MUNDO «Kósmos» (κόσμος) Y CORRIENTE «aión» (αἰών)

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La palabra griega traducida “mundo” es kósmos, que significa sistema u organización. Satanás no sólo emplea las necesidades de la vida, tales como personas, actividades y cosas, para preocupar al hombre, sino que también los organiza en numerosos sistemas individuales para apretar el lazo con que se sujeta al hombre. Hoy día el mundo se asemeja a una universidad, en la cual hay muchos diferentes departamentos, tales como departamento de comida, de bebida, de ropa, de casamiento, de funerales, de literatura, de música, de dinero y de fama; más de los que podemos enumerar. El resultado del agregado es la universidad del mundo, que ocupa al hombre en varios cursos. Estos cursos, uno por uno, esclavizan y poseen al hombre, haciéndole abandonar y olvidar completamente a Dios y seguir con la corriente del mundo. El hombre cree que está controlando y disfrutando todo eso, pero realmente, sin darse cuenta del engaño de Satanás, ha caído en manos del maligno y está controlado y atrapado por él. Así que, el mundo denota la organización, el sistema y esquema del enemigo para usurpar el lugar de Dios en el hombre y para, a la larga, obtener una completa posesión de éste.

En cuanto a la definición del mundo, la Biblia nos da algunas explicaciones:

Primero, la diferencia entre “el mundo” y “las cosas que están en el mundo” (1 Jn. 2:15-17). “Si algún hombre ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (v. 15). El mundo y Dios están en oposición directa el uno al otro. El versículo 17 dice que las cosas que están en el mundo pasan, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. Aquí, las cosas que están en el mundo, son contrarias a la voluntad de Dios. En el versículo 16, aquello que está incluido en las cosas de este mundo, está dividido en tres categorías: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la vanagloria de la vida. En conclusión, todo lo que no viene del Padre, todo lo que se origina fuera de Dios y todo lo que viene del mundo son cosas del mundo y están en contra de la voluntad de Dios.

Segundo, la diferencia entre el mundo y la corriente. “No seáis amoldados a este siglo; sino transformaos por medio de la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál sea la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable y lo perfecto” (Ro. 12:2). Aquí “este siglo” en el griego no es kósmos sino aión, refiriéndose a la corriente de este mundo.

¿Qué es el mundo y qué es el siglo? La combinación de todas las personas, actividades y cosas que están fuera de Dios es llamada “el mundo”. “El siglo” designa la parte del mundo con la cual tenemos contacto en el presente. La parte del mundo con la cual Caín tuvo contacto fue la época de Caín; la parte del mundo con la que Abraham tuvo contacto fue la época de Babel. La parte del mundo con la cual tenemos contacto hoy día es llamada la época del siglo veinte. El mundo abarca toda la organización usada por Satanás para usurpar al hombre, mientras que la época es una fracción de esta organización. Tenemos varias corrientes en este mundo organizado. Así que, en Efesios 2:2 el apóstol se refiere a “la corriente de este mundo”. (“La corriente de este mundo” en el original es “el presente siglo de este mundo”.) El mundo representa el todo, y la corriente, la parte. El hombre sólo puede tener contacto con la corriente, o sea la parte, pero no con el mundo, la totalidad. Usualmente decimos que el mundo nos posee. En realidad, sólo una parte de esta época nos posee, no el mundo como un todo, y aún en esta época tenemos contacto solamente con una fracción, al tener esposa, hijos, casa, cuenta bancaria, etc. Estos constituyen el mundo práctico el cual nos envuelve y nos posee. En otras palabras, esta época es equivalente a todas las cosas antes mencionadas, que están en este mundo.

La palabra griega que se traduce “corriente” es aión, que significa moderno. Por lo tanto, en Efesios 2:2 esta palabra es traducida “corriente”. Así que “corriente” significa “moderno”, “moda”, “estilo”, el mundo revelado a nosotros hoy día, o las cosas que están en el mundo. En Romanos 12:2, la corriente, no el mundo, está en contra de la voluntad de Dios; esto concuerda con 1 Juan 2:17.

De esto podemos ver la relación que hay entre el mundo, la corriente y las cosas que están en el mundo. No podemos tener contacto con el mundo en su totalidad, sino sólo con una porción de él, llamada “la corriente” o “las cosas que están en el mundo”. Esto también es cierto con relación a Dios y Su voluntad. Puesto que Dios es muy grande no podemos tener contacto con El en Su totalidad, sino sólo con una porción de El. Esta porción con la que tenemos contacto es llamada la voluntad de Dios. Siempre que tenemos contacto con Dios, tocamos solamente la porción que emana de El mismo, la cual llamamos la voluntad de Dios. De este modo, podemos ver que el mundo está en oposición a Dios, y la corriente o las cosas que están en el mundo están en oposición a la voluntad de Dios.

