EL NUEVO PACTO

Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)«He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado» (Jer. 31:31-34).

Es cierto que el Nuevo Pacto fue hecho en el pasado con las casas de Israel y de Judá, pero su efectividad se cristalizó hasta el tiempo de la Iglesia, donde los individuos de la nación de Israel que han creído en Jesucristo como su Señor y Mesías se han hecho parte del Cuerpo de Cristo junto a los gentiles creyentes que lo han recibido como su Señor y Salvador (Jn. 1:12; Ef. 2:12-18), «…porque no hay acepción de personas para con Dios» (Ro. 2:10-11), porque «…si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo» (Ga. 2:21 ), «Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Jn.1:17).

De tal modo que el sacrificio cruento de Cristo, el Mediador del Nuevo Pacto, abarca indefectiblemente la nación de Israel (Jn. 1:11; Ro.10:1; 11:1, 26), «ya que por la Ley ningún ser humano será justificado» (Ro. 3:20), «sino por la Fe en Jesucristo» (Ga. 2:16); y alcanza en la misericordia de Dios a los gentiles de todo el mundo (Ro. 9:25-26; Ap. 7:9; Ro.11:11,13) que han creído en el Mesías (Jn. 3:16, 36). El Nuevo Pacto ofrece un corazón renovado, un cambio personal en base al nuevo nacimiento (2 Co. 5:17), y que no podría conseguirse luego sin la ofrenda de sangre, siendo Cristo el sacrificio único y perfecto para la remisión de los pecados (Heb. 9:26; 10:12, 14, 18-19), porque «…sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (Heb. 9:22 b):

Cristo confirma «el Nuevo Pacto en su sangre», implicado en Dispensación actual de la Gracia:

«De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama» (Lc.22:20).

«…pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (Lc.1:17).

El Nuevo Pacto, por lo visto, es uno de Gracia y de Perdón, establecido en la sangre derramada de Cristo Jesús (véase Mt. 26:28; Ro. 5:9), y que está relacionado con Iglesia (Lc. 20:20; 1 Co. 11:25; 2 Co. 3:6; Heb. 8:9; 9:15. Véase también: Mr. 14:24: Ro. 11:27; Heb. 8:18-13; 12:24).

Dentro del dispensacionalismo hay quienes sostienen que el Nuevo Pacto únicamente se cumplirá hasta que Dios haya ejecutado en Israel su salvación y restauración, al principiar la era milenaria. Hay un punto de vista dispensacionalista que alega una doble aplicación de este Nuevo Pacto (Jer. 31:31): uno para Israel en el futuro; el otro para la Iglesia de Cristo de todos los tiempos. No creemos que el Nuevo Pacto tenga un cumplimiento exclusivo con el Pueblo de Israel hasta el Reino terrenal escatológico, porque es un Pacto de conversión que capacita al creyente anticipadamente para una vida de obediencia y santidad a Dios: imprescindible situación para merecer la teocracia venidera, cuando Cristo regrese visible y en gloria al mundo caído y corrupto (Stg. 1:12; Ap. 2:10; 2:26; Mt. 24:30). El Nuevo Pacto, por lo tanto, demanda una renovación espiritual personal primero (Jn. 3:7), porque «…si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt. 18:3).

Es improbable que el Nuevo Pacto que exige una conversión espiritual tenga que cumplirse selectivamente en Israel hasta la era milenaria, según lo dictaminado por el dispensacionalismo. Si el Nuevo Pacto está determinado para tener cumplimiento hasta el retorno de Cristo en el Pueblo de Sion, de ser así, ¿qué otra cosa garantizaría a la nación de Israel para ingresar en el Reino de Dios, si se ha de requerir forzosamente una trasformación espiritual para tal efecto, y qué tan sólo el Nuevo Pacto la puede conferir?

El dispensacionalismo pregona que Cristo juntará para el futuro la casa de Israel y de Judá para salvarla y hacer un Nuevo Pacto con éstas. La salvación que el dispensacionalismo expone aquí es escatológica y geográficamente nacional, y por lo que plantea, su conversión no es antes de la Parusía sino después de ésta, tomando como punto de referencia o partida el Nuevo Pacto de Jer. 31:31, tan citado ya en el presente escrito. Pablo escribe que el Nuevo Pacto «ha dado por viejo el primero». Con esto quiere decir, que la Ley ha sido desplazada por el Nuevo Pacto, claro está, efectivo hogaño, mas no escatológico, porque ha sido manifestado en el tiempo de la Gracia. Cristo, como el Mediador del Nuevo Pacto, fue sacrificado con terrible y cruenta muerte «para la remisión de las trasgresiones que existían bajo el primer pacto» (La Ley), para que de ese modo «los llamados reciban la promesa de la herencia eterna» (Heb. 9:15), de la cual sabemos, será futura y terrena (véase Sal. cap. 2; Mt. 5:5: Ap. cap. 20).

«Toda la nación de Israel»: ¿será salva literalmente?

«Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados» (Ro.11:25-27).

«Todo Israel» (päs Israël, gr.), no significa en realidad la nación judía «como un todo». Es más seguro pensar que el apóstol Pablo se dirija a las personas de la nación de Israel que ha creído en el Evangelio salvífico en que se muestra a Cristo como la principal e ineludible causa o condición para el perdón de los pecados, para la justificación, vale redundar, tanto para el judío como para el gentil. Debe contemplarse que el rechazo de Israel es temporal, hasta que todos los que van a ser salvo entre los gentiles pongan su Fe en el Hijo de Dios; es entonces cuando la salvación llegará a una buena cantidad de judíos, de la misma forma que ha acontecido a otras naciones a través de su historia. «Todo Israel», reitero, no significa que todo judío de la nación de Israel será salvo. ¿Por qué? Porque Pablo no enseña tal cosa. Véase por favor para el despeje de cualquier duda Ro. 10: 2-3. Esta frase deberá comprenderse como igual que «la totalidad de los gentiles» (Ro. 11:25). Habrá en el futuro un giro notable de parte de los judíos hacia Cristo.

Fuera de Cristo, no existe otra alternativa diferente para salvación, porque él mismo dijo:

«…Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí » (Jn.14:6).

Además:

«…donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos« (Col. 3:11).

«Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles)…» (Ga. 2:7-8).

«Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado» (Ga. 2:15-16).

Dios dicta, en Ro. 11:27, que hará un pacto con Israel después de haber quitado sus pecados: «Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados».

Es menester siempre tener en mente que este «pacto», o «alianza» (Biblia de Jerusalén), definitivamente no es el Nuevo Pacto, porque habría de requerirse de éste para quitar primero los pecados de la nación de Israel, y ya santificada en su conversión, sería entonces posible para Dios alianzar con ella, porque «…sin santidad nadie verá al Señor» (Heb. 12:14). Este «pacto» que aparece en Ro. 11:27, que sí es escatológico, es un pacto de obediencia a Dios, de bendiciones futuras y terrenales para Israel, por la sencilla razón que Dios prometió restaurarlo en la antigüedad, como veremos en los siguientes textos del Antiguo Testamento:

«…a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya. Reedificarán las ruinas antiguas, y levantarán los asolamientos primeros, y restaurarán las ciudades arruinadas, los escombros de muchas generaciones. Y extranjeros apacentarán vuestras ovejas, y los extraños serán vuestros labradores y vuestros viñadores. Y vosotros seréis llamados sacerdotes de Jehová, ministros de nuestro Dios seréis llamados; comeréis las riquezas de las naciones, y con su gloria seréis sublimes. En lugar de vuestra doble confusión y de vuestra deshonra, os alabarán en sus heredades; por lo cual en sus tierras poseerán doble honra, y tendrán perpetuo gozo» (Is. 61:3-7).

«He aquí que yo los reuniré de todas las tierras a las cuales los eché con mi furor, y con mi enojo e indignación grande; y los haré volver a este lugar, y los haré habitar seguramente; y me serán por pueblo, y yo seré a ellos por Dios» (Jer. 32:37-38).

«Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí. Y me alegraré con ellos haciéndoles bien, y los plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón y de toda mi alma» (Jer. 32:40-41).

«…Hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles… » (Ro. 11:25b).

El Tiempo de los Gentiles:

Señala el tiempo en que Jerusalén ha estado en manos de los gentiles. Concluirá hasta que Dios haya cortado por medio de Jesucristo su dominante y egocéntrico control, en la Parusía. Dicho tiempo está relacionado con los sistemas inicuos del mundo (Lc. 21:24). El fin del Tiempo de los Gentiles vendrá en la Batalla de Armagedón, con la destrucción de los últimos gobernantes (reyes) de la tierra, entre los que se incluye el Anticristo Final (Ap. 16:12-16), cuando el Señor, el Libertador (ho ruomenos, gr.), intervenga judicialmente para salvar a Israel de su exterminio (véase Zac. 14:12; Ap. caps. 12 y 19). Por otro lado, «la plenitud de los gentiles» se llevará a cabo hasta que el último de los gentiles se haya convertido por el Evangelio al Señor. Con el regreso visible de Cristo a la tierra, simultáneamente se dará término a los sistemas terrenales y a la predicación del Evangelio para la salvación de los hombres: «…y entonces vendrá el fin» (véase Mt. 24:14).

Continuando….

«Y acontecerá en toda la tierra, dice Jehová, que las dos terceras partes serán cortadas en ella, y se perderán; mas la tercera quedará en ella. Y meteré en el fuego a la tercera parte, y los fundiré como se funde la plata, y los probaré como se prueba el oro. El invocará mi nombre, y yo le oiré, y diré: Pueblo mío; y él dirá: Jehová es mi Dios» (Zac. 13:8-9).

Sin lugar a duda «la tercera parte» expresada arriba es el remanente de Israel que Dios persevera para el fin de los tiempos (véase Is. 11:11; Ro. 11:5). «Dos terceras partes» de Israel serán cortadas, es decir, se perderán, porque:

«No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes» (Ro.9:6-8).

Complementando por su importancia, «Todo Israel» no engloba o circunscribe a los que componen la nación israelita en general, a los que descienden de ella o que son descendientes físicos de Abraham, porque: «No son hijos de Dios según la carne», escribió Pablo. Para Pablo el verdadero Israelita es el que desciende «según la promesa», y por esta simple razón es contado como «descendiente». Así, qué, los descendientes según la promesa de la nación física de Israel, no en el sentido “racial”, son los que componen la Iglesia de Jesucristo, junto a los gentiles convertidos de las naciones del mundo. La Biblia nos muestra que la consumación de la salvación del creyente es literalmente futura, «preparada para ser reservada para tiempo final». Con esto queda claro que la salvación para los que pertenecen a la Iglesia de Cristo hodierno es «posicional», por no estar concretamente consumada.

Pedro escribe con relación a esto:

«…que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero» (1 P. 1:5).

En otra parte, el apóstol Pablo menciona que la salvación de los creyentes cada vez está más cerca:

«Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos» (Ro.13:11).

Dios salvará a su Iglesia en el tiempo postrero, cuando Cristo en su glorioso retorno haya derrumbado las organizaciones políticas, sociales, militares y religiosas del planeta. La salvación futura de la Iglesia compromete a la fracción de personas de la nación de Israel que ha creído en el Evangelio y en su proclamador Jesucristo, a los judíos que han sido renovados por el Nuevo Pacto. Pablo escribe que «Dios no ha desechado a su Pueblo Israel» (véase Ro. 11:1-2). La oportunidad de salvación para el Pueblo de Israel es por la Fe en Jesucristo, pero muchos de este Pueblo la rechazaron en el pasado, y bastantes la seguirán rechazando hoy y mañana, hasta perderse por su inevitable incredulidad.

Cristo les advirtió a los fariseos de la nación de Israel tocante a esto:

«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (Jn. 5:39-40).

Si Dios va a salvar a Israel primero, y me refiero a ella como entidad nacional, para ofrecerle después un Nuevo Pacto que promete una renovación espiritual, en la inauguración del gobierno milenario del Señor: ¿Dé que sirvió entonces el ministerio de evangelismo de Pedro para la conversión de sus paisanos? ¿Qué caso tuvo la muerte redentora de Cristo en la cruz del Calvario que fue destinada, no sólo para los gentiles inconversos, sino también para los judíos incrédulos en la Nueva Dispensación? ¿Dé qué serviría estar hoy predicándoles a los judíos ortodoxos y ritualistas, a los racionalistas y liberales, «el Evangelio de Cristo y a éste crucificado» (1 Co. 1:17; 2:2), el Mediador del Nuevo Pacto, que es de sangre y de regeneración interna, si Dios los guardará de todos modos del espantoso juicio para condenación eterna, considerando que el Nuevo Pacto, según el dispensacionalismo, posee un cumplimiento hasta el reinado terrenal de Cristo? Si no hay una genuina conversión en base al Nuevo Pacto, es imposible admitir con esto que alguien pueda llamarse “salvo”, o “hijo de Dios”, y no excluyo al judío aquí.

Cristo ahora es el Mediador del Nuevo Pacto, tan indispensable para la conversión espiritual de los hombres perdidos en el mundo, cualquiera que sea, y que capacita al creyente para la próxima teocracia. Pablo confirma la invalidez de la Ley pasada y caduca dada a Israel, la del Antiguo Pacto, por el Nuevo Pacto, valiéndose de Jer. 31:31-34:

«Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas. Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo. Porque reprendiéndolos dice: “He aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo; y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades”. Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer» (He.8:6-13).

Puntos que sostienen la actual viabilidad del Nuevo Pacto en la Iglesia de Cristo de todos los tiempos, y no para el milenio:

Desde la fundación de la Iglesia de Cristo en el día del Pentecostés en el 33 d. C. hasta la fecha, el Nuevo Pacto es uno que confiere renovación mental, un cambio en el corazón humano, en otras palabras, una regeneración espiritual en el creyente (Jer. 31:33; Is. 59:21). El perdón de los pecados está instituido en este Nuevo Pacto: «porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado» (Jer. 31:34). La provisión del espíritu santo también es hallada en el Nuevo Pacto (Jer. 31:31:33. Véase además Ez. 36:27). El conocimiento de la voluntad de Dios por medio del espíritu santo de Dios (Jn. 14:16-18; 1 Jn 2:27, compárese con Jer. 31:34a) es apreciado en Nuevo Pacto (Jer. 31:34).

El Nuevo Pacto fue hecho el Pueblo a las casas de Israel y Judá pero vino a cumplirse con la Iglesia de Cristo que está conformada por los individuos de la nación de Israel («El Israel de Dios»: Ga. 6:16) y por los gentiles del mundo entero que han considerado y aceptado correctamente el Evangelio y a su Humano y Santo proclamador. En el tiempo en que se escribió la profecía de Jeremías del Nuevo Pacto, Israel estaba dividido en dos reinos, antes de la deportación babilónica. Si somos atentos, en Jer.31:33, Dios hace mención de la nación de Israel como un «sola casa», y no como en Jer. 31:31 donde el Señor la presenta como «dos casas». La razón, es que en esta profecía «la casa de Israel» es divisada por Dios como una sola nación, en el tiempo de la Iglesia. El reino dividido finalizó en el año 772. a. C («…este es el pacto que hare con la casa de Israel en aquellos días»: 31:33b). El Nuevo Pacto tiene que ser sin duda uno para el tiempo de la Iglesia, porque en su carácter hallamos involucrada la regeneración espiritual del pecador: «Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo».

El Nuevo Pacto fue inicialmente hecho con el Pueblo judío, pero su cumplimiento se dio hace casi dos milenios, con el surgimiento de la Iglesia de Cristo; Iglesia compuesta por individuos de la nación de Israel (la casa de Israel) y los gentiles de las naciones del mundo (goyms).

La sangre del Nuevo Pacto que fue derramada en el Gólgota, es con certeza el cimiento de todas las bendiciones de la presente época para el creyente gentil (a parte del judío creyente) de la Iglesia de Cristo. Es así como el creyente gentil, antes un incrédulo pecador que fue tomado a misericordia por Dios en el Nuevo Pacto para su endógena restauración, comparte la Cena del Señor como recuerdo de la sangre del Nuevo Pacto (2 Co. 3:6). Además que este creyente es «hijo de Abraham por la Fe» (Ga. 3:7), uno que participa de la raíz y de la savia rica de la oliva, Israel, «porque la salvación viene de los judíos» (Jn. 4:22). Antes de su conversión, «un gentil extraño e incrédulo», «alejado de la ciudadanía de Israel», «ajeno a los pactos de la promesa » (Ef. 2:12), pero hoy, «no lo es más» (Ef. 2:19), porque «ha sido hecho cercano por la sangre de Cristo» (Ef.2:13). El creyente gentil ha recibido el benevolente provecho del Nuevo Pacto promulgado en un principio a la casa de Israel y de Judá: es «un ciudadano con el resto de los santos y servidores de Dios», «un miembro de la familia de Dios» (Ef. 2:19).

Cristo «en la cruz reconcilió con Dios al judío y al gentil en un solo cuerpo, la Iglesia, destruyendo en el madero las enemistades» (Ef. 2:16), «y anunció las buenas nuevas de paz (el Evangelio) a los que estaban lejos (los gentiles), y a los que estaban cerca» (los judíos) (Ef. 2:17)

Amén.

MIEMBRO DEL CUERPO GOBERNANTE DE LA WATCHTOWER ANUNCIA LA NUEVA FECHA DEL ARMAGEDÓN PARA EL 2034

El señor Teodore Jaracz, miembro del Cuerpo gobernante o del Esclavo fiel y discreto de la Sociedad Watchtower de los Testigos de Jehová, y uno de los responsables del equipo encargado de suministrar el alimento correcto a su debido tiempo, insinúa el Armagedón para el 2034 en la revista de La Atalaya del 15 de diciembre del 2003, páginas 14 y 15. Su táctica es tirar la piedra y esconder la mano para no meter la pata más tarde. La fecha es insinuada claramente sin colocarla específicamente en la revista  para no dejar “huella” en caso de que resulte ser un nuevo fiasco como ocurrió con las anteriores fechas.

Usando esta vez el argumento de los 120 años de espera de los días de Noé en que Jehová sentenció a la humanidad al diluvio, la WT elabora su nueva fecha (2034) para el inicio del Armagedón.

Walt Disney Productions

LOS TALENTOS DE BARAK OBAMA

Por Ingº Alfonso Orellana 

Mateo 25:14-18:

El reino de los cielos será también como un hombre que, al emprender un viaje, llamó a sus siervos y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro sólo uno talento, a cada uno según su capacidad. Luego se fue de viaje. El que había recibido los cinco talentos fue en seguida y negoció con ellas y ganó otros cinco talentos. Así mismo, el que recibió dos talentos ganó otros dos talentos. Pero el que había recibido uno talento fue, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Después llegó el que había recibido sólo un talento. “Señor,” explicó, “yo sabía que usted es un hombre duro, que cosecha donde no ha sembrado y recoge donde no ha esparcido. Así que tuve miedo, y fui y escondí su dinero en la tierra. Mire, aquí tiene lo que es suyo.”  

Esta mañana mientras me desplazaba por la autopista en dirección a mi trabajo escuchaba la radio y me enteré que aun otro de los grandes bancos americanos, el Wells Fargo, va a devolver los billones de dólares que Obama le entregase hace un año con miras a estimular la economía y aumentar la fe del ciudadano común en el sistema bancario. Una de las razones principales de este desembolso es que los bancos pusieran esos fondos en las manos del pueblo por medio de extender crédito que produjera el estímulo económico que se necesita.

Me vino a la mente la parábola de “los talentos.” Estos bancos actuaron como el siervo necio que no puso los intereses del amo primero, sino que escondieron el talento por temor a perderlo. Ahora, un año después, con la economía todavía por el suelo, le dicen al amo “Mire, aquí tiene lo que es suyo.”

En mi opinión, todos esos talentos debieron ser puestos en las manos de la gente común, aquellos que son consumidores y que le hubiesen  dado uso inmediato. Por mi parte, espero pacientemente ser “estimulado.”

JESUS DIJO: “PARA QUE DONDE YO ESTOY, VOSOTROS TAMBIÉN ESTÉIS” (JUAN 14:3)—¿PERO DÓNDE ESTABA JESÚS?

  

El Monte de los Olivos

Por Ing° Mario A. Olcese S.

Uno de los versos más usados para enseñar que vamos al cielo es Juan 14:23. Aquí el Mesías dijo, “En la casa de Mi Padre muchas moradas hay: De no ser así, les habría dicho. Voy a preparar un lugar para vosotros. Y si fuere y os preparare lugar para vosotros, vendré otra vez, y los recibiré a Mí Mismo; para que donde yo estoy, vosotros también estén”.

¿Qué y Dónde está preparando lugares para los Suyos?

Antes que nada Jesús jamás prometió a sus seguidores darles un lugar en el cielo como morada permanente. Tampoco ninguno de sus apóstoles creyó que iría al cielo para estar con Dios y Jesús. Fue el filósofo Griego Platón el que sentó las bases de un alma inmortal que parte de este mundo después de la muerte. Su filosofía fue mezclada con el pensamiento Hebreo y nació el gnosticismo. Esta secta gnóstica, muy en boga en los tiempos de Jesús, amenazó a la sana doctrina predicada por Jesús y sus apóstoles. Los apóstoles, y en especial Pablo y Juan, advirtieron a las iglesias cristianas en contra de esa secta. Pablo llamó a los gnósticos: “La falsamente llamada ciencia” (“gnosis”)(1 Timoteo 6:20). Los gnósticos decían que la materia era mala y pecaminosa, y que Cristo no era humano sino que tenía apariencia de hombre. Creían que existía un plano superior (el “Pleroma”, especie de cielo gnóstico) donde vivían los AEONES (espíritus puros superiores, entre los cuales estaba Cristo antes de venir al mundo). Los gnósticos creían que ellos tenían el conocimiento verdadero para lograr partir a ese plano o dimensión de los espíritus con el alma inmortal. ¿No se parece esto mucho al pensamiento “cristiano” sobre una existencia en el cielo con Dios, Cristo, y sus ángeles después de esta vida, a través de nuestras “almas inmortales”? Es muy probable que muchísimos cristianos sean realmente cristianos gnósticos en este punto.

También Pablo advirtió, que después de su “partida”, entrarían en el rebaño del Señor falsos maestros que buscarían ganarse el rebaño con palabras pervertidas (Hechos 20:29,30). Y así fue. Con el correr del tiempo, la iglesia se corrompe con sus propios malos obispos que se levantan con sus herejías destructoras. En el siglo IV aparece el obispo “San Agustín de Hipona”, el Padre y Teólogo del catolicismo. Éste distorsiona radicalmente el verdadero significado del reino bíblico al decir, por vez primera, en su obra “La Ciudad de Dios”, que el reino era la iglesia católica Romana. Parece ser que los “amilenialistas católicos”, y “campbelitas amilenialistas” no han logrado sacudirse del todo de los errores de Agustín de Hipona.

Algunos dirán: “Bueno, ¿no dice Jesús que “los pobres en espíritu es el reino de los cielos”? (Mateo 5:3). Pero tomemos nota que el Señor NO dice que de los pobres en espíritu es el reino EN (sino “DE”) los cielos”. De modo que lo que Cristo ofreció a los pobres en espíritu era un reino que tiene su origen en Dios, y no en los hombres. Viene de Dios como un don o regalo para los hombres.

Pues bien, regresemos a Juan 14:1-3 de la pregunta. Veamos lo que verdaderamente dijo el Señor Jesucristo: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy pues a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mi mismo, para que DONDE YO ESTOY, vosotros también estéis.”

Muchos estudiantes de la Biblia no se han puesto a pensar en esta última frase “para que DONDE YO ESTOY (tiempo presente)”. En las más importantes versiones de la Biblia Inglesa se vierte este pasaje como “WHERE I AM” en tiempo siempre presente (“donde yo estoy”). Esta frase es sumamente importante y clave para entender los versos en cuestión. Jesús está ofreciendo un lugar a sus discípulos “en la casa de su Padre”. Luego nos dice que él nos tomará para que estemos con él en el lugar donde ÉL ESTÁ en el momento de pronunciar la promesa. Y, ¿dónde estaba Jesús cuando pronunció esa promesa? ¿En el cielo? ¿En Marte? No! Él estaba aún en LA TIERRA, y más exactamente, EN JERUSALÉN. Recuerde que Jesús todavía no había ascendido al cielo, y aún no había ni siquiera resucitado. Por tanto Jesús estaba ofreciéndoles a sus seguidores volver a la tierra para estar con ellos en el lugar donde proclamó su promesa, es decir: ¡En Jerusalén!

Muchos cristianos creen que Jesús nos “llevará al cielo” para darnos nuestro “lugar” en la casa del Padre. Pero Jesús nunca habló de llevarnos al cielo en Juan 14:1-3. Usted NO leerá, ni siquiera una vez, de que iremos al cielo para recibir nuestro “lugar” una vez que esté preparado por Jesús. Lo que Jesús dijo era que prepararía nuestro lugar en la casa de su Padre y que luego volvería para estar con nosotros. Lo que NO dijo era CUÁNDO Y DÓNDE recibiríamos nuestro lugar en la casa del Padre. Él sólo está ahora ocupado PREPARANDO nuestras moradas, pero NO nos dice cuándo entraremos en ellas. En Apocalipsis 21 se revela que la “ciudad santa” bajará del cielo después del milenio. La ciudad santa de Apocalipsis 21 es descrita por Ezequiel como un edificio (40:2), y como una casa en 2 Corintios 5:1,2. Esta ciudad o casa canta bajará del cielo, y “Dios estará con los hombres” (Apocalipsis 21:3). Sólo los salvos entrarán en ella para tomar sus lugares o moradas (Apocalipsis 21:27). También leer Hebreos 11:9,10 donde se nos dice claramente que Abraham (el padre de la fe) “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.” Y en Hebreos 13:14 Pablo dice: “Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos LA PORVENIR.”

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JESÚS VERSUS MAHOMA

¿QUIÉN ES EL PADRE DE JESUCRISTO?

He decido hacer una pregunta facilita a mis detractores ”trinotercos” a ver sin con la Biblia me contestan con precisión

 
¡Dios os bendiga, hijos míos!

LETTER FROM THOMAS JEFFERSON TO DR. BENJAMIN WATERHOUSE

Monticello, June 26, 1822

_To Dr. Benjamin Waterhouse_

_Monticello, June 26, 1822_ 

        DEAR SIR, — I have received and read with thankfulness and pleasure your denunciation of the abuses of tobacco and wine.  Yet, however sound in its principles, I expect it will be but a sermon to the wind.  You will find it as difficult to inculcate these sanative precepts on the sensualities of the present day, as to convince an Athanasian that there is but one God.  I wish success to both attempts, and am happy to learn from you that the latter, at least, is making progress, and the more rapidly in proportion as our Platonizing Christians make more stir and noise about it.  The doctrines of Jesus are simple, and tend all to the happiness of man.

        1. That there is one only God, and he all perfect.

        2. That there is a future state of rewards and punishments.

        3. That to love God with all thy heart and thy neighbor as thyself, is the sum of religion.  These are the great points on which he endeavored to reform the religion of the Jews.  But compare with these the demoralizing dogmas of Calvin.  

        1. That there are three Gods.  

        2. That good works, or the love of our neighbor, are nothing.  

        3. That faith is every thing, and the more incomprehensible the proposition, the more merit in its faith. 

        4. That reason in religion is of unlawful use.  

        5. That God, from the beginning, elected certain individuals to be saved, and certain others to be damned; and that no crimes of the former can damn them; no virtues of the latter save. 

        Now, which of these is the true and charitable Christian?  He who believes and acts on the simple doctrines of Jesus?  Or the impious dogmatists, as Athanasius and Calvin?  Verily I say these are the false shepherds foretold as to enter not by the door into the sheepfold, but to climb up some other way.  They are mere usurpers of the Christian name, teaching a counter-religion made up of the_deliria_ of crazy imaginations, as foreign from Christianity as is that of Mahomet.  Their blasphemies have driven thinking men into infidelity, who have too hastily rejected the supposed author himself, with the horrors so falsely imputed to him.  Had the doctrines of Jesus been preached always as pure as they came from his lips, the whole civilized world would now have been Christian.  I rejoice that in this blessed country of free inquiry and belief, which has surrendered its creed and conscience to neither kings nor priests, the genuine doctrine of one only God is reviving, and I trust that there is not a _young man_ now living in the United States who will not die an Unitarian. 

But much I fear, that when this great truth shall be re-established, its votaries will fall into the fatal error of fabricating formulas of creed and confessions of faith, the engines which so soon destroyed the religion of Jesus, and made of Christendom a mere Aceldama; that they will give up morals for mysteries, and Jesus for Plato.  How much wiser are the Quakers, who, agreeing in the fundamental doctrines of the gospel, schismatize about no mysteries, and, keeping within the pale of common sense, suffer no speculative differences of opinion, any more than of feature, to impair the love of their brethren.  Be this the wisdom of Unitarians, this the holy mantle which shall cover within its charitable circumference all who believe in one God, and who love their neighbor!  I conclude my sermon with sincere assurances of my friendly esteem and respect.

VOTOS VERSUS PACTOS

Por Ingº Alfonso Orellana

El convertir la ceremonia de matrimonio en un intercambio de votos es algo que ha causado gran miseria al mundo occidental y sus consecuencias negativas no se pueden calcular. Las tragedias en el seno de la familia entre esposos e hijos frecuentemente son el desenlace de votos quebrantados por una de las dos partes o por las dos.  Someto que muchas de estas tragedias se habrían mitigado o eliminado por completo si la pareja hubiese entrado en un pacto.

Estas dos palabras implican, en su raíz, dos cosas muy distintas. Un voto es un juramento unilateral hecho sin condiciones. Una vez que hay una condición ya deja de ser un voto y se convierte en un pacto. Cuando dos personas juran ante Dios y testigos fidelidad eterna a otra persona en las buenas y en las malas se está exponiendo a miseria. Si la otra persona no cumple en lo absoluto su parte, el otro queda obligado aun por el voto. Nunca he escuchado en ninguna ceremonia de bodas expresiones que comprometan a la otra aparte; por lo tanto el matrimonio, como se practica en el mundo cristiano, no es consistente con la manera en que Dios ha tratado con el hombre desde su creación. En mi opinión, los votos deben estar reservados, en el mejor de los casos, para nuestra relación con Dios, quien es el único que cuya fidelidad es eterna y nunca nos va a defraudar. Los humanos, como en el caso de un cónyuge, siempre existe la posibilidad.

Estando muchas veces en el asiento de consejero matrimonial puedo decir que la raíz de muchos problemas está centrada en la idea de que ‘el (o ella) prometió…’ El dar por sentado que el otro está obligado crea un sentimiento muy real de que se nos ‘debe algo’ a lo cual tenemos derecho sin condiciones. El resultado es el resentimiento y el remordimiento que crece hasta llevar al divorcio en el mejor de los casos. Otros, escogen sufrir toda una vida por varias razones; la religión, la presión social, los hijos, la necesidad económica, etc. El denominador común es que ninguna de estas razones contribuye a la felicidad en el matrimonio y toda la consejería y psiquiatría del mundo no puede ayudar. Tristemente, el ciclo se repite con la siguiente generación. Es muy desventajoso para una persona hacer votos que tendrán un impacto de toda una vida en el momento en que no tienen la suficiente experiencia y conocimiento para tomar la mejor decisión. El asunto del matrimonio se convierte en una lotería de la cual hay muy pocos ganadores.

UNA PERSPECTIVA BIBLICA

En el primer matrimonio en la Biblia no hubo intercambio de votos. Simplemente, Dios le ‘dio la mujer al hombre.’ Esta habría de ser su complemento, ayudante. El resto de la historia la conocemos.

Durante los siguientes siglos se habla de ‘tomar esposa’ y la connotación moderna pudiera implicar lo que realmente existía entonces, una sociedad dominada por hombres. El matrimonio era un asunto de familia y comúnmente envolvía una transacción comercial en la que los padres de uno o del otro presentaban pago por el hijo o hija que se casaba. Esta costumbre continua vigente en muchas partes del mundo junto con el arreglo en el cual la pareja no tiene nada que decidir al respecto. 

El hacer público el acto de tomar una esposa era suficiente para sellar aquella relación.

No había ceremonias eclesiásticas, hasta por menos el siglo noveno A.D. que envolvieran votos entre las partes. Eso es un invento del mundo cristiano. Esta ese entonces el decir que uno estaba ‘casado’ era suficiente aunque dentro de la sociedad Romana y particularmente entre la clase rica ya existían protocolos legales de matrimonio.  Lo importante es reconocer que los siervos de Dios se destacaron por ser los más civilizados de su tiempo en la manera en que trataban a sus esposas.

Cuando la pareja que desea agradar a Dios se encuentran frente a diferencias irreconciliables, la presión psicológica puede ser desbastadora. El deseo de ‘escapar’ de una relación toxica se puede complicar terriblemente y pudiera traer ruina emocional, espiritual, física y económica. Todo esto contribuye a que abogados se enriquezcan a medida que explotan al máximo los protocolos legales existentes y promueven la animosidad entre las parejas. Tristemente muchos de estos procesos “legales” terminan en una desgracia y en hijos huérfanos.

Cuando Jesús habló acerca del divorcio, no podía diluir la ley o estándar perfecto del Padre al condonar el divorcio por cualquier razón pero sí reconoció que debido a la ‘dureza de corazón’ por parte del pueblo, Moises concedió el divorcio entre los israelitas. Aunque sabemos que aun esta provisión se corrompió y se abuso de ella, ¿Qué nos hace pensar que nosotros hoy día no tenemos la misma ‘dureza de corazón’ que necesitó una provisión de divorcio en le Israel antiguo? Creo que hoy, en vista de la introducción de votos matrimoniales es aun más necesario un vehículo por el cual sacar de un ‘yugo desigual’ a cualquiera que llegue a estar al borde de la desesperación al llevar toda la carga que representa andar juntos.

Los votos los hacemos a Dios de manera voluntaria y unilateral. Cuando condicionamos nuestro voto, este llaga a ser un pacto. Dios es un Dios de pactos. En Sinaí Dios hizo un  pacto con la casa de Israel en el cual ambas partes se comprometían. En el caso de Israel consistía en obedecer la ley y la parte de Dios era bendecirles. En el nuevo pacto, Dios provee el “cordero que quita el pecado del mundo” a cambio de que recibamos al mediador del pacto, con todo lo que implica; arrepentimiento y bautismo.

Un ejemplo clásico de un pacto con Dios es la situación de Ana, la madre de Samuel. Ella hizo un pacto o contrato con Dios; si le daba hijo varón, lo dedicaría al servicio de Él. Ambos cumplieron su parte. Dios no ha cambiado, sigue siendo un Dios de pactos. Por eso creo que el matrimonio debe ser un pacto entre un hombre y una mujer de modo que haya un sentido mutuo de obligación ante Dios y ante ellos mismos. Dos personas que caminen juntos, jalando parejo el yugo en amor y altruismo.  Lo que sigue es un boceto, producto de mi imaginación poética, de lo que podrían ser palabras de pacto a ser pronunciadas públicamente entre personas que desean caminar juntos el resto de sus vidas. Cada quien pudiera modificarlas a su antojo.

Amado(a) compañero(a) mío(a):

Me presento hoy delante de ti, de Dios y de estos testigos para celebrar el encuentro de nuestras almas y para expresar de manera pública que te amo y estoy dispuesta(o)   a caminar contigo, hombro a  hombro  por el resto de mi vida y aun la eternidad, si así lo dispone Dios.

Estoy dispuesta(o) a serte fiel, amarte, respetar tu opiniones y gustos, aun cuando difieran de los míos y cuidarte por tanto tiempo como tú estés dispuesto(a)  hacer lo mismo. No quiero más de ti de lo que yo misma(o) esté dispuesta(o) a dar.

Me esforzare por ser la persona ideal para tu vida a la vez que tú haces lo mismo, de modo que nuestro amor siga creciendo de día en día. Regaremos nuestros campos de mutuas bendiciones mientras confiamos en el cuidado amoroso del Señor. Bienvenido(a) a mi vida.

La parte del “Cesar” es ineludible si queremos vivir en un mundo civilizado, pero pienso que si el énfasis se dirige en direcciona “Pacto” y no “Votos” las cosas pueden marchar de una mejor manera y las exigencias unilaterales podrían mitigarse al tener calor que hay una parte con la cual cada uno tiene que cumplir para que ese contrato siga vigente.

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¿SÓLO 144,000 MÁRTIRES REINARÁN CON CRISTO?

Hay algunos cristianos que sostienen que sólo 144,000 mártires reinarán con Cristo en su reino milenial. Es decir, aquellos que tuvieron la “buena fortuna” de morir por su fe, ganarán su trono como coherederos del reino de Cristo.

Pues bien, durante los casi veinte siglos de la Era Cristiana, ¿cuántos mártires hubo por la causa de Cristo?

La verdad es que hay autores cristianos y aun paganos de los tres primeros siglos, los cuales están acordes en atestiguar que el número de mártires fue inmenso. Si alguno que otro guarda silencio sobre este punto, este tal no puede prevalecer, en buena crítica, contra las más auténticas aseveraciones. Indi­caremos algunos de estos testimonios.

a. La tradición cristiana ha considerado siempre como muy grande el número de los mártires. La afirmación de los escritores eclesiásticos de los cua­tro primeros siglos, especialmente de Tertuliano, de S. Justino, de S. Ireneo, de Lactancio y de Eusebio, es uniforme: sus historias, sus homilías, sus apolo­gías, sus diversos tratados, como las Actas mismas de los mártires, suponen siempre que las persecucio­nes hicieron mártires sin cuento durante los 249 años que duraron.

-b. Bajo el reinado de Marco-Aure­lio, dice el historiador Eusebio (siglo IV), la animosidad y el furor de los pueblos hicieron un número casi infinito de mártires. De los diez libros de que se compone la Historia de Eusebio, no hay uno solo en que no hable de las persecuciones suscitadas por los diversos emperadores. En una obra atribuida á Lactancio (De inorte persecutorum), y que es cierta­mente de un contemporáneo de Diocleciano, se ha­bla de seis emperadores cuya muerte desastrosa pa­rece ser efecto de la venganza divina. «Toda la tierra fue cruelmente atormentada, dice este autor, y, si exceptuamos las Galias, el Oriente y el Occi­dente fueron desolados y devorados por tres monstruos.»

-c. Tácito, por su parte, afirma (Anales, XV, 44), que bajo el imperio de Nerón, pereció una mul­titud inmensa de cristianos (multitudo ingens). En su oración fúnebre de Juliano el Apóstata, el retórico Libanio afirma que, al advenimiento de este empera­dor, se preparaban los cristianos para ver de nuevo correr «ríos de sangre, flumina sanguinis». –

d. Bajo el imperio de Diocleciano y Maximiano fue tan ho­rrorosa la persecución, que estos emperadores llega­ron á gloriarse de haber exterminado el Cristanismo. Pues bien, al advenimiento de estos perseguidores el Cristianismo florecía en todo el imperio.

-e. Es cierto que desde el año 64 al 313 tuvo la Iglesia sus períodos de tregua: Dios no quiso, dice Orígenes, que fuese enteramente destruida la raza de los cristia­nos; sin embargo, desde Trajano á Septimio Severo la persecución fue continua, en el sentido que siem­pre se mantuvo en una u otra parte del imperio. Después de Septimio-Severo los edictos fueron mu­chas veces revocados, pero por mala voluntad de los gobernadores ó por otra causa, lo cierto es que la sangre cristiana no cesó de correr jamás (6).

Ateniéndose a los cálculos de L. Hertling, se podría calcular que, durante la segunda mitad del siglo I (Nerón, Domiciano), los mártires serian unos cinco mil; para todo el siglo II (Adriano, Trajano, Antonio, Marco Aurelio), unos diez mil; para todo el siglo III (Septi­mio Severo, Decio, Valeriano, Aureliano), unos veinticinco mil; y para finales del siglo III y comienzos del siglo IV (Diocleciano, Gale­rio, Maximino Daja), unos cincuenta mil; con lo cual se podría calcular el número de los mártires de las persecuciones del Imperio Romano en torno a 100,000“[127]. Es decir, sólo en los primeros tres siglos de la Era Cristiana hubo unos 100,000 mártires.

Para redondear la cifra de 144,000 mártires que reinarán con Cristo en su reino, tenemos que suponer que el resto de mártires (44,000) tendría que salir de la iglesia de los siglos subsiguientes. ¿Pero creerá alguno que sólo hubo 44,000 mártires de Cristo en los 16 siglos restantes de la Era Cristiana? Parece difícil creerlo, si pensamos en la gran cantidad de mártires protestantes asesinados por la iglesia Católica en la Edad Media. Sólo entre los siglos VI al XIX el catolicismo asesinó a miles de albigenses y valdenses.  En la ciudad de Béziers (Basiera), por citar una ciudad, mataron a 20.000 Albigenses. En el transcurso de la lucha resultante centenares de miles más cayeron. A estos hay que sumar los mártires de los siglos trece al diecisiete, y que son muchos, por cierto. Además, aún hoy, en distintos países anticristianos, siguen persiguiendo y matando a cientos de cristianos, y no terminará esta persecución y matanza hasta que Cristo regrese en gloria. La cifra de mártires podría subir muy, pero muy por encima de los 144,000 individuos citados en Apocalipsis 7 y 14.

Por tanto nos preguntamos, ¿no deberíamos tomar de manera simbólica el número 144,000 de Apocalipsis 7 y 14?

(ver:http://cristianohoy.wordpress.com/2008/10/26/martires-de-la-inquisicion/)

LA MANIPULACIÓN SUTÍL Y DIABÓLICA DE CARLOS “CASHIER” LUNA

Carlos “Cashier” Luna es un falso profeta, un ateo con apariencia de piedad, que manipula a las personas empleando la sugestión y el hipnotismo para impresionar a los bobos e incautos que asisten a sus seminarios.   Por este medio  el Sr. Carlos ”Cashier” Luna consigue obtener más dinero de sus “fans”, impelido por su codicia de voraz avaro. Pero como dice el dicho: “el vivo vive del tonto, y el tonto de su trabajo”.

Ya es hora de que estos sátrapas desaparezcan para que no sigan haciendo más daño a la iglesia  del Señor con sus evangelios diabólicos, los cuales apartan radicalmente a los simplones del verdadero evangelio salvador de Cristo.