobre ellos. Un ejemplo de esto que afirmamos lo tenemos en Hechos 6:5,6. Pues, en la ocasión del nombramiento de siete diáconos, uno de ellos llamado Felipe, a quien, también, los  apóstoles le impusieron sus manos, lo encontramos más tarde predicando el evangelio en Samaria (Hechos 8:5) y haciendo grandes milagros de sanación como describe Hechos 8:7:“Porque de muchos que tenía espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces;y muchos paralíticos y cojos eran sanados;

Sólo los apóstoles del Señor Jesús podían transmitir, por medio de la imposición de manos, el poder del Espíritu Santo, como sanar milagrosamente, hablar en lenguas, etc.

Existen pruebas, en la Palabra de Dios, que nos indican que sólo a los apóstoles del Señor Jesús les fue dada la prerrogativa de transmitir los poderes del Espíritu Santo, que una vez recibieron en Pentecostés, a otros verdaderos cristianos. Sin embargo, Felipe, que estuvo predicando el Evangelio en Samaria con grandes señales milagrosas y prodigios, y que incluso consiguió que Simón, el mago, creyese y se bautizase porque“viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito.” (Hechos 8:13), no fue capaz de transmitir esos poderes milagrosos a nadie de los que bautizó en Samaria.

Felipe, que había recibido, el poder del Espíritu Santo (Hechos 6:6) al imponerle las manos los apóstoles, no pudo transmitirlo a su vez, a los discípulos que habían sido bautizados por él en Samaria.

Fue necesario que los apóstoles que estaban en Jerusalén enviaran a Samaria a Pedro y Juan (Hechos 8:14-19) para que los nuevos cristianos recibiesen no el don del Espíritu Santo, que ya seguramente habían recibido al ser bautizados en agua en el nombre de Jesús, sino el poder y los dones del Espíritu Santo.

Si analizamos los textos citados en el párrafo anterior, nos daremos cuenta que la Palabra de Dios no se refiere al don del Espíritu Santo que todo cristiano obtiene al ser bautizado como sello de salvación (véase Hechos 2:38, 39; Efesios 1:13) sino, más bien, a los dones milagrosos y poder del Espíritu Santo.

Hechos 8:14-19: “Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; 15 los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; 16 porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. 17 Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo. 18 Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, 19 diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo.”

Ya hemos visto, en Hechos 2:38, 39 y Efesios 1:13, que los requisitos para recibir el Espíritu Santo son oír y creer las Buenas Nuevas de salvación, arrepentirse, confesar nuestra fe en Jesús  y bautizarse en agua en su nombre (Hechos 8:37). Por tanto, si lo nuevos cristianos de Samaria ya habían sido bautizados por Felipe, ya tenían el Espíritu Santo de la promesa como sello y garantía de salvación, lo único que les faltaba era el poder del Espíritu Santo, que solamente los apóstoles de Jesús, con la imposición de manos y la oración, estaban capacitados por Dios para transmitirlo. Este poder era el que demandaba también Simón: “Dadme también a mí este poder…”(Hechos 8:19). Es, por tanto, evidente en este contexto, que lo que se transmite por medio de los apóstoles a los cristianos de Samaria, es el poder del Espíritu Santo, es decir, sus dones sobrenaturales o milagrosos, como el sanar a un paralítico o cojo, de la misma manera que antes lo había obtenido Felipe (Hechos 6:5,6).

El caso de los creyentes de Éfeso es distinto del de los prosélitos que hizo Felipe en Samaria, pues éstos habían sido bautizados en el nombre de Jesús, y aquellos solo habían recibido el bautismo por agua de Juan, y ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo (Hechos 19:2)

Hechos 19:2-7: les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.  (3)  Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan.  (4)  Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo.  (5)  Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.  (6)  Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.(7)  Eran por todos unos doce hombres.

Vamos a ver a continuación algunos ejemplos más en los cuales también el poder del Espíritu Santo es dado a través de la imposición de las manos de algún apóstol de Jesucristo.

El caso anterior se refería a unos creyentes de Éfeso que sólo habían recibido el bautismo de Juan, y que en esa ocasión son bautizados en el nombre del Señor Jesús, y luego el apóstol Pablo les bautiza en el Espíritu: “Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.”(Hechos 19:6).

Estos son los dones o poderes que el Espíritu Santo concede como Él quiere (véase 1ª Corintios 12:8-11), a veces, a través de los apóstoles, y en otras ocasiones de forma directa –como a Cornelio y su casa (Hechos 10)–, pero siempre y únicamente sobre creyentes de la Iglesia primitiva del Nuevo Testamento. A medida que la iglesia se fue extendiendo y consolidando, cuando ya quedó concluido el Nuevo Testamento, ya no fue tan necesaria esa obra prodigiosa del Espíritu Santo. Y, puesto que nadie más que los apóstoles podían comunicar el poder del Espíritu Santo, cuando murió el último apóstol terminó también esta posibilidad de transmitir estos poderes del Espíritu Santo a más cristianos.

Esto es evidente cuando el mismo Pablo ya no fue capaz de sanar a Timoteo de una simple dolencia estomacal (1ª Timoteo 5:23), ni curarse a si mismo (2ª Corintios 12:7-9).

En el texto siguiente comprobamos que realmente los apóstoles tenían el poder del Espíritu Santo, mediante el cual sanaban o hablaban en lenguas cuando la situación lo requería.

Hechos 28:8: “Y aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebre y de disentería; y entró Pablo a verle, y después de haber orado, le impuso las manos, y le sanó.

Este rito de la imposición de manos, usado por los apóstoles para transmitir un don, poder, carisma o gracia, también fue el gesto utilizado por Jesús para realizar sus curaciones (Marcos 6:5; Marcos 16:18; etc.) o simplemente expresar bendición (Mateo 19:13,15; Marcos 10:16). Además, de ser el medio para traspasar algún don del Espíritu Santo a los primeros cristianos (Hechos 19:6), también se utiliza para consagrar a un creyente para una misión o función determinada (Hechos 13:3).

En 1ª Timoteo 4:14 y 2ª Timoteo 1:6 se habla de la imposición de manos sobre Timoteo de parte de Pablo para la concesión de algún don. Sin embargo, 1ª Timoteo 5:22 da a entender que la imposición de las manos, se había convertido en un acto habitual para, posiblemente, consagrar u ordenar ancianos, diáconos o pastores.

Hoy en día, en mi opinión, este acto de imponer las manos, que no tiene en sí ningún poder milagroso ni mágico, sirve para designar a una persona que ha sido elegida para desempeñar una función como las citadas antes, y mediante este rito o acto se pide en oración la bendición de Dios, y se confirma la consagración de esa persona, que desde ese momento es separada o apartada para esa misión en especial. Por supuesto, que las personas que imponen las manos, tienen que ser personas muy consagradas y entregadas a Dios, pues deben conocer bien a aquel, a quien van a realizar tal acto, y especialmente si reúne los requisitos de un siervo de Dios (1ª Timoteo 3:1-13; Tito 1:5-16).

En resumen, tanto a los samaritanos, convertidos y bautizados en el nombre de Jesús por Felipe (Hechos 8:14-19), como a los efesios –que habían sido solo bautizados en agua en el bautismo de Juan,  aunque creyentes, no habían oído hablar del Espíritu Santo, y por eso necesitaron ser bautizados de nuevo en el nombre de Jesús (Hechos 19:1-5)– les fueron impuestas las manos y recibieron el bautismo del Espíritu, “y hablaban en lenguas, y profetizaban” (Hechos 19:6). Sin embargo, este bautismo del Espíritu no añadía nada a su salvación, ni a su conversión, ni a su condición de hijos de Dios, que se había garantizado, como a todo cristiano con el sello o don del Espíritu Santo que mora permanentemente en todo creyente en Cristo. Ellos, además, recibieron unos dones especiales milagrosos, a fin de evangelizar con poder en los inicios de la Iglesia primitiva, para consolidación y expansión de la misma, y mientras todavía no se disponía de toda la Revelación de Dios, que hoy tenemos los cristianos en al Biblia.

2 pensamientos en “DISTINCIÓN ENTRE EL DON DEL ESPÍRITU SANTO Y LOS PODERES MILAGROSOS OTORGADOS POR EL ESPÍRITU SANTO

  1. Amigo Mario, El análisis tiene un pequeño gran problema: Ananías quien sano a Saulo, no era Apostol, sin embargo, ¿que menciona el texto siguente? Hch 9:17 Ananías se fue y, cuando llegó a la casa, le impuso las manos a Saulo y le dijo: “Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y SEAS LLENO DEL ESPÍRITU SANTO.”
    Hch 9:18 Al instante cayó de los ojos de Saulo algo como escamas, y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado.
    Es evidente que: 1) fue bautizado por Ananias y 2) este mismo no siendo APOSTOL,le traspasó el E.S a Pablo. No por que en la biblia no se den sendos detalles, quiere decir que otros no lo hayan efectuado.
    Saludos Amigo Mario!

    • Max, estoy 100% de acuerdo contigo. Ananías le impuso las manos a Saulo y él recibió la plenitud del Espíritu. Lo que ocurre es que hay quienes piensan que sólo los apóstoles impusieron las manos y nadie más. Ananías refuta esta errada postura.

      Un abrazo,
      Mario

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