El amor al mundo abarca mucho, pero el amor a las cosas que están en este mundo es un término más práctico. Y también, la obediencia a Dios abarca mucho, pero la obediencia a la voluntad de Dios es más práctica.

II. TRATAR CON EL MUNDO

A. Base bíblica

1. Santiago 4:4: “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios”.

2. Romanos 12:2: “No os amoldéis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál sea la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable y lo perfecto”.

3. 1 Juan 2:15-17: “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

B. Las cosas que hay que tratar
en cuanto al mundo

El mundo, en nuestro diario vivir, consiste en personas, actividades y cosas que usurpan el lugar de Dios en nosotros. Por eso, estas cosas son el blanco de nuestros tratos.

¿Cómo sabemos cuáles son las cosas que nos usurpan y hasta qué grado? En primer lugar, necesitamos ver si estas cosas exceden las necesidades de nuestra vida. Podemos decir que cualquier cosa que vaya más allá de nuestras necesidades diarias toma el lugar de Dios y nos posee; así que, tal cosa tiene que ser tratada. Nuestra existencia depende de ciertas personas, actividades y cosas, tales como padres, esposos, esposas, familia, ropa, comida, vivienda, transporte, ocupación, etc. Estas son las cosas necesarias para nuestra existencia. Si estas cosas contribuyen a nuestro propósito de vivir para Dios, no son nuestro mundo. Pero si estas personas, actividades o cosas exceden a nuestras necesidades diarias, entonces, vienen a ser nuestro mundo. Por ejemplo: el vestido como necesidad no es mundano, pero si uno presta mucha atención al atavío y a los adornos, o si malgasta el dinero a fin de estar a la moda, entonces se ha excedido de la esfera de sus necesidades diarias. En consecuencia, estos excesos han venido a ser su mundo. Otro ejemplo: los anteojos para corregir deficiencias en la visión no son mundanos. Pero algunos usan anteojos para estar a la moda; esto, entonces, no es su necesidad, sino el mundo que ellos aman.

¿Cuál es la norma que regula nuestras necesidades diarias con relación a personas, actividades y cosas? En la Biblia no existe ninguna norma uniforme o específica que gobierne estos asuntos. Dios ha determinado que nazcamos en diferentes familias, que recibamos diferentes formaciones educativas, que tengamos diferentes profesiones y que tengamos contacto con diferentes estratos sociales. De esta manera Dios nos permite tener diversos conceptos y normas en relación con nuestro vivir. Por consiguiente, todas las necesidades de la vida varían con cada persona.

Por ejemplo: una persona puede vivir en una ciudad y otra en el campo. Ambos pueden ser salvos y tener a Cristo como su vida, pero ya que cada uno nació en una familia diferente, sus ocupaciones y ambientes difieren. Por consiguiente, sus normas de vida son distintas. El hermano que vive en la ciudad viste un traje formal, lo cual no va más allá de sus necesidades diarias; pero para el que vive en el campo, esta forma de vestir iría más allá de sus necesidades. A los ojos de los hermanos que son comerciantes en la ciudad, el traje sería muy modesto y simple, pero el mismo traje sería una extravagancia para los agricultores cristianos en el campo.

De la misma manera, un gerente y un conserje de una compañía, o un profesor y un jardinero de una universidad, pueden ser salvos y amar al Señor, pero sus conceptos en relación a sus necesidades no son los mismos. Debido al hecho de que sus vidas y ambientes difieren, su modo de opinar y de pensar también difieren. Por esta razón, la Biblia no da una norma uniforme ni una norma fija en cuanto a las necesidades de los creyentes. Aunque 1 Timoteo 2:9 prohíbe el adornarse con vestidos costosos, es un asunto de principio, no una regla detallada y rígida. Que algo sea verdaderamente costoso depende del ambiente de la gente.

Estas normas variadas del vivir son permitidas soberanamente. En la iglesia, Dios no requiere que diferentes clases de personas se comporten de la misma manera. Hace algún tiempo en China, un grupo de cristianos se fueron a extremos porque carecían de esta luz. Establecieron una reunión y formularon ciertos reglamentos. Decían que nadie podía asistir a las reuniones usando zapatos de cuero, sino zapatos chinos hechos de tela. Aún más, a los hombres se les requería rapar sus cabezas, y a las mujeres utilizar faldas; de otra manera no se les permitía asistir a las reuniones. Sabemos que esto no es lo que Dios desea de Sus hijos, porque éstos son extremos.

Por eso, la norma de lo necesario para nuestro vivir debe ser determinada por nosotros en oración y buscando conocer la mente de Dios. No podemos medir nuestra norma de acuerdo con la de otros ni demandar que ellos estén de acuerdo con nuestros puntos de vista y modo de pensar. Aún más, nuestros propios tratos delante de Dios también deben concordar con la norma de nuestro diario vivir delante Dios. No debemos ir más allá ni tampoco quedarnos cortos. Algunas personas tratan con lo necesario para su vivir, cosas que no los usurpan, como si éstas fueran mundanas y de este modo se van a extremos. Una vez, en el norte de China, conocí a un destacado predicador que amaba al Señor y testificaba de El. Sin embargo, trataba con el mundo de una manera extremada. Por ejemplo: sudaba mientras predicaba, pero rehusaba utilizar el pañuelo, pensando que el pañuelo era un objeto mundano. En lugar de eso, utilizaba la manga de su camisa para secar el sudor de su frente. Dormía en el piso porque no tenía paz para dormir sobre una cama. Al levantarse en la mañana, iba a la orilla del mar a bañarse, porque no tenía paz si se bañaba en la casa. Este tipo de trato realmente era extremado. Puesto que ni comía ni dormía adecuadamente, su cuerpo se fue debilitando y murió prematuramente cuando tenía alrededor de cincuenta años. En verdad, esto fue lamentable.

Necesitamos entender que Dios todavía requiere que vivamos como seres humanos normales sobre esta tierra. Por esta razón tenemos ciertas necesidades en nuestro vivir. Cuando Adán estuvo en el huerto de Edén, Dios le mostró árboles que eran agradables a la vista. De esto podemos concluir que hasta la belleza y la felicidad son necesarias para el vivir humano. Si nuestra apariencia es descuidada o nuestro hogar desarreglado, esto no es prueba de que seamos espirituales. La pregunta es si esto lo posee a usted. Si esto tiene cabida en usted y lo usurpa de manera que usted no es capaz de abandonarlo, sin duda éste es su mundo y tiene que tratar con él como corresponde.

Aunque cualquier cosa que exceda nuestras necesidades constituye el mundo, esto no quiere decir que las cosas necesarias para nuestro vivir no puedan llegar a ser el mundo. Si cierta necesidad en nuestro vivir nos ata y nos impide hacer la voluntad de Dios o ser completamente ganados por Dios, entonces hemos sido usurpados por ella. Esto, entonces, viene a ser el mundo y se requiere que sea tratado. Por ejemplo: la comida y el vestido son necesarios para nuestro vivir, pero si nos usurpan y reemplazan a Dios, se convierten en el mundo.

En realidad, cuando un creyente sigue al Señor, rara vez es usurpado y envuelto con cosas que van más allá de sus necesidades básicas. Por el contrario, usualmente es usurpado y se enreda en cosas que son necesarias para vivir. Por eso, cuando el Señor estaba en la tierra y llamó a personas para que lo siguieran, no le pidió al hombre que abandonara aquello que excedía lo necesario para su sustento diario sino que daba énfasis a que debían abandonar los afanes por las cosas de su vida diaria, tales como padres, esposas, hijos, tierras, casas, etc. Si estas cosas necesarias usurpan al hombre, ellas se apoderan del lugar que ocupa el Señor en el hombre. Por supuesto, el Señor Jesús no nos pidió que abandonáramos nuestra responsabilidad, sino que Su deseo era que renunciáramos a estar preocupados con las personas, actividades y cosas. Por esta razón, en las epístolas, el Señor nos enseña nuevamente a través de los apóstoles, que debemos honrar a nuestros padres, tratar con nuestras esposas apropiadamente, y cuidar de nuestras relaciones, etc.

Sin duda, el énfasis en cuanto a tratar con el mundo es el trato con la usurpación de personas, actividades y cosas. Mientras estas cosas nos usurpen, ya sean cosas necesarias para nuestro vivir diario o cosas en exceso, de todos modos constituyen el mundo y deben ser el objeto de nuestro trato. Las cosas que necesitamos a diario pueden o no usurparnos, pero cualquier cosa que exceda nuestras necesidades diarias inevitablemente nos usurpa.

En conclusión, las cosas que tenemos que enfrentar al tratar con el mundo no son cierto tipo específico de personas, actividades y cosas. Lo que tenemos que hacer es asegurarnos si éstas nos usurpan y toman el lugar de Dios en nosotros o no. Es posible que las mismas cosas que necesitamos en cuanto a personas, actividades y cosas puedan usurpar a una persona mientras que a otra no, y que puedan tomar el lugar de Dios en una persona y en otra no. Por lo tanto, desde el punto de vista humano es difícil determinar qué es y qué no es el mundo. No hay un límite ni una norma establecida.

Ahora vamos a ver desde el punto de vista de Dios cuáles son las cosas que hay que tratar en relación con el mundo. Desde el punto de vista divino, hay cierta regla de medida en cuanto al mundo. Esta regla es Dios mismo. Así como medimos el pecado por la ley de Dios, así medimos el mundo por Dios mismo. La norma para tratar con el mundo está basada en Dios. Si Dios está ausente, no podemos percibir qué es el mundo. Dios y el mundo siempre están en oposición el uno al otro. Dondequiera que está el mundo, allí no está Dios; donde está Dios, allí no está el mundo.

Por consiguiente, tomando a Dios como la norma, podemos definir el mundo como aquellas personas, actividades, y cosas incompatibles con Dios, que reemplazan a Dios en nosotros, que impiden que la voluntad de Dios sea hecha a través de nosotros o que impiden el control total de Dios sobre nosotros. Todas estas cosas que nos usurpan son clasificadas como “profanas”. Por lo tanto, tratar con el mundo es tratar con estos objetos “profanos”.

“Profano” es lo opuesto a “santo”. Santidad significa ser apartado y ser diferente de todo lo demás. En todo el universo sólo Dios mismo está apartado y es diferente de todo lo demás; por lo tanto, sólo El es santo. De la misma manera, si una persona, actividad o cosa es separada y traída hacia Dios y es apartada para Dios, la Biblia también la llama santa, siendo apartada para santidad. Por ejemplo, el Señor Jesús en Mateo 23:17 y 19 nos muestra que si el oro era usado para el templo, o si era usado como una ofrenda para ponerse en el altar quedaba santificado. Todo el oro que hay en este mundo es para uso humano y es común; sin embargo, si una porción es separada y colocada en el templo para el uso de Dios, es santificada. También, si un buey o una oveja están en un rebaño son para uso humano y son comunes. Sin embargo, al ser escogidos y colocados sobre el altar se convierten en una ofrenda para Dios, siendo apartados para santidad. Esto es un asunto exclusivamente de si ellos son apartados para Dios y le pertenecen. Antes de ser apartados son comunes; después de ser apartados, vienen a ser santos. Sencillamente, ¡santidad significa todo lo que pertenece a Dios y todo lo que es de Dios, hacia Dios y para Dios! Todo lo demás es profano y común. Estos objetos profanos tienen que ser tratados cuando tratamos con el mundo.

En realidad, ¿qué le pertenece a Dios? ¿Qué significa ser de Dios, qué es ser separado hacia Dios, y qué es ser para Dios? Dios mismo y todo lo que está en El le pertenece. Cuando Dios y todo lo que está en El entra en nosotros, somos de El directamente, lo que a su vez causa que todas las cosas que nos pertenecen sean de El indirectamente.

A pesar de que la esposa e hijos de un creyente no sean salvos, ellos están santificados porque son directamente de él e indirectamente de Dios (1 Co. 7:14). El esposo es de Dios directamente, pero su esposa e hijos incrédulos son de Dios indirectamente en virtud de la relación de ellos con él. De otra manera, el esposo cristiano, al deshacerse de las cosas profanas del mundo tendría que deshacerse de su familia incrédula; esto no armonizaría con la verdad de las Escrituras.

¿Qué significa ser apartado para Dios? La esfera de ser apartado para Dios es más pequeña que la esfera de ser de Dios. Por ejemplo, mi casa es mía, pero no tiene necesariamente que ser apartada para mí a fin de que esté bajo mi control. De la misma manera, para nosotros los que somos salvos, todo lo que tenemos es de Dios, pero no es necesariamente apartado para Dios. No es sino hasta que consagramos todo a Dios que todo será apartado para Dios.

¿Qué significa ser para Dios? Esta esfera es nuevamente menor que la de ser apartado para Dios. “Para Dios” significa ser usado por Dios. Nosotros, quienes hemos sido apartados para Dios no somos necesariamente utilizados totalmente por Dios. Quizás seamos de Dios cien por ciento, pero sólo un cuarenta por ciento apartados para Dios, y sólo un cinco por ciento realmente usados por Dios. Cuando alcanzamos el grado de ser completamente usados por Dios, somos entonces totalmente santos.

Vemos por lo antes mencionado, que todo lo que se relaciona con Dios, todo lo que es de Dios, todo lo que es apartado para Dios, y todo lo que es para Dios es santo. Todo lo demás no es santo. Todo lo que es profano es algo que hay que tratar en relación con el mundo. La norma para medir lo que es mundano es Dios mismo. Todo lo que es impropio e incompatible con Dios y todo lo que no alcanza la medida de Dios es mundano y profano. Por consiguiente, cada persona, actividad y cosa que tiene que ver con nosotros mismos, nuestro ambiente, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra profesión, debe ser examinado ante Dios por la siguiente norma: ¿Está esto relacionado con Dios, es de Dios, es apartado para Dios, y es para Dios? Todo lo que no está de acuerdo con Dios ni alcance la medida de Dios debe ser tratado. Por ejemplo, a pesar de que la esposa e hijos incrédulos son indirectamente santificados para Dios a través del creyente, éste debe traerlos pronto a la salvación. Después de que sean salvos, debe ayudarles a que se consagren a Dios para que así puedan ser apartados para Dios y utilizados por Dios. Esto también está incluido al tratar con lo profano.

En conclusión los objetos que hay que enfrentar en nuestro trato con el mundo incluyen todas las cosas que no pertenecen a Dios, que no son de Dios, que no son apartadas para Dios y que no son para Dios. Esto incluye todo aquello que en nosotros tome el lugar de Dios, así como todas aquellas personas, actividades y cosas que excedan nuestras necesidades básicas. Estos objetos profanos y mundanos necesitan ser tratados.

C. La base para tratar con el mundo

La base de nuestro trato con el mundo es la misma para tratar con el pecado. Está basada en el sentido de la vida que se obtiene durante la comunión. Dios nunca ha pedido al individuo que se separe en un momento dado de todo lo profano y de todas las cosas que le usurpan. Dios quiere que el hombre trate con las cosas que él perciba que son profanas y usurpadoras. En la práctica, puede ser que haya cien cosas profanas en nosotros, pero durante nuestro tiempo de comunión con Dios estamos conscientes, quizás, de sólo diez. Entonces, Dios nos hace responsables sólo de estas diez. Temporalmente no somos responsables de las noventa restantes. No es sino hasta que hayamos llegado a cierto grado de comunión en vida que venimos a estar conscientes de los objetos restantes y tratamos con ellos.

Por consiguiente, la base para tratar con el mundo es la misma que con el pecado. Debemos prestar atención a los tres principios siguientes:

1. Debemos tratar con el mundo con base en el sentir interno obtenido mediante la comunión. El trato no podrá exceder nuestro sentir interno.

2. Gradualmente debemos ampliar el área de nuestra comunión, de tal manera que nuestro sentir interno toque todos los aspectos de nuestra vida. De manera que nosotros tratemos con el mundo en todos los aspectos.

3. Gradualmente debemos profundizar nuestra comunión de manera que nuestro sentir interno con relación al mundo se profundice; así que, podremos ser tratados más cabalmente.

Además de estos tres principios, hay dos factores que influyen grandemente en nuestro sentir interno hacia el mundo: nuestro amor para Dios y nuestro crecimiento espiritual en vida. Hemos dicho que Dios es la norma para tratar con el mundo. Si estamos lejos de Dios, no estaremos conscientes de nuestra mundanalidad. Pero una vez que nos acercamos a Dios, descubrimos muchas cosas mundanas en nosotros. Sólo aquellos que aman a Dios desean acercarse a El. Por tanto, si deseamos tratar con el mundo, debemos primero amar a Dios. Cuanto más amamos a Dios, más sensibles nos volvemos para con el mundo, y más expuesto es el mundo en nosotros. Una vez que el mundo es expuesto, es desechado. Esta exposición es la iluminación. Cuando nuestro amor a Dios hace que le encontremos a El, quien es luz, El alumbra y expone al mundo. Cada vez que esta luz aparece, ella ilumina y saca de nosotros el mundo. Así que, en cuanto al trato con el mundo no hay más ley que Dios, quien es nuestra norma y nuestra medida. El grado hasta el cual tratemos con el mundo depende del grado de nuestro amor a Dios.

Nuestro sentir interno hacia el mundo también depende de nuestro crecimiento espiritual. Tanto más avancemos en la vida espiritual y en el conocimiento de Dios, tanto más profundidad tendremos en conocer el mundo. Este conocimiento del mundo es el sentir interno que tenemos hacia el mundo, y constituye la base para tratar con el mundo. El grado de nuestro crecimiento espiritual siempre es proporcional al grado de nuestro trato con el mundo. La vida de un nuevo creyente es inmadura, y su conocimiento de Dios es limitado. Por consiguiente, su sentir interno hacia el mundo y sus tratos con el mundo son superficiales. Comparativamente, aquél cuya vida es madura y cuyo conocimiento de Dios ha aumentado, tiene un sentir más profundo hacia el mundo. De este modo sus tratos con el mundo son más severos. El cielo es muy inmenso y alto. Sin embargo, cuán inmenso y cuán alto es para nosotros, depende de nuestra visión. Si nuestra visión es tan estrecha como la boca de un pozo, entonces el cielo que vemos no será más grande que la boca del pozo. De igual forma, en cada uno de nosotros hay mucho mundo, pero nuestra medida para tratar con él depende de nuestro sentir interno hacia él, de nuestro conocimiento de Dios, y del grado de nuestro crecimiento espiritual. Aunque tratar con el mundo hará que crezcamos espiritualmente, con todo, si deseamos tratar con él hasta el fin para que Dios pueda tener un lugar completo dentro de nosotros, debemos pedirle a Dios que nos atraiga para que podamos amarle más, y buscar más nuestro crecimiento espiritual, de modo que vengamos a ser más maduros en vida.

D. Hasta qué punto se debe tratar con el mundo

El punto hasta el cual debemos tratar con el mundo es “vida y paz” (Ro. 8:6). Siempre que tratemos con el mundo del cual estemos conscientes, debemos hacerlo hasta que tengamos paz y vida interior. Ya que estos tratos están basados en el sentir de vida que se deriva de la comunión, éstos son experiencias de vida. Tratar con el mundo hace que experimentemos vida y sentir su frescura, brillantez, satisfacción, fortaleza, gozo y paz. En otras palabras, debemos tratar con el mundo hasta el punto que tengamos vida y paz.

E. La práctica de tratar con el mundo

Si deseamos tratar con el mundo, debemos dirigir nuestra atención a un solo punto: cerrar nuestra mente al mundo.

Cuando comenzamos a aprender las lecciones de cómo tratar con el mundo y el pecado, éstos muchas veces vuelven a nuestro pensamiento; es decir, con frecuencia tenemos la intención de pecar o de amar al mundo. En tal momento nuestra responsabilidad es cerrar nuestra mente y rechazar estos pensamientos.

Por supuesto, es muy difícil cerrar nuestra mente a los pensamientos de pecar, porque el pecado vive dentro de nosotros. No será sino hasta que seamos arrebatados que seremos libertados de esta dificultad interior. Es por esto que aun los cristianos maduros y experimentados son tentados por pensamientos de pecado.

La dificultad del mundo es algo de nuestra naturaleza externa. La Biblia declara que el pecado mora en nosotros, pero nunca menciona que el mundo vive en nosotros. Ya que la naturaleza del mundo es externa, es fácil aislar los pensamientos del mundo. Al hablar de tratar con el mundo, en 1 Juan 2 se amonesta a los santos jóvenes. Así que, este asunto no requiere mucha experiencia; puede y debe ser practicado cuando comenzamos a seguir al Señor. Por el contrario, si un santo está siendo molestado por el mundo y no puede aislar los pensamientos mundanos, esto prueba que es aún joven e inmaduro.

En conclusión, cuando nos esforzamos en tratar con el mundo, debemos ser decididos y violentos para echar fuera cualquier pensamiento del mundo. No sólo debemos cerrar la puerta, sino también enrejarla, e incluso convertir esta puerta en un muro. De esta manera, podremos resolver cabalmente el problema del mundo. Para esto, no debemos simplemente esperar que el Señor nos constriña con Su amor o que Su gracia nos sostenga. Debemos también usar nuestra propia iniciativa para tratar con este asunto. Si es así, los pensamientos mundanos nunca más nos molestarán.

Extracto del capitulo 5 del libro «La experiencia de vida» por Witness Lee www.lsm.org/espanol/