EL SURGIMIENTO DE CUARTO REICH: LAS SOCIEDADES SECRETAS QUE AMENZAZAN CON TOMAR EL CONTROL DE AMÉRICA

The Rise of the Fourth Reich: The Secret Societies That Threaten to Take Over America

Tire a la basura todo lo que usted piensa que  sabe acerca de la historia. Cierre los libros de texto aprobados, apague los medios de comunicación corporativos, y haga lo que haga, no crea todo lo que escuche por parte del gobierno. El ascenso del Cuarto Reich revela la verdad sobre el poder americano.

En esta exposición explosiva, el legendario Jim Marrs analiza la posibilidad, terriblemente real, de que hoy en día, en los Estados Unidos, una ideología insidiosa que se cree había sido derrotada hace más de medio siglo atrás está, en realidad, floreciendo. Al final de la Segunda Guerra Mundial, los nazis, junto con sus pupilos jóvenes y fanáticos, utilizaron el botín de Europa para crear empresas corporativas  en muchos países, abriendo su camino en la América corporativa. Trajeron con ellos la tecnología de armas milagrosas que ayudaron a ganar la carrera espacial. Pero también trajeron su filosofía nazi basada en la premisa autoritaria de que el fin justifica los medios-las guerras, incluyendo guerras no provocados de agresión y la restricción de las libertades individuales-que desde entonces ha adquirido una fuerza de hierro en la “tierra de la libertad.”

Jim Marrs ha reunido pruebas convincentes del esfuerzo que ha estado en marcha durante los últimos sesenta años para que una forma de socialismo nacional de la América moderna, creando, en esencia, un nuevo imperio, o “Cuarto Reich”!

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¿QUIÉN ES EL AUTOR DEL CUARTO EVANGELIO?

El mismo Evangelio, en el relato de la pasión, hace una afirmación clara al respecto. Se cuenta que uno de los soldados le traspasó a Jesús el costado con una lanza “y al punto salió sangre y agua“. Y después vienen unas palabras decisivas: “El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis” (Jn 19, 35). El Evangelio afirma que se remonta a un testigo ocular, y está claro que este testigo ocular es precisamente aquel discípulo del que antes se cuenta que estaba junto a la cruz, el discípulo al que Jesús tanto quería (cf. Jn 19, 26). En Jn 21, 24 se menciona nuevamente a este discípulo como autor del Evangelio: “este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero”. Su figura aparece además en Jn 13, 23; Jn 20, 2-10; Jn 21, 7 y tal vez también en Jn 1, 35.40; Jn 18, 15-16. Aunque nunca se le nombra.
En el relato del lavatorio de los pies, estas afirmaciones sobre el origen externo del Evangelio se profundizan hasta convertirse en una alusión a su fuente interna. Allí se dice que, durante la Cena, este discípulo estaba sentado al lado de Jesús y, “apoyándose en el pecho de Jesús” (Jn 13, 25), preguntó quién era el traidor. Estas palabras están formuladas en un paralelismo intencionado con el final del Prólogo de Juan, donde se dice sobre Jesús: “A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). Como Jesús, el Hijo, conoce el misterio del Padre porque descansa en su corazón, de la misma manera el evangelista, por decirlo así, adquiere también su conocimiento del corazón de Jesús, al apoyarse en su pecho.

Pero entonces ¿quién es este discípulo?

El Evangelio nunca lo identifica directamente con el nombre. Confrontando la vocación de Pedro y la elección de los otros discípulos, el texto nos guía a la figura de Juan Zebedeo, pero no lo indica explícitamente. Es obvio que mantiene el secreto a propósito.

Es cierto que el Apocalipsis menciona expresamente a Juan como su autor (cf. Ap 1, 1.4), pero a pesar de la estrecha relación entre el Apocalipsis, el Evangelio y las Cartas, queda abierta la pregunta de si el autor es el mismo.

Es verdad que recientemente, en su voluminosa Theologie des Neuen Testaments, Ulrich Wilckens ha formulado de nuevo la tesis de que el “discípulo amadono ha de ser considerado como una figura histórica, sino que representa básicamente una estructura de la fe:

“La “Escritura sola” no existe sin la “voz viva” del Evangelio, ésta última no existe sin el testimonio personal de un cristiano con la función y la autoridad del “discípulo amado”, en el que la función y el espíritu se unen y se presuponen mutuamente” (I 4, p. 158).  

Esta afirmación estructural es tan correcta como insuficiente. Si en el Evangelio el discípulo amado asume expresamente la función de testigo de la verdad de lo ocurrido, se presenta como una persona viva: responde como testigo de los hechos históricos y, con ello, reivindica para sí la condición de figura histórica; en caso contrario, quedarían vacías de significado estas frases que determinan el objetivo y la cualidad de todo el Evangelio.

Desde Ireneo de Lyon (+c. 202), la tradición de la Iglesia reconoce unánimemente a Juan, el Zebedeo, como el discípulo predilecto y el autor del Evangelio. Esto se ajusta a los indicios de identificación del Evangelio que, en cualquier caso, remiten a un apóstol y compañero de camino de Jesús desde el bautismo en el Jordán hasta la Ultima Cena, la cruz y la resurrección.

A las dudas que en la época moderna han surgido sobre esta identificación.:¿Pudo el pescador del lago de Genesaret haber escrito este sublime Evangelio de las visiones que penetran hasta lo más profundo del misterio de Dios? ¿Pudo él, galileo y artesano, haber estado tan vinculado con la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, a su lenguaje, a su pensamiento, como de hecho lo está el evangelista? ¿Pudo haber estado emparentado con la familia del sumo sacerdote, tal y como parece sugerir el texto (cf. Jn 18, 15)? A estas preguntas se puede responder como sigue:

Tras los estudios de Jean Colson, Jacques Winandy y MarieEmile Boismard, el exegeta francés Henri Cazelles ha demostrado, con un estudio sociológico sobre el sacerdocio del templo antes de su destrucción, que una identificación de este tipo es sin duda plausible. Los sacerdotes ejercían su servicio por turnos semanales dos veces al año. Al finalizar dicho servicio el sacerdote regresaba a su tierra; por ello, no era inusual que ejerciera otra profesión para ganarse la vida. Además, del Evangelio se desprende que Zebedeo no era un simple pescador, sino que daba trabajo a diversos jornaleros, lo que hacía posible el que sus hijos pudieran dejarlo.

Zebedeo, pues, puede ser muy bien un sacerdote, pero al mismo tiempo tener también una propiedad en Galilea, mientras la pesca en el lago le ayuda a ganarse la vida. Tal vez tenía sólo una casa de paso en el barrio de Jerusalén habitado por esenios o en sus cercanías…” (Communio 2002, p. 481). “Precisamente, esa cena durante la cual este discípulo se apoya en el pecho de Jesús tuvo lugar, con toda probabilidad, en un sector de la ciudad habitado por esenios“, en la “casa de paso” del sacerdote Zebedeo, que “cedió el cuarto superior a Jesús y los Doce” (pp. 480 s).

En este contexto, resulta interesante otro dato de la obra de Gazelles: según la costumbre judía, el dueño de la casa o en su ausencia, como en este caso, “su hijo primogénito se sentaba a la derecha del invitado, apoyando la cabeza en su pecho(p. 480).

El estado actual de la investigación, y precisamente gracias a ella, es posible ver en Juan el Zebedeo al testigo que defiende solemnemente su testimonio ocular (cf. Jn 19, 35), identificándose de este modo como el verdadero autor del Evangelio

No obstante la complejidad en la redacción del Evangelio plantea además otras preguntas. Por eso, también, es importante tener en cuenta un dato que aporta el historiador de la Iglesia Eusebio de Cesarea (muerto c. 338). Eusebio nos informa sobre una obra en cinco volúmenes del obispo Papías de Hierápolis, fallecido hacia el año 120, en la que habría mencionado que él no había llegado a ver o a conocer a los santos apóstoles, pero que había recibido la doctrina de aquellos que habían estado próximos a ellos. Habla de otros que también habían sido discípulos del Señor y cita los nombres de Aristión y un “presbítero Juan”. Lo que importa es que distingue entre el apóstol y evangelista Juan, por un lado, y el “presbítero Juan”, por otro. Mientras que al primero no llegó a conocerlo personalmente, sí tuvo algún encuentro con el segundo (Eusebio, Historia de la Iglesia, III, 39).

Esta información es verdaderamente digna de atención; de ella y de otros indicios afines, se desprende que en Efeso hubo una especie de escuela joánica, que hacía remontar su origen al discípulo predilecto de Jesús, y en la cual había, además, un “presbítero Juan”, que era la autoridad decisiva. Este “presbítero” Juan aparece en la Segunda y en la Tercera Carta de Juan (en ambas, 1, 1: 2Jn 1, 1, 3Jn 1, 1) como remitente y autor, y sólo con el título de “el presbítero” (sin mencionar el nombre de Juan). Es evidente que él mismo no es el apóstol, de manera que aquí, en este paso del texto canónico, encontramos explícitamente la enigmática figura del presbítero. Tiene que haber estado estrechamente relacionado con él, quizá llegó a conocer incluso a Jesús. A la muerte del apóstol se le consideró el depositario de su legado; y en el recuerdo, ambas figuras se han entremezclado finalmente cada vez más.

En cualquier caso, podemos atribuir al “presbítero Juan” una función esencial en la redacción definitiva del texto evangélico, durante la cual él se consideró indudablemente siempre como administrador de la tradición recibida del hijo de Zebedeo.

Puedo suscribir -dice Benedicto XVI- la conclusión final que Peter Stuhlmacher ha sacado de los datos aquí expuestos.

Para él, “los contenidos del Evangelio se remontan al discípulo a quien Jesús (de modo especial) amaba. Al presbítero hay que verlo como su transmisor y su portavoz” (II, p. 206).

En el mismo sentido se expresan Eugen Ruckstuhl y Peter Dschulnigg:  

“El autor del Evangelio de Juan es, por así decirlo, el administrador de la herencia del discípulo predilecto” (ibid. p. 207).

Fuente:

http://rsanzcarrera2.wordpress.com/2011/01/04/%c2%bfquien-es-el-autor-del-cuarto-evengalio/

EL ADVENTISMO Y EL CUARTO MANDAMIENTO

  Acts-D10

Por el  Dr. Javier Rivas Martínez  (MD)

 

Con error, los adventistas han enseñado y obligado la observancia del sábado por el domingo dentro de sus grupos, a pesar que la observancia del primero perteneció a la ya pasada y obsoleta  «Ley mosaica». Señalan, que, “quienes guardan el domingo  por el sábado están bajo el juicio de Dios”, porque la observancia del domingo es el “sello de anticristo”, su “marca diabólica”. Es bueno recordarles a nuestros amigos adventistas, que el sábado es tan sólo un memorial de la vieja  creación. La antigua creación fue culminada en el sexto día por Dios, y el séptimo día, Dios descansó de su magistral obra creativa universal. Este día en que descansó el Señor, en que reposó, fue «santificado y bendecido»  por él (Gn. 2:2, 3).  La Ley mosaica fue promulgada únicamente para la nación de Israel y para los foráneos o extranjeros que «estaban dentro de sus puertas». Dios estableció para el pueblo de Israel el mandato de guardar el día de reposo para santificarlo. La orden de guardar el día de reposo, el sábado, no fue un mandato para otras naciones de origen gentil, aparte de Israel. Véase por favor  Ex. 20:8-11 para confirmar el dato anterior. En el libro de Nehemías vemos que el mandato de guardar el sábado fue tan sólo para Israel: 

 «Tú eres, oh Jehová, el Dios que escogiste a Abram, y lo sacaste de Ur de los caldeos, y le pusiste el nombre Abraham; y hallaste fiel su corazón delante de ti, e hiciste pacto con él para darle la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del jebuseo y del gergeseo, para darla a su descendencia; y cumpliste tu palabra, porque eres justo. Y miraste la aflicción de nuestros padres en Egipto, y oíste el clamor de ellos en el Mar Rojo; e hiciste señales y maravillas contra Faraón, contra todos sus siervos, y contra todo el pueblo de su tierra, porque sabías que habían procedido con soberbia contra ellos; y te hiciste nombre grande, como en este día. Dividiste el mar delante de ellos, y pasaron por medio de él en seco; y a sus perseguidores echaste en las profundidades, como una piedra en profundas aguas. Con columna de nube los guiaste de día, y con columna de fuego de noche, para alumbrarles el camino por donde habían de ir. Y sobre el monte de Sinaí descendiste, y hablaste con ellos desde el cielo, y les diste juicios rectos, leyes verdaderas, y estatutos y mandamientos buenos, y les ordenaste el día de reposo santo para ti, y por mano de Moisés tu siervo les prescribiste mandamientos, estatutos y la ley» (Nehe. 9: 7-14).

 El día de reposo  quedó como un recuerdo de la  liberación de Israel de la tierra de Egipto por  la mano misericordiosa de Dios. El pueblo de Israel honró a Dios  por su liberación de la esclavitud de faraón sujetándose al cuarto mandamiento de la pasada Ley (2 Co. cap. 3). Con la venida de la nueva dispensación de la gracia que revela a Cristo, la Ley mosaica pereció, y con ésta, el cuarto mandamiento, porque «el fin de la Ley es Cristo» (Ro. 10:4). Ya Pablo  había advertido a los creyentes de su época contra los judaizantes que los obligaban a practicar los ritos de la Ley muerta e intrascendente, presionándolos a guardarla. Imposible que fuese de ese modo, porque «si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo» (Ga. 2:21).

El hombre es «justificado por la fe  en Jesucristo, y  no  por  las obras de la  Ley». Esto, hay que metérselo bien en  la  cabeza (Gal. 2:16; 2:20). Los  judaizantes  razonaron  que no bastaba el creer  en Cristo para obtener la salvación. Para tales era imprescindible  guardarla  además: “una  muleta innecesaria para la gracia”. Pablo muestra en su  carta a los Gálatas lo infructuoso de la Ley  para salvar, sin olvidarnos,  por  supuesto, de  la  observancia del sábado (Col. 2:16-17):

 «Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas» (Gal.3:10-12).

 «Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses; mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar?» (Gal. 4:8-9).

 «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído» (Ga. 5:1-4).

 «Porque ni aun los mismos que se circuncidan guardan la ley; pero quieren que vosotros os circuncidéis, para gloriarse en vuestra carne» (Gal. 6:13).

 Con  la  observancia de  la Ley se procede  para  continuar  en esclavitud,  por  lo que hemos visto (Gal. 4:3-11). No se concibe  “estar en la Ley  mosaica y ser de  Cristo a  la vez”.  Como cristianos, nos encontramos en el «nuevo pacto» que fue vaticinado  en el Antiguo Testamento por el profeta  Jeremías, mas no en la Ley de Moisés (Véase Heb. 8: 8-13). Con  la  Ley  estamos sentenciados a muerte irremediable  a causa del pecado (Ro. 8:2), pero  con Cristo morimos para resucitar a una  «nueva vida» (Ro. 6:4). Cuando Cristo murió clavado en la  cruz, con él quedaron  horadados  «los decretos que  eran contrarios a nosotros», es decir, las ordenanzas y ritos de la eclipsada Ley que sujetaban al hombre a esclavitud  y muerte; lógicamente, la  observancia  del sábado por ser un  rito de  la Ley, también quedó «clavada en el hosco madero» (Col. 2:13-17).  Únicamente por la «gracia divina» es que logramos  ser salvos  (Ef.  2:4-5). La  observancia del sábado, como  rito de la  Ley pasada,  sale sobrando para ofrecer  la salvación en el hombre pecador. Para el adventista, la  observancia del sábado en  el cristiano  vendría a ser, como rito obligadamente  necesario,  una especie de “factor sinérgico”  que “capacitaría a la gracia” para  que la salvación pudiera  efectuarse en aquel  pecador que  ha  creído en Cristo.  Las ordenanzas de la Ley  nada pueden hacer  para salvar al hombre  en esta nueva dispensación. Sobra  y  basta con  la «gracia» para que el más  pecador, rebelde y terrible de los seres  humanos obtenga «vida eterna».

 Dios concluyó su obra creativa en el sexto día y descansó  en el séptimo día. En la antigua dispensación  este día fue ordenado para  Israel. En cambio, el  primer día de la semana,  el domingo,  conmemora la resurrección de Cristo y no la antigua  creación que languidece más cada día por  la destructiva mano de la humanidad  irresponsable. La «antigua creación»  es  la sombra de la «nueva creación», un  «día de reposo mucho más excelente que el primero» (Heb. 4:3-11), que se manifestará  en un «nuevo  orden  mundial futuro», en una tierra restituida de las consecuencias del  pecado,  que  fue afectada en  su  tierna y  perfecta naturaleza  en  el principio de la  creación de Dios. «Nuevo orden cosmológico» y  que Cristo regirá  cuando retorne por segunda vez a esta tierra (Ap.  20:4,  6). Cristo es la cabeza de la «nueva creación». La vieja creación será una que quedará en el  pasado, en las irrecuperables partículas  del polvo del olvido. Con Cristo esperamos esta «nueva creación» porque «reinaremos juntamente con él» (2 Tim. 2:12; Ap. 5.10). Es correcto pensar, que tan absurdo es  seguir guardando el día de reposo escrito en las tablas de la gloria  pasada, ya que está adherido a la «antigua creación».  La creación vieja, caída y trastornada, «gime hoy por el cambio, por  su renovación». Porque esta creación será «libertada de la esclavitud de corrupción que inició en el Edén por el pecado del primer  hombre, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Ro. 8:19-21).

Es  un  error  histórico  desmedido de  parte del desubicado  adventismo haber  considerado que la celebración del día  domingo por  la observancia del sábado en la  Iglesia  fue  maquinada por Constantino y el  “Papa” en el Siglo IV,  ya que estaba  profetizado que  el anticristo, y que los adventistas  han  identificado con el  “Papa”, habría de «cambiar los  tiempos  y  la  ley», de acuerdo a Dn. 7:25. Elena G. White  escribe así esta  absurda y fracturada declaración al respecto:

«A principios del  Siglo IV el emperador Constantino expidió  un  decreto que  hacía del domingo un día de fiesta  pública en  todo  el imperio romano.  El día del sol fue reverenciado por sus súbditos paganos  y  honrado  por los cristianos…» («El Conflicto de los Siglos», o «América en la Profecía»,  cap. 3,  pág  50). 

Históricamente está escrito que la observancia del día domingo por el sábado no se promulgó  con el decreto que la Señora White, amante del plagio, menciona en su famoso y retorcido libro (yo lo he leído muy minuciosamente, y vaya, ¡qué desastre  y calamidad!). Antes ya de este “oficio real”  los cristianos se reunían el día domingo para celebrar la resurrección de Cristo  (1 Co. cap. 15),  al que llamaron «el día del Señor».

Constantino no provocó en algún momento el cambio de observancia de un día por  otro. Lo que hizo, simplemente, fue “oficializar” la observancia del día domingo que existía  ya como costumbre tradicional  de los cristianos prístinos para festejar el día de la resurrección de Cristo. La fecha de la legalización de la observancia del  día domingo por el emperador Constantino está registrada en el año 321. d. C. 

Existen pruebas irrefutables de parte de los Padres de la  Iglesia Primitiva que dan  fe de la observancia del día domingo,  y  no del día sábado, por los primeros  cristianos  fieles y creyentes:    

Justino Mártir, en el año 145  d. C. escribió:

«Mas el domingo es el día en  que todos tenemos nuestra reunión común, porque es el día  primero de la semana y Jesucristo, nuestro salvador, en este mismo día resucitó de la muerte».

Ignacio, un hombre convertido a Cristo bajo el ministerio del apóstol Pablo, dijo:

«Todo aquel que ama a Cristo celebra el día del Señor….no guardando ya más los sábados, sino viviendo de acuerdo con el día del Señor, en el cual nuestra vida se levantó otra vez por medio de él y de su muerte. Que todo amigo de Cristo guarde el día del Señor».

Ignacio de Antioquia, otra  vez:

«Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor (domingo) en que nuestra vida es bendecida por Él y por su muerte» (Ignacio de Antioquia, a los Magnesios 9:1).

Tertuliano, en Apologético cap.  XVI, escribió:

«…y asimismo, si nos damos a la alegría el día del sol (el domingo), por razón muy distinta que la de tributar culto al sol, seguimos en ello a los que designan el día de Saturno (el sábado) a comer y descansar, sin seguir por ello la costumbre judía que desconocen» (de guardar el Shabat).

En el año 300 d. C. Victoriano plasmó esto:

«En el día del Señor acudimos a tomar nuestro pan con acción  de  gracias,  para que  no se  crea que observamos el sábado con  los judíos,  lo cual Cristo mismo, el Señor  del sábado, abolió en  su cuerpo».

Efectivamente: Cristo reveló que era el Señor del sábado. Dijo que el «sábado fue hecho para el hombre, y no  el hombre para el sábado» (léanlo  mis amigos  por favor en Mr. 2:23-28).  Los fariseos legalista,  indolentes y orgullosos  hostigaron al Hijo de Dios por las buenas obras que realizaba el día sábado (véase Lc.  6:6-11). De la misma manera que Cristo, nuestros actos de bondad al prójimo no podrán detenerse  en cualquier día de la semana,  y el sábado, no es la excepción. Como intensivista de la medicina crítica, no podría dejar jamás de atender una urgencia médica que ponga la vida de un ser humano por  guardar el día sábado de la Ley caduca y pasada,  porque sería  inconsecuente, maligno y egoísta. Si  yo fuese el único médico disponible en cierta área  o ciudad  para resolver  una  grave urgencia en día sábado,  menos lo  guardaría.  No es posible ser un fanático legalista y dejar de practicar el amor que Dios nos demanda para con el prójimo y que deberá  llevarse a  cabo en cualquier momento inesperado. El amor al prójimo es el segundo mandato más grande del Divino para el creyente en Cristo. En  este mandato se cumple toda la Ley (véalo en Ga.5:14). El amor al prójimo no tiene  ninguna relación con la observancia del día sábado. Los propósitos de cada uno son en todo diferentes. Cristo nos dio un «mandamiento nuevo», y si es «nuevo», nada tiene que ver  éste con la antigua Ley. El «nuevo mandato» dice:

«Que os améis unos a  los otros» (Jn. 13:34).

Si guardamos el  día sábado según la Ley mosaica  en esta dispensación nueva, perderemos la oportunidad de practicar  el amor de Dios conforme el «mandato nuevo», que es categórico y no ritualista, dado por Cristo. «Cada día», «cada hora», y «cada segundo», los hombres padecen de grandes necesidades y nosotros “deberemos ser”  de bendición para ellos «cada día», «cada minuto», y «cada «segundo»  de «cada semana», contando el sábado, por  supuesto, porque  «al  que sabe  hacer lo bueno y no lo hace, le es contado por pecado» (Stg. 4:17). Si somos ritualmente legalistas terminaremos siendo  como el  indiferente sacerdote, o el indolente levita, que dejaron abandonado a su suerte el hombre herido que «descendió de Jerusalén a Jericó»,  por no perder su “servicio religioso”  pero que el samaritano compasivo  rescató de la muerte en un acto de amor desinteresado e incondicional (Lc.10:30-37).

  El fanatismo religioso y  ritualista dentro del adventismo va en contra de los designios del Divino. El observar el sábado en el tiempo de la gracia salvadora y autosuficiente promueve al legalismo que tanto combatió el apóstol Pablo y qué también fue un ciego legalista, a  la irresponsabilidad y al desamor hacia el prójimo. El adventismo tendrá que considerar con seriedad su grave error. El guardar el sábado en esta dispensación, propone  que el sacrificio de Cristo es incompetente por  sí mismo para redimir a la humanidad pecadora. 

Por terminar, es bastante extraño que en el «concilio  de Jerusalén» no se haya concientizado el mandato de guardar el sábado, cuando se dActs-D10iscutía la hueca y fatua relación  de la Ley mosaica con los creyentes en Cristo. ¿Olvidaría Dios establecerlo? Yo creo que no:

«Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien. Así, pues, los que fueron enviados descendieron a Antioquia, y reuniendo a la congregación, entregaron la carta; habiendo leído la cual, se regocijaron por la consolación» (Hech. 15:28-21). 

Amén.

Referencia para estudio:

«Reina Valera 1960».

« ¿Cuál Camino?» De Luisa Jeter de Walker